Ternura Despedazada

Sólo palabras, cuentos, una y otra vez.

Bienvenidos a Ternura Despedazada

He creado este blog con el propósito de difundir el contenido de mis obras originales, sean poemas, cuentos o historias más largas.

Antes de leer, les pediría que prestaran atención las siguieran las siguientes condiciones:

1_Los poemas pueden ser melancólicos/escuetos/satánicos o tan enfermos como les parezcan, pero son míos y, si quieren comentar, tengan la cortesía de no lanzarme análisis psicológicos o cualquier clase de cosa que tenga por objeto juzgarme, porque no tengo motivo para tolerarlo.

2_La mayoría de mis cuentos -si no es que todos- son de contenido homoeróticos (es decir, presentan relaciones sexuales entre entes del mismo sexo) y cuentan con sus respectivas advertencias. Si de antemano saben que algo no les va a gustar o de plano están en contra, por favor, guárdense los berrinches y vayan a donde se sientan más cómodos. Yo cumplí con mi deber como escritora advirtiendo, el resto es de su responsabilidad.

3_Parecería algo bastante obvio, pero como hay cada sujeto que se hace el despistado... todo aquí es de mi propiedad, cada poema, cada cuento y cada novela. No permito la copia de nada cuanto hay a menos que el interesado cuente con mi autorización expresa, siempre con la condición de presentarme el link y reconocer mi autoría. Para mí no es un halago que te copien y ni siquiera te digan, si no una vil falta de respeto; asimismo no me interesa si les gustó algo y por eso lo pusieron en "x" sitio sin consultarme. Link, reconocimiento y honestidad; es lo único que pido a cambio.

4_Todo aquí es simple ficción, es decir, ni conozco personas que hayan vivido las experiencias que pueda contar ni las he vivido. Si escribo que una chica se ha cortado, no salten a la conclusión de que yo lo he hecho, y si ven un nombre conocido, fue pura coincidencia y en lo absoluto intencional. No vean más allá de la pantalla porque las bases son imaginarias y asimismo el contenido.

5_Las críticas las recibo con los brazos abiertos, pero no tomen esto como vía libre para dárselas de sabihondos. Si no les agradó algo, me parece bien que me lo digan, pero con respeto y con la intención de que pueda mejorar, no solamente para lloriquearme. No puedo hacer nada si no les gusta que un chico se bese con otro chico, por decir un ejemplo.

6_Afiliarse es sencillo. Simplemente tienen que dejarme un comentario con el link a sus sitios, y si tienen, el botón correspondiente. El del blog presente es éste:


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Es todo por el momento. Disfruten, comenten o lo que se les ocurra.

Curiosos

martes 20 de octubre de 2009

Los grillos cantan

Advertencia: sadomasoquismo, gore, muerte, slash/yaoi.

Resumen: Mientras aguarda el momento perfecto para actuar, el vampiro Tilde no encuentra mayor entretenimiento que escribir una carta a su amante.

Los grillos cantan

El dulce silencio de la noche, qué agradable refugio. Escucho a los grillos entonar sus piernas entre los arbustos alrededor de la casa, insistentes, anda a saber por qué razón. ¿Tú sabrás por qué suenan los grillos a través de sus patas, frotando una contra otra? Me lo dijeron una vez. Sí, una vez, creo, lo saqué de la mente de un anciano que atrapé saliendo de la biblioteca, pero habrá sido hace mucho tiempo porque lo he olvidado. Lo investigaré por Internet una noche de éstas.

Quizá esta noche. Oigo a la hija chatear en el estudio con la ventana abierta. No sé qué dice, pero se ríe con frecuencia y tapándose la boca. Su voz suena cálida dentro de su palma, es como si me golpearan con un puño de algodón envuelto en terciopelo cuando la escucho. Creo que incluso está sonrojada porque la sangre se siente, olfativamente hablando, con mayor intensidad en sus mejillas. ¿Bajará pornografía? No me sorprendería. Los jóvenes hoy en día saben más de sexo que la mayoría de los viejos. Más que sus padres incluso. Y no es que me queje, todo lo contrario.

Cuando tú apareciste con tu tubo de lubricante y condones, por ejemplo, me eché a reír, ¿lo recuerdas? No pude evitarlo. Lucías tan adorable, todo pequeño, blanco y flaco, preparándote a ti mismo porque no confiabas en la delicadeza o falta de ella de mis manos. Y la sorpresa inenarrable de tu expresión cuando descubriste que de mis manos era lo último de lo que tenías que preocuparte. Te dije que no te mataría, pero nunca dije nada sobre no morderte. Entonces ambos supimos que poseías un lado masoquista. Me rogaste, ahora todo sonrosado, pequeño y flaco, que continuara. Tu voz era otro puño de algodón, calentito y confortable. Ese tipo de recuerdos, mi querido Scottie, son de los que no se olvidan.

Pero volvamos a la niña. Debe tener unos 13 o 14 años. Es linda y parece agradable. Se lleva bien con su madre. A su padre no lo soporta. De él es quien me voy a encargar esta noche.

Sinceramente, ésta resolución y el contexto que representa su vida familiar son algo desconcertantes. Lo escogí entre los borrachos, los vendedores de no quieres saber qué en las calles y demás escorias porque es un asesino pasional. Mata por el placer de matar, porque le gusta ser juez y verdugo. Sus víctimas siempre siguen las mismas características; rubias o morenas, nunca pelirrojas, altas, nunca bajas, esbeltas, nunca gordas, con buenos dientes, nunca una que necesite arreglos. Lo he seguido precisamente porque me llamó la atención la manera en que miraba a la mesera de un restaurante casi al final de la ciudad.

Acababa de llegar y le había puesto el ojo al cocinero, que golpeaba a su pareja. A las damas nunca hay que levantarles la mano, a menos que les guste, no tengo que decírtelo, Scottie. Su novia era una camarera encantadora, morena, de movimientos elegantes, y dueña de una voz suave, susurrante. Casi una niña. Podría pasar por un hada o una princesa.

Los vi a ambos besarse unas cuantas veces en el restaurante, por eso sé que salen. El cocinero no había llamado mi atención lo suficiente para que lo siguiera a su hogar, no todavía. Ese día la porcelana del rostro de la mesera estaba cubierta de polvo, polvo que se compra en tarritos y se esparce con brochas, cubriendo el morado que se le escapó sobre la mejilla. Podía sentir la sangre latiendo debajo de la hinchazón sobre el ojo, desesperada, resentida del daño. Un hombre mayor le preguntó qué le había sucedido y ella había dado la excusa de siempre, que se cayó de unas escaleras, esbozando una sonrisa de hipócrita despreocupación. Tan linda.

A ti te habría gustado si fueras heterosexual. Y si no estuvieras loco por mí, claro. ¿Lo estás todavía? Dime que sí y me alegrarás la noche. Las fotos que teníamos y hojeas cada noche me dan una pista, pero la confirmación no estaría de más. Por cierto, ¿en qué pensabas cuando te hiciste ese corte?

Volviendo al asunto; estaba esperando la hora de cerrar para ir por el cocinero. Además de por el golpe, también por su adicción al cigarrillo. No soporto ese olor a tabaco que exuda, me repele. Como si no fuera bastante indecoroso recurrir a la violencia para arreglar conflictos con una dama, sé que anda de semental con otra mesera. Precisamente con esa rubia que aquel hombre miraba con tanta insistencia y a la que sonreía cada vez que pasaba por su lado.

Un cuadro como pocos, esa escena, y sin embargo, tan común. El hombre tendría unos cuarenta años y me figuro que habrá llegado a esa etapa del matrimonio en la que el cuerpo de la esposa ya no es suficiente. Se le notaba en la cara; el hastío, la apatía, el deseo cuando pasaba ella con su uniforme azul y meneaba las caderas como mujer habituada a lucirse.

Ella está maquillada también, pero por gusto, porque las sombras celestes claro combinaban con sus bucles de duquesa opulenta, con sus ojos sacados de la cara de un lago en verano, y el labial rosa fucsia hacía maravillas para resaltar la amplitud de su boca. No era silenciosa ni elegante como la novia del cocinero. Para mí gusto golpeaba con notable fuerza las tazas de café contra las mesas y su paso, enérgico, potente, feroz, me recordaban a una depredadora. De acuerdo, lo confieso, me gustaba un poco. Imaginarla con un corsé oscuro dibujando su cintura con la precisión de un matemático, botas de tacones altos, quizá un látigo… un deleite para la vista.

No te irrites, querido, que de cualquier modo ella está muerta ahora y la necrofilia no es lo mío. Tampoco quedó mucho de ella, la verdad.

Y tal como te digo, la mató ese sujeto algo gordo que tiene una hija con posibles inclinaciones hacia la pornografía. Bastante encantador por otra parte. Voz de abogado, ropa de abogado, sonrisa de agradable abogado. Capaz de dar a cada palabra la nota precisa para estimular la emoción que deseaba. A ella se le antojó muy simpático y atento.

Al cabo de tres noches, el cocinero seguía vivo y el abogado había asistido sin falta al restaurante, siempre para ser atendido por la rubia depredadora. Puedo imaginarme desde aquí qué es lo que pensaba. Mira a un hombre al que no le irían mal unos ejercicios, pelo lustroso tirado hacia atrás, milagrosamente sin ninguna entrada de calvicie, y relojes de oro exhibidos con la misma desenvoltura con que pronunciaba sus cumplidos. No hablemos del auto descapotable. El dinero y el sexo mueven el mundo; ese par era el mejor ejemplo.


Había empezado a interesarme por él por todo esto. Verás, sólo a un tonto se le ocurriría que aquel hombre no había andado por las mismas antes. Y si era capaz de cortejar con el anillo de bodas a la vista, me pregunté, ¿qué más sería capaz de hacer? La otra mujer, la princesa maltratada, la niña ultrajada, continuaba vagando por ahí con su patética pinta y ojo hinchado. Desprecio al cocinero cada vez que ella se acerca, siempre caminando un poco tímida, muy temerosa, pero no se deben despreciar los buenos espectáculos cuando se presentan así.

Lo tengo de recordatorio, eso de acabar con el abusivo. No puedes imaginar las ansias que tengo de probar su sangre, de tener esa amargura vital en mi boca, deshacerla con la lengua y sumergirla en el olvido. Relamerme ante el moribundo y decir: “Tu novia te manda saludos”, antes de acabarlo.

Las carcajadas me salen de sólo pensarlo, pero debo retenerlas por ahora. Ya es de madrugada, lo sé por mi reloj, y la chica se ha ido a dormir hace un buen tiempo. El padre todavía no vuelve porque está en el apartamento de otra mujer coqueta, esta vez una morena. Ese es su juego. Durante una semana o dos son sólo dos amantes clandestinos en la ciudad, con él pagándole lo que quiera, ella aceptando que la amordacen mientras le dan azotes. Luego él sugiere un fin de semana romántico en una casa de playa que tiene, donde ella será tratada como una reina, como “se lo merece”. No siempre a ellas les gusta el plan, pero él es tan persuasivo y convincente que les resulta imposible negarse. Ya ves, incluso al hombre más ordinario le sirve una buena actitud.

Le seguí a él y a la rubia a esa casa a casi las dos semanas de haberlos visto. Se excusó con su familia diciendo que tenía que encargarse de unos casos importantes en otra ciudad. Una casa preciosa era esa a la que llegaron, con sus puertas dobles de roble, piso brillante y ventanales corredizos en el balcón que da hacia el río. Resultaba fácil imaginarla en la portada de una revista de lugares ideales para pasar las vacaciones. La esposa seguramente habrá sido la responsable de tan bella decoración, demostrada principalmente en tonos dorados y rojos en cada uno de los cuadros, jarrones y estatuillas. La chimenea de mármol blanco parece una boca abierta hacia el infierno o a la entrega carnal. En otros tiempos ése habrá sido el nido de amor de los casados. Qué irónico.

Debo admitirlo, su ejecución fue impecable. Cortaba con tanto cuidado los miembros exangües que lo pensé un médico. Ni una gota de rojo manchó las sábanas blancas. La tierra del bosque recibió con gusto la atención de la pala, las bolsas de lona llenas. El resto de la noche se la pasó contemplando un video producto de la cámara que ella encontró excitante estuviera encendida, mientras realizaban su rutina de amo y esclava. Ella estuvo encadenada al poste de la cama todo el tiempo y es fácil notar el momento en que el juego deja de gustarle. Cuando se percata de que los golpes suceden demasiado rápido, con demasiada saña, comienza a rogar que la libere, chilla, se retuerce, trata de huir, llora. El chasquido de su piel perfecta, esa que habrá cuidado con cremas costosas, al recibir el cuero del látigo tienen la misma resonancia que el aplauso de adolescentes drogados en un concierto de rock. A veces ése mismo es el comienzo de todo, ellas pidiendo que no las golpee.

Y él que se sonríe, complacido, mientras su brazo desciende y se eleva con tremenda velocidad. Uno no lo imagina al ver su estómago fofo pero tiene unos excelentes brazos. Ahí estaba la explicación, en esa casa de verano. No es de esos débiles de voluntad que se contentan usando uno, si no que cambia de uno a otro según le convenga, y ambos tienen la misma habilidad con el arma del placer. El látigo, querido. Bueno, también con la otra arma. El sofá es testigo cada vez que ve esas cintas. Las guarda en una caja fuerte en el sótano.

He pensado muchas veces en dárselas a los medios pero la esposa me ha disuadido. Es una buena mujer, paciente, y ayuda a su hija con la tarea después de la cena. Tiene la misma delicadeza que la mesera golpeada, esa misma dulzura en los labios que puede acariciar el enojo y nunca usarlo. El maquillaje sólo le sirve para cubrir honorables arrugas que adornan su rostro de experiencia. Encuentro algo relajante en su calma, en el silencio de sus pasos y al cerrar puertas. Me figuro que sólo personas así pueden caminar sobre el agua sin perturbarla. Esta mujer, digo, no merecería tanta vergüenza, ni la soportaría.

Este sujeto, durante el mes que lo he seguido, ha matado dos mujeres más, haciendo un total de tres y quién sabe cuántas otras. Saltaba a la vista que el maldito sabía lo que hacía al momento de poner manos a la obra. Muy bien, cabe agregar. Me llego a preguntar en qué momento un abogado de los suburbios, padre de una joven, esposo de una dama, tuvo tiempo para aprender los secretos del dolor y la muerte.

Recuerdo que tú también querías aprenderlo todo respecto a otras cuestiones. Cuáles posiciones hay, cuántas opciones, las situaciones que mejor sirvieran, qué juguetes podríamos usar. Sin embargo hubieron de aparecer los castigos por las bajas notas, los mensajes de los profesores que hablaban de tu poca atención y tuvimos que posponerlo. Al menos hasta que decidiste que a tus profesores les pueden ¿cómo lo dijiste? ¿tomar por el culo? e igual me seguiste.

Eras un demonio de adolescente, un verdadero demonio proveniente de los infiernos de la incomprensión. Sólo este guapo espectro acarició la oscuridad de tus profundidades tenebrosas, sació tu sed de sangre. No sabes cuánto te extraño, aunque te has perforado la cara –tu ceja, tu preciosa ceja- y permitiste que un ciego te cortara el cabello. Un ciego con aparente artritis, para rematar. Querido, ¿qué había de malo con el cabello largo?

La mujer en esta ocasión está todavía, para suerte de su bronceado, en la primera fase, que es la de ser la amante de un hombre exitoso que le consiente todos los caprichos. Una verdadera calamidad es el modo en que se administra este hombre, debo agregar. Cuando pienso en lo mucho que se ahorraría simplemente contratando a cualquier prostituta, se me ocurre que él disfruta del suspenso que tiende. Es como un director de sus propias películas de terror, con las que cuales luego se satisface en el sofá. Las mujeres sólo se están divirtiendo, aprovechan cada segundo de su juventud, y sin puertas que se abren de repente, si no esposas que se cierran, aparece el monstruo para espantarlas.

Eso es por lo que no puedo considerarlo un genio en toda su plenitud. No me gusta que las engañe para sus fines. Dime sádico, cruel, asesino, despreciable, y no te quitaré la razón, pero aborrezco la hipocresía. Nunca me relaciono con mis víctimas precisamente porque no quiero recurrir a artimañas para que confíen en mí. Te lo dije la primera noche que estuvimos juntos. Mientras casi dormías sobre mi brazo y jugabas a dibujar estrellas en mi pecho, lo dije. Si vas a odiarme, que sea a todo lo que soy, incluyendo al monstruo desalmado, para que él también lo merezca. Y tú, inconsciente como sólo puede serlo un adolescente bebido, te reíste. Tu aliento apestaba al alcohol y dientes sucios. Mi nariz supo antes que los dentistas que tenías caries.

Es aburrido esperar aquí. Incluso hubiera aceptado volver a oler tu boca con tal de tener algo que hacer. Mi idea había sido matarlo saliendo del apartamento de la morena, pero sería demasiado fácil hacerlo parecer un asesinato y robo cualquiera, puesto que el vecindario es espantoso y locos peores que nosotros hay de sobra. No, que tenga su comodidad un tiempo más. Que sienta que puede regresar a casa y acostarse como si nada hubiera sucedido, ni esa noche ni antes, al lado de su dulce mujer que sufre con sus tardanzas. Él le dice que está con clientes, pero no se le ocurre la cortesía de regresar a una hora creíble.

Tranquilo, tranquilo va a llegar en su auto descapotable, con el cabello tirado hacia atrás y la corbata un poco suelta. De resto, será un perfecto caballero. Aun así no evitará verse en el espejo retrovisor del auto, en busca de lápiz labial, besucones o señales similares de su entretenimiento. No lo hará por su esposa, lo hará por él. Un abogado que siempre puedes estar seguro se presentará decente a la corte, eso es.

Va a salir del auto, activará la alarma y recorrerá el trecho de piedrecillas que va desde la acera hasta la puerta del hogar, entre el césped y los arbustos bien cuidados por la mano de un jardinero contratado la semana pasada. Estará agotado, sin duda, porque él tiene más de cuarenta y ella sólo 23. ¿Llegará oliendo a alcohol, a gatos o colonia de mujer? No lo sé y a él no le importa que lo huelan. No verá las botas sobre el tejado, ni el abrigo de cuero. Apenas oirá un susurro, quizá a mi camiseta ondeando al viento o mis pies aterrizando, y no podrá voltearse para ver qué sucede porque yo no se lo permitiré.

Puedo imaginar el sonido de la sangre acelerándose por todo su cuerpo, su aliento cálido contra mi mano opresora. Incluso creo percibir el olor del sexo en él, el olor de ella, de aquel apartamento con dos gatos. Así asaltado, sus pies no podrán evitar que lo lleve a un sitio oscuro, a un lado de la casa, para que nadie nos vea. Y mientras él trata, frenético, de liberarse, le daré el pinchazo del hambre, del vampiro, de la bestia. No he venido de ningún infierno pero él se dará cuenta de que un demonio lo ha atrapado y abrirá los ojos tanto, pero tanto, que en medio del placer sangriento se me antojará arrancárselos. Quizá lo haga, quizá no. El bello elixir explotará contra mi lengua porque todo su sistema reaccionará ante el miedo, bombeando cada vez más sangre y convirtiendo el tambor en su pecho en un golpeteo incesante, furioso y desesperado. Golpeando de terror, derramando lágrimas que le quitan vida. Tal vez se orine encima, tal vez luche hasta el final.

Lo que sé con certeza es que ese golpeteo cesará, cesará en algún momento y dejarán de oírse sus pequeños gemidos ahogados. Me habré bebido toda su existencia. Lo tomaré de los lados de la cabeza, que estarán húmedos de sudor frío, y le retorceré el cuello. El precioso crujido. Todavía no he encontrado nada que se le compare.

Luego lo arrojaré sobre la cerca –sabes que puedo hacerlo- hacia el jardín de los vecinos. Los forenses se ganarán su sueldo tratando de resolver el misterio. Cosa que no podrán, porque la herida ya habrá desaparecido para cuando lo encuentren.

Ahora estoy aquí, en el estudio. No me preocupo. Las habitaciones están lo bastante lejos para que me oigan la madre o la hija y no necesito de luz. Estoy investigando por Internet por qué cantan los grillos y no pierdo el oído acerca de lo que sucede en la calle. Oiré el auto llegar en su momento, no hay prisa. Mientras, un blog de diseño vulgar me ha dado la respuesta que buscaba.

Quizá te la diga cuando volvamos a vernos.

Con malvado amor,

Tilde

P.D.: Tú y yo sabemos que no me gustan las posdatas, pero, realmente, ¿de verdad tenías que cortarte así el cabello?

sábado 10 de octubre de 2009

Capítulo II: Papá dice, los hijos escuchan

II
Papá dice, los hijos escuchan


No se suponía que fuera una experiencia agradable y no lo fue. Dial salió de la biblioteca aliviado de poder apartarse de aquella mirada subyugante de verde imperioso, aunque sólo vagamente. Su mente continuaba trabajando por procesar las palabras de su padre.

Papá había sido claro, como siempre. Había sido un irresponsable por dejar a sus hermanas solas y eludir sus responsabilidades como futuro soberano. Dial sabía que lo había sido y por eso no le afectó mucho escucharlo, pero no estaba preparado para cuando su padre bajó la cabeza y los cabellos nadaron a la par de un lado a otro, suavemente, a la par de sus movimientos. Los hombros tan rectos, como de caballeros, como de guerreros, como de persona digna, se inclinaron desanimados.

-La verdad ya no sé qué hacer contigo, Dial -dijo Neptuno con esa extraña tristeza de los nobles que tanto odiaba Dial, porque siempre lo hacía sentir peor que una babosa descarriada, como el único responsable.

Que lo era, sí, no iba a negarlo, pero ¿tenía que decirlo así? ¿Con esas palabras, con ese decaimiento? No había sido tan grave, y Dial no supo qué responder. Permaneció en su sitio, anulado a la forma de un chiquillo mudo. No le gustaba ver a su padre así, no le gustaba estar así. Cómo deseó marcharse.

Pero padre tenía más que agregar. Dijo que era su único heredero varón, el único príncipe que debería sucederlo en el trono y no podía permitir que subiera al poder alguien que no se lo tomaba en serio. Continuó hablando sobre su linaje y sus responsabilidades con el mar, pero Dial apenas escuchaba y su padre tampoco parecía buscar conversación. Sólo aclararle una vez más que la estaba regando y no confiaba en su criterio. Una vez más, como si cien años no hubieran sido suficientes.

Llegados a ese punto, Dial ni se molestaba en indicar que no era rey ahora y ya se tomaría seriamente el asunto cuando tuviera que hacerlo, no antes. No despreciaba el título después de todo, y con sinceridad se creía capaz de no mandar a todos al infierno en un parpadeo, quizá hasta podría mantenerlos vivos unos cuantos siglos, divertirse mientras tanto, pero no tenía caso. Padre tomaba sus palabras como algo que Dial sabía que quería oír y usaba para que lo dejaran en paz. Dial se había rendido. Él sabía que era la pura verdad y que, sin importar lo que hiciera o deshiciera, Neptuno no tenía más opción que darle el trono, de modo que replicar no tendría sentido.

Pero al final, al final... Neptuno se había lucido. Por primera vez en lo que iba de toda la vida inmortal de su hijo, había cambiado la estrategia. De usar armas emocionales, eligió un ataque más directo.

-Estás castigado una semana.

Dial se echó a reír. Ahí, enfrente a su padre y ante la expresión no apta para hacer bromas que llevaba, se echó a reír porque, de verdad, eso era gracioso. ¿Castigarlo, a él? Le pareció absurda la mera idea, como peces conduciendo bicicletas.

-Hablo en serio, Dial.

Dial, todavía con la sonrisa en los labios, se volvió hacia él.

-¿En serio? -preguntó, casi seguro de que debía ser una broma y sospechando, sólo vagamente, a un millón de años luz, que no lo era.

-Así es.

La sonrisa acabó de borrarse.

-Es un chiste.

Neptuno se irguió recto sin levantarse de su silla y elevó sutilmente el mentón partido en actitud de indiscutible autoridad. Aquello, la adopción de su postura usual cuando se hallaba ante sus súbditos, tuvo un mejor efecto que cualquier palabra para que Dial entendiera la situación.

-¡Oh, por favor! -dijo impulsivamente, adoptando sin saberlo la personalidad de los jóvenes en la playa, con sus bronceados perfectos y padres incomprensivos. Se sorprendió de lo fuerte que salió su exclamación-. No puedes hacer eso.

Neptuno también había abierto los ojos del asombro, mas se repuso para aclarar con su voz de tambores de guerra -con la voz de la guerra planeada, avanzada y vencida- que claro que podía y ya estaba hecho. Aunque Dial trató de reiniciar la risa en un desesperado intento de tomárselo como algo chistoso, le fue imposible y la boca, paralizada en medio de la intención, se le quedó colgando en una mueca de asombrada incomprensión. Neptuno continuó diciendo; no más viajar a la superficie, no más viajar por donde quisiera. Durante una semana, sólo podría mantenerse en los márgenes del castillo, con la única excepción de los corales y sólo cuando tuviera que asistir a sus hermanas en la coloración de aquellos.

Como Neptuno interpretara su silencio en forma de aceptación, realizó un ademán elegante para indicarle que era todo. Lo cierto es que, ni aún afuera, Dial se lo creía del todo y la conmoción le impedía reaccionar de cualquier manera. Castigado. Una palabra que conocía. Seguramente los viajes que padre hacía a la superficie cuando la oportunidad se le presentaba tenían algo que ver. Mientras Janife, por ser mayor y mandona, tomaba el mando, su padre debió escuchar por ahí el mismo término de boca de algún humano y, de alguna manera, llegar a la conclusión de que quizá serviría con su heredero, convirtiéndolo a éste en el primer príncipe de toda la Atlántida en verse reducido por esa palabra humana, tan corta, tan asquerosa bajo el agua. Castigado por una semana. Como un crío de humano.

Eso sonaba mal, mal, peor que peces andando en bicicletas sobre brasas.

-Pero no fue para tanto -musitó para sí y se imaginó a sí mismo pateando una piedrecilla por pura frustración.

Sin embargo, no tenía piernas, ni había piedras o bolsillos para guardar las manos, de modo que sólo le quedaba el ceño fruncido en señal de disconformidad. Un ceño muy fruncido para compensar tales faltas. Estaba subiendo por las escaleras cuando unas vocecitas le distrajeron. Aun antes de ver los bucles deshechos en la plenitud del agua ya supo quiénes era, porque esas vocecitas juguetonas, inocentes y agudas sólo pertenecían a dos criaturas. Expulsó las palabras impulsado por el enojo y la impotencia, percatándose sólo después de que mejor le hubiera sido callarse.

-¡Salgan de ahí, par de metidas!

Dos relámpagos, uno verde y otro morado, salieron de detrás de una armadura de dos piernas encantada para jamás oxidarse y se plantaron ante él como soldados obedientes; si es que en el ejército fuera lícito portar tales semblantes traviesos. Muna y Tull, sus hermanas menores. Tull era mayor que su hermana por 20 años de edad, pero, dado el lento envejecimiento de las sirenas, impredecible para cada individuo, bien podrían ser un par de gemelas. Rasgos, carácter y gustos similares las unían. La mayor diferencia era que la menor llevaba un bosque de verde vibrante enmarcando su rostro y la otra un manto lacio de púrpura en torno al suyo.

A Dial le molestó no haber pasado de largo de ellas, como solía hacerlo, y saber que se estaban divirtiendo porque seguramente habían estado escuchando detrás de la puerta. Si lo hubieran hecho en cualquier otro día, no le habría importado pero en esa ocasión... ¡lo habían degradado a un crío de humanos! Y ellas se reían. Le querían, sí... pero que lo frieran a Dial con papas a la francesa si no tenían una veta de sadismo.

-Dúo de chismosas -siseó rencoroso, destapando finalmente las bocas de ellas, que emitieron miles de burbujitas en forma de risas.

-Es tu culpa, hermano -replicó Tull con clara satisfacción-. A nadie le gusta un príncipe rencoroso.

-Janife estaba que se volvía roja de la furia -acotó Muna y se rió más fuertemente.

-Traidoras.

-Lo hicimos por el bien de la Atlántida -repuso Tull solemnemente y Muna asintió de igual modo.
Dial rememoró la expresión abatida de su padre, la misma que no quería volver a ver nunca, la que hablaba del temor bastante vivo a que el reino fuera mal llevado, y sus deseos de desahogarse con sus hermanas se esfumó. Repentinamente se dio cuenta del cansancio que pesaba sobre sus hombros.

-Váyanse con las medusas -les espetó terminante y acabó de subir las escaleras, oyendo sus voces burbujear alegremente a sus espaldas.

"No importan" se reafirmó.

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La noche abatió la ciudad de Fenbruks como un soplo de hadas. De iluminar la arena amarilla en las playas, los muelles de madera y las cubiertas de los barcos pesqueros, todo se había vestido de un elegante tono oscuro confeccionado por la paciencia de la luna llena. Los marineros hace buen tiempo habían abandonado sus afanes de pescar cualquier cosa, los jóvenes de todas las edades se habían marchado a sus hogares, padres y mayoría de las mascotas incluidas. En el ambiente prevalecía un aroma salubre, de aire abierto y naturaleza al descubierto, que harían las delicias de almas más sensibles. Las estrellas, opacadas por las luces artificiales de la ciudad, eran lo bastante para adornar el firmamento como un coladero de madera atacado por termitas.


Pero los dos hombres que estaban en la orilla, los únicos presentes, sin contar al vagabundo que dormía bajo el muelle, no estaban en condiciones de apreciar nada de esto. Cuando los negocios llamaban, poco se puede hacer por la sensibilidad artística. El paso de las agujas en el reloj de uno, el más alto, indicaba el tiempo que debían permanecer ahí, ocultos tras una parada de autobús. El otro, fornido y de mirada acerada, miró una vez más el barco solitario que se perdía en la noche; un móvil blanco, pequeño y discreto, que, a pesar de la distancia, distinguía a la perfección. Sostenía en su mano una caja negra, de la que sobresalía un interruptor como de lámpara y una antena de metal brillante plegada hasta el fondo.

Aunque su postura era serena y su semblante no expresaba nada, estaba por culminar por esa noche. Aquel trabajo iba a ser más grande que los que realizaran hasta el momento y las recompensas no se reducirían al sueldo que les tenían prometido, si bien tampoco era una cantidad de algún despreciable. Esta vez había requerido de kilos de planeación, paciencia que solía faltar para soportar los meses en que cada pieza se ajustara en su sitio. No sería sólo levantar un arma y escapar de balas de ajenas, lo que siempre tenía su gusto interesante, no obstante, pero no representaban un verdadero reto para sus demás capacidades. Los habían escogido precisamente por eso, porque tenían más que ofrecer a la causa de su jefe que buen tino.

Y la prueba de ello era el barco, la antena brillante y lo que pasaría en unos momentos. Él estaba ansioso y curioso por conocer el desenlace. Aunque todo había sido cuidado hasta el último punto, siempre cabía la posibilidad de algún error, un desliz de alguien, de sufrir una traición. Y entonces el nuevo juego, el de castigar al imbécil, apaciguaría el asco dejado por la más amarga decepción.

-Dos minutos -anunció su compañero con voz de mando y a continuación emitió un bostezo. Notable era que no estaba acostumbrado a estar despierto a esas horas, las tres de la madrugada.

-¿Cómo está Sivila? -preguntó el fornido, más por hacer conversación, porque se estaba impacientando, que por interés.

En realidad ellos no eran buenos amigos. Colegas, compañeros de bebidas a veces, cada uno tenía cualidades que encontraba respeto en el otro, pero nada más.

-Bien, bien. Se ha hecho un nuevo tatuaje. Mi nombre escrito en griego y una frase en latín sobre la nalga izquierda. Le queda bien -miró su reloj-. Un minuto.

Un minuto, un sólo minuto para separar un antes y un después, que se disfrazaba de una hora, de una eternidad completa. El que miraba el barco lo notaba más minúsculo a cada instante, como si el pintor de esa escena hubiera decidido quitarle el toque dramático engendrado por él y lo corregía cubriéndolo de más noche.

-¿Otro más? Creí que con convertir su espalda en altar le bastaba.

Por altar se refería a la cantidad de tatuajes con motivos religiosos que había visto en más de una ocasión, puesto que Sivila no era fan de las prendas con la espalda completa.

-Mujeres -acotó el más flaco, con un gesto de "ya las conoces"-. Nunca están satisfechas.

-Ya -dijo y se golpeó el bolsillo de sus pantalones, ansioso. Para colmo, le estaba dando hambre-. ¿No sabes qué dice la frase?

-Algo sobre perdona nuestros amores pecaminosos -sin mucho interés, le palmeó en el hombro cubierto de una chaqueta de cuero-. Veinte segundos.

-¿Y hacemos cuenta regresiva como la NASA? -dijo sin poder evitar socarronería.

De todos modos, así lo hizo, mentalmente, mientras el otro se encogía de hombros y sacaba el celular para revisar los mensajes. Hasta el momento lo había tenido en modo vibrador para no llamar la atención de posibles desgraciados perdidos en la ciudad, igual que el otro, aunque a éste poco le importaba ver qué le habían enviado. De hecho, le pareció absurdo que se concentrara en algo tan trivial precisamente ahora que estaban a unos instantes -12, 11, 10, 9 segundos- de dar el gran golpe. El mundo pareció dejar de tener sonido, consistencia, a merced del paso impecable de los números decreciendo. Se estaba emocionando y sonreía expectante.

"3, 2"... Extendió la antena, que no era más larga que su dedo medio. "1"

Accionó el interruptor.

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Si el objetivo de recibir un castigo era sufrir un aburrimiento atroz, Dial podía dar testimonio de cuán efectivo resultaba. Durante el resto del día, mientras oía vagos coletazos por los pasillos -sus hermanas, sirvientes- y veía por la ventana a los bancos de peces viajar hacia desconocidos destinos, Dial nunca sintió más tentación de tener algo que hacer, lo que fuera. Pero ahí abajo no se podía leer nada, no había un ciber al que pudiera ir, no existían las películas y los delfines no se atrevían a acercarse lo suficiente a las habitaciones de la familia real, por lo cual ni siquiera podía contar con éstos para que lo entretuvieran.

Anduvo de arriba abajo, del derecho al revés, demasiado frustrado para pasar las horas en la inconsciencia. Descubrió que el baño al que estaba conectado su cuarto -y que por supuesto no había sido usado en bastantes siglos- tenía 567 baldosas de color blanco ceniza, que las patas de la bañera eran de oro y asemejaban la forma de patas de un león con garras de halcón y no supo cuánto tiempo pasó mientras imaginaba figuras en las ondulaciones de la luz bajo el agua. Cuando se percató de que esto le resultaba cada vez más difícil, puesto que el ambiente se volvía más opaco, asimismo cayó en cuenta que se había pasado toda la tarde sin molestar a ningún humano, sin perseguir peces fingiéndose un tiburón y exhaló el más profundo y dramático suspiro de tedio que se le ocurrió. Su futuro se le presentaba oscuro y aburrido. Una semana viviendo la misma tontería de contar cosas, encerrado entre cuatro paredes... era inhumano. Y no inhumano como cuando no eres humano y nada puede matarte puesto que eres un ser mágico, si no inhumano como jodidamente cruel. ¿De dónde diablos había sacado Neptuno aquella palabra, esa de significado tan asfixiante?

Los chicos de las películas siempre tenían un modo de escaparse en esas situaciones. Una enredadera en la parte trasera de la casa, un tubo que no sabía para qué era pero siempre estaba en los extremos de los hogares y usaban para deslizarse hacia abajo, una cama elástica que los recibía en el patio, un árbol con una casa de madera y una rama que daba justo a la ventana del infeliz. Y a él le hubiera resultado mucho más sencillo huir, hacer de cuenta que no existía prohibición alguna, pero dos cosas se lo impedían.

Una era su padre; no quería verlo decepcionado de nuevo tan pronto. La segunda eran los guardias que su padre había mandado aposentarse bajo su ventana y alrededor del castillo, previniendo cualquier intento de su parte. Podía salir a cualquier parte del castillo, donde tampoco encontraría mayor diversión que las 567 baldosas, pero apenas tratara de poner una aleta afuera aquellos tritones fornidos, vestidos de armaduras encantadas para nunca oxidarse, le devolverían adentro y le informarían a Neptuno. Le enviarían otra vez al regaño y a un muy posible aumento del castigo. Los padres humanos solían hacer eso cuando los descubrían. No podía arriesgarse a pasarse ahí dos semanas, tres, ¡todo un mes! Sólo pensarlo enviaba escalofríos por su cuerpo.

De modo que ahí estaba, flotando sin la menor gracia contra el techo de su cuarto, mientras Atlántida y la superficie se reducía a las tinieblas, dejando como única luz a la paciencia de la luna. Conocía la rutina de los guardias, de cambiarse cada cierto tiempo, por lo que sabía que incluso durante la noche tendría vigilancia.

Estuvo considerando la posibilidad de arrojarles algo cuando se distrajeran, cuando un brillo anaranjado se apreció al otro lado de la ventana. Demasiado débil, como si fuera un espíritu que llegaba tarde a otro lado, Dial no estuvo seguro de haberlo visto. Despertada su curiosidad, se asomó afuera y contempló lo mismo que otro montón de atlatenses admiraban desde la plaza. Una gigantesca explosión anaranjada se producía arriba, justo encima del agua, y las ondas expansivas de luz iluminaron por un momento los semblantes de las sirenas y tritones que aún no había entrado a sus hogares, quedándose a contemplar el espectáculo. El barco todavía conservaba su parte inferior, sólo había estallado la superior, pero de los costados surgía un polvo blanco, que se expandían como nubes por el agua. También eran distinguibles vagas siluetas deshaciendo la blancura, agitándose, desesperadas. Los humanos no se habían salvado de esa.

A Dial le hubiera interesado mucho más si hubiera sabido que podía ir hasta ahí a descubrir qué era esa cosa blanca, pero al no ser tal el caso, pronto perdió el interés y su mirada volvió a decaer hacia los guardias. Sus ojos se abrieron al verlos. Para él, que había visto películas de acción, una explosión que no podía tocarle no era nada del otro mundo, pero los guardias se habían quedado pasmados ante esta. Justo le daban las espaldas.

Dial supo que si salía de ahí no lo verían. Tal vez. Si era lo bastante rápido y contaba con que su distracción durara lo bastante. Evaluó la distancia entre su ventana y el rincón a un lado de la cocina, donde no podrían verlo, y consideró que no era tanta. Sin embargo, si tan sólo un segundo algunos de los dos volteara lo atraparían y en ese caso...

Una segunda explosión encendió las aguas, las miradas asombradas de las criaturas debajo, las armaduras de los guardias y el foco en la cabeza de Dial. Lo pensó de inmediato, casi como si el pensamiento ya estuviera escrito y sólo esperara salir. Primero, que si no salía iba a acabar volviéndose loco; segundo, que su cabello intensamente rojo era peor que un anuncio de neón si lo veían los guardias del castillo apostados en la entrada. Dial agarró un trozo de tela encantada para no enmohecerse del armario. Cuando era más niño solía jugar con sus hermanas a intentar atraparlas con esas redes de especies de vestidos, camisas y capas nacidas de épocas más antiguas que él. Tull se molestó porque la acabó estrellando contra unas rocas en medio de una persecución, y Neptuno le otorgó un discurso sobre la consideración con la familia. Era un crío pero aquella fue la primera vez que se sintió como tal, más pequeño que cualquiera.

Ahora, muchos años después, era peor que un crío de tritón. Estaba metido en un castigo humano y esas prendas acusadoras lo iban a sacar. Se ató lo que debió haber sido una capa a la cabeza y echó una última mirada afuera. Los guardias seguían en sus puestos, inmóviles, abstraídos. La luz menguaba. Se ajustó bien la tela y, tomando lo que podría llamarse una bocanada de agua, se lanzó hacia abajo, moviendo la cola frenéticamente, sin atreverse a ver otra cosa que el frente.

Cuando divisó las rocas, dobló hacia la izquierda y estiró la mano para asirse a un extremo del castillo. Se arrojó contra la pared, junto a la puerta de la cocina y con coletazos cautelosos se aproximó hacia el otro extremo. Los guardias de la entrada, o bien nunca les importó el barco estallando o bien recuperaron la conciencia de su deber; el caso es que iban de un lado a otro, encontrándose en el medio, sin duda atentos a todo.

Ellos eran más fáciles. La ventaja de vivir en un castillo sobre una montaña era que, si el camino de la parte trasera era alto y empinado, el de la entrada era una recta caída libre, cuya punta aguda parecía pretender apuntar hacia el ocaso, logrando un efecto muy de novela clásica, aunque el ocaso sucedía del lado opuesto. Bastaba deslizarse por debajo de aquella punta para pasar desapercibido a quien estuviera sobre ella, descender por la pared de rocas oscuras hasta la plaza y mezclarse entre los demás atletienses. Llevar una pañoleta en la cabeza no era tan raro, en especial por esa creencia de que sólo bastaba ver el cabello de una sirena para enamorarse de ella. Todos sabían que no era cierto pero a algunas solteras les gustaba hacer de cuenta que sí, pues creían que les daba un aire de misterio. Ciñéndose a la tela, procurando que no se viera su pecho plano, podía pasar por una de ellas.

Así lo hizo Dial, conteniéndose una sonrisa triunfal, y pronto se vio nadando lejos del hogar en dirección a la libertad. Nadie lo había visto más que a cualquier sirena y Padre estaría ocupado limpiando los destrozos que hiciera el barco explotado en el agua, de modo que su gente y los animales que viven en su reino no se vieran afectados por ellos más de inevitable. Contaba con algún tiempo.

La noche bajo el agua, pese a la luna, lejos de las luces verdosas mágicas, volvía todo más opaco y difícil de distinguir pero Dial había cruzado por esos lugares las veces bastante para saber hasta dónde era la altura máxima de las algas y por dónde pasar para no encontrarse con criaturas potencialmente engorrosas, tales como los pulpos y las medusas. El brillo sobre los peces le servía para arrancarle una sonrisa mientras desfilaban ante sus ojos, más por el conocimiento de que eran ajenos a cualquier castigo. Estaba de tan buen humor, que casi se aplasta la nariz contra una pared de roca. Casi porque se imaginaba que ya habría llegado.

Elevando la cabeza se podía al agua arrastrada hacia la tierra, como un cristal fundido en un segundo por las llamas de un dragón encojonado. Dial nadó con el entusiasmo de un nadador olímpico tras saber que hizo un salto perfecto. Éste sentimiento fue de alguna manera tan libertador que aspiró el aire nocturno, olvidándose de que aún no estaba fuera del agua completamente, por tanto no tenía pulmones hechos para el aire. Su garganta se secó, ahogándolo, de modo que tuvo que volver a hundirse para recuperar el aliento y acercarse a la orilla. Salió del agua por segunda vez y se quedó sentado al lado de un anciano harapiento, al parecer dormido, abrazado a lo que parecía su última botella de whisky. El anciano Peter no representaba ningún peligro. Mientras le diera su dotación de monedas de oro cada tres semanas, seguiría conservando el secreto del mar, se haría el loco en el caso de que le preguntaran, y guardaría en un hoyo cerca de sí una bolsa de plástico llena de ropas limpias, para cuando el príncipe sintiera deseos de pasear por la ciudad.

Dial contempló la arena oscurecida por la sombra que daba el muelle bajo el cual estaban, las ondas pacíficas del mar, mientras esperaba. Se cubrió los hombros con la capa. El barco era apenas una mota blanca a lo lejos, despareciendo por momentos. Primero la cola, luego el resto.

-Yo que tú no hubiera venido, muchacho -observó el anciano, asomando un único ojo sobre la manga de su saco.

Y por el brillo acuoso de ese orbe pintado con un iris marrón, parecía preocupado. Incapaz de hablar, pues la transformación requería su tiempo, Dial le dirigió una mirada interrogativa.

No podía saber, claro, que su presencia había atraído la atención de unos de los hombres que estaban en la playa, aguardando el desenlace. En el momento en que se volvían hacia la calle, dispuestos a cruzarla, las aletas de la nariz perteneciente al más fornido de los dos se expandieron y éste alargó la mano hacia su compañero.

-¿Qué, qué? -preguntó aquel, malhumorado por la falta de sueño.

-Hay alguien aquí -respondió el otro como distraído e hizo un gesto de volver a olfatear-. Alguien que está mojado. Huele a agua salada.

-¿Y? A lo mejor es un gato que se ahogó y salió arrastrado por el agua.

El otro lo miró, ofendido.

-¿Crees que no sé diferenciar a un jodido gato cuando lo percibo?

-Está bien -dijo su compañero, resignado-. ¿Qué es entonces?

-Ni idea -contestó empeñándose en hacer de sabueso, moviendo la cabeza ligeramente, buscando el origen-. Es grande para ser un pescado pero huele parecido.

-¿Vamos a ver?

El que usara el olfato asintió y abriendo su chaqueta, sacó el arma que tenía sujeta en un estuche a un lado de su pecho. El otro, comprendiendo que se preparaba para cualquier cosa, lo imitó extrayendo la pistola desde la espalda baja, donde la tenía enganchada tras el cinturón. El primero lo guió entonces olfateando de vez en cuando, acercándose poco a poco al muelle.

-Vete de aquí, chico. Regresa.

-No quiero -replicó Dial, cuyas branquias a los costados de su cuello habían desaparecido, y ya podía respirar como cualquier hombre. Estaba enojado porque apenas había logrado escapar y un segundo más tarde le decían que debía volver, cuando en el pasado Peter nunca se había atrevido a darle nada parecido a una orden. Tampoco entendía por qué le hacía gestos frenéticos para que bajara la voz-. ¿Qué rayos te pasa?

El anciano puso un dedo sobre los dedos y silbó emitiendo un "shhh" suave. Al momento siguiente, un crujido de las maderas distrajo a Dial de la pregunta que iba a formular. Alarmados, ambos dirigieron la arriba hacia arriba. Entre los maderos podían verse claramente cuatro sombras oscuras, sin duda señales de pasos. Como si no fuera bastante, una voz grave se pronunció:

-¿Y bien?

En este momento quizá sería conveniente aclarar que las sirenas y los tritones tenían un sexto sentido para el peligro, lo cual les impedía verse sorprendidos por una flota de marines borrachos en busca de criaturas que atravesar con sus arpones o de materiales potencialmente tóxicos. Aunque nada de esto podía matarlos, el factor del dolor al regenerarse el cuerpo bastaba para disuadir a la mayoría de arriesgarse a sabiendas. Incluso Dial lo tenía -si bien se creía con el bastante ingenio para salir airoso- y por eso no le agradaron los pasos pesados ni ese sonido de resoplar. Eso, sumada a la anterior insistencia de Peter, lo convencieron de mantenerse en silencio, a la expectativa.


-Ya no hay pescado -respondió otro hombre de voz más joven. Casi susurraba-. Pero definitivamente hay alguien.


Arriba de la plataforma, antes de que su compañero pudiera decir algo en favor o en contra, aquel mismo hombro saltó por encima de la barrera entre una superficie firme y el aire. Habiéndose sujetado a la madera, quedó colgando al borde hasta que se soltó y cumplió un aterrizaje limpio sobre la arena bajo el muelle. Casi oculto en las sombras, un indigente dormía dándole la espalda. Se volvió. Las aguas aún conservaban ondas revelando el movimiento previo.


Tres zapateos sobre la madera pretendieron llamar su atención. Ignorándolos del todo, el hombre se volvió hacia el indigente y lo apuntó con el arma.


-Dime ahora mismo quién estaba contigo.

El anciano parecía no haber escuchado nada. Y sin embargo, estaba convencido de que su respiración se había vuelto más lenta. Quitó el seguro del arma, de manera que se oyera el clic que hacía, y repitió la pregunta.


-Espera un momento -espetó quien lo miraba desde el muelle. Con cierto trabajo, pues no tenía la agilidad del otro, se dejó caer por el borde y, balanceándose un poco, cayó junto a él. Al reincorporarse y quitarse suciedades invisibles de su vestimenta parecía desdeñoso de haber tenido que recurrir a eso y al mismo tiempo muy poco dispuesto a dejar que alguien lo refiriera. Se ajustó las solapas de su sobretodo. Dando una mirada altiva alrededor, detuvo ésta en el blanco de esa noche. Arqueó las cejas-. Conozco a este tipo.


-No me digas -replicó él.


Por mero respeto a su compañero no había tirado ya del gatillo. No escuchada nada proveniente del agua, sonido de ahogado o de aire pasando por una pajita hasta unos pulmones bajo el agua. No obstante, ese aroma peculiar, salado, de pescado y algo humano flotaba en al aire.


-Sí, sí, es el mismo pervertido que ofrece a las mujeres en verano frotarles la espalda con el aceite o el protector solar. Mujeres de su edad o gordas -recordó el otro-. No sabía que era indigente. En verano no se ve así.


-Pues ya ves -dijo él con un tono socarrón. El corazón del viejo prácticamente se había detenido-. Tal vez olvidó las llaves de su departamento, desde el cual espía a las vecinas con unos binoculares. Él sabe quién estaba aquí. Tiene algo suyo que lleva su olor.


-Eres peor que un perro busca drogas -comentó su compañero, sonriente, sin dejar en claro la presencia o ausencia de ironía. Como no tenía mucha paciencia, aceleró las cosas dándole a Peter una patada en un costado. Pese al quejido resultante, continuó empujándolo con el pie hasta que quedó al descubierto lo que tenía bajo el cuerpo. Lo recogió-. ¿Hablabas de esto?


Él olfateó la prenda, una capa, todavía húmeda y asintió. Ahora los dos lo apuntaban a un mismo tiempo. Peter los miraba sin el menor rastro de su borrachera anterior, tras haber comprendido la inutilidad de su fingimiento. El mayor estaba más cerca y el cañón, amenazador ante sus propias narices, a centímetros de ésta, parecía un pozo infinito, brillante y mortífero.


-¿Quién andaba contigo hace unos momentos? -repitió el fornido-. El chico o quien sea se va a acabar ahogando o saldrá y lo atraparé, así que de nada sirve que te hagas el tonto.


-No puedo decírselos, señor -respondió el viejo estremeciéndose-. Y si espera que salga, esperará en vano. Resiste muy bien bajo el agua.


-¿Sabes lo fácil que sería matarte ahora? -inquirió el mayor-. Sólo un insignificante disparo y bum, adiós al aceite bronceador y las tetas caídas. Por cierto, ¿por qué las buscas gordas?


-Ellas no suelen oponerse, señor -dijo el anciano calmándose un poco, pues esa era su área-. Les gusta que un hombre que no luzca como yo las mire. Por eso procuro cambiarme antes del verano. Se dejan porque saben que nadie más lo hará.


-Oye, eso es de mal gusto -opinó el fornido frunciendo el ceño-. He conocido mujeres más gordas de las que verás en tu vida y tienen el autoestima tan alta que resultan insoportables.


-No lo dudo, señor, pero usted ve, con las modelos de hoy en día la belleza femenina se pone cada vez más en duda. Antes estaba bien tener unos rollitos. Ahora si no eres un palo no mereces ser vista.


-Eso es cierto -dijo el mayor volviéndose hacia el fornido-. Sivila tiene por los menos 100 recetas para bajar de peso, y no importa lo que le diga, siempre insiste en que debe seguirlas. Y sin embargo, no deja de comer sus dulces ni tomar sus gaseosas. ¡Quién la entiende!

-Los dulces son muy ricos -asintió el anciano, como justificando tal accionar.


-De todos modos -continuó su charla el mayor y acercó un poco más su arma a su blanco-, ¿vas a decirnos qué fue de tu amiguito o agregamos un misterio más a los diarios de mañana? Digo, suponiendo que te descubran antes de que alguien se queje por el mal olor.

El anciano tragó.


-Realmente preferiría que no, señor. Él no va a salir y lo más probable es que ya esté lejos de aquí.

-No es posible -contradijo el otro, el fornido-. Estas aguas tienen tiburones. Se lo comerán.


-La juventud, señor -dijo el anciano como una aseveración-. Los jóvenes hacen locuras. ¿Y sabía que no hay tiburones que coman humanos realmente?

-¿De veras? -preguntó el mayor.


-Sí, eso me dijo un amigo mío, que está muy cerca de los peces. Es de esos frikis del mar, ¿sabe usted? Y le fascina todo el tema. No hay tiburones que deban comer carne de humanos, por mucha película que haya al respecto.

-Mira tú -dijo el mayor a su compañero-. No lo sabía.

-Pero aun así no puede ser tan idiota de andar nadando toda la noche -repuso el fornido y se volvió a ver las aguas tranquilas. El barco hacía tiempo había desaparecido. No se apreciaba ni pajita ni movimiento alguno-. Tiene que salir en algún momento para asegurarse de que no hay peligro.


-Miren, ¿por qué no arreglamos esto de otra manera? -propuso el anciano levantando las manos en señal de paz, sin considerar que él no estaba armado y por lo tanto era inútil el gesto-. Ustedes se van a sus hogares y si alguien me pregunta diré que vi unos puertorriqueños en la playa, contemplando el barco y riéndose. Con el detonador en mano.

-¿Y cómo podemos estar seguros de que no le dijiste ya todo a tu amigo y éste no nos va a denunciar?

-¿Cómo son los puertorriqueños? -quiso saber el mayor.

Peter prefirió contestar esa pregunta.

-Los dos son altos como postes y llevan rastas hasta los hombros. No, uno lo llevaba así. El otro lo llevaba recogido en una coleta.

-¿Por qué un puertorriqueño tendría rastas? No tiene sentido.

El anciano se encogió de hombros.

-Yo no conozco la moda de los jóvenes, señor. Tal vez, con la globalización de la televisión hubieran podido ver ese estilo en alguna película y decidieran copiarlo.

-Mal. Copiar estilos de la televisión es señal de baja autoestima y los dos tipos que tienen las pelotas de reírse tras estallar un barco no son viles plagiadores.

-A lo mejor los obligaron. Podrían estar drogados.

-¿Dejar que un drogadicto lleve el detonador de una bomba? Eso es absurdo.

-Bueno -espetó el anciano algo ofuscado-, es todo lo que se me ocurre. Si tiene una idea mejor, me gustaría oírla.

-¡Ya se la había dicho, viejo tonto! Yo lo mato, me llevo al sabueso y me voy a acostar con mi novia a casa. En mi cama. Total, nadie va a llorar por usted.

Y al decir esto unió su mano con la otra, para dar mayor firmeza a su puntería. Peter cerró los ojos, y por primera vez en lo que iba de años, se le ocurrió rezar a Dios. ¡Si tan sólo recordara el padrenuestro! Pero no llegó a necesitarlo, porque un repentino chapoteo se produjo en las aguas. Los dos matones giraron. Peter abrió un ojo para ver el busto de Dial sobresaliendo del manto cristalino, su cabello al rojo vivo brillando como aceitado a la luna y las branquias moviéndose rítmicamente. El joven abrió la boca y un sutil movimiento de la lengua fue el preludio para su canto mágico.

-¡Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti! ¡Te deseamos, amiguito, feliz cumpleaños a ti!

Aquello fue lo último que recordarían los matones. Bajaron los brazos y sus miradas se perdieron en la nada. Mientras Dial salía del agua y entonaba la misma canción mientras sus rasgos de tritón desaparecían, con algunas inflexiones, Peter se dio cuenta de que seguía pensando por sí mismo. El tritón tomó la capa que el matón más alto había dejado caer y se la anudó en la cintura para cubrir sus miembros humanos. Era increíble verlo realizar tales acciones sin perder el ritmo ni una sola vez. Con las mentes de los matones a su disposición, los acompañó hasta el final del muelle, desde los obligó a subir hacia arriba y luego esperarlo. Dial no tenía idea de en qué habían llegado, de modo que la única orden que prevalecía sobre su canto en su propia mente era la siguiente:

"Vuelvan como vinieron, vuelvan como vinieron"

Así continuó hasta que se detuvieron en un estacionamiento público cerca de la playa, al lado de uno de esos modelos de auto que Dial sólo veía en películas. Su asombro y admiración casi le hicieron olvidarse de la canción para preguntar cuánto les había costado y si se podía plegar el techo, a pesar de lucir tan sólido. Pero a tiempo recuperó la conciencia de la situación y siguió cantando para los matones, que entraron en el auto tras desactivar la alarma. Pronto los había perdido en la distancia. El hechizo duraría sólo hasta que llegaran a sus casas.
Agotado por manejar tanta energía mágica, Dial fue prácticamente arrastrándose hasta donde estaba Peter, que seguía sentado en su sitio. Lo miraba con asombro.

-¿Feliz cumpleaños? -preguntó el viejo.

-Era la única letra que se me ocurrió -repuso Dial encogiéndose de hombros. Se dejó caer en la arena pesadamente-. Sabes que no me gusta tararear. ¿Cómo estás?

-Creo que me hice encima.

-Bien, entonces no pasó nada -Dial contempló el océano-. ¿Quiénes eran?

-Malos hombres, chico. Racistas además. No aceptan a los puertorriqueños.

-Tomaste tu whisky mientras no estaba, ¿cierto?

-No negaré ni aceptaré esa acusación -repuso el viejo solemnemente y un hipido devastó su posición neutral-. Tal vez un poco. Al demonio -Peter sacó su botella querido y de un tirón se la bebió hasta el fondo, como si nada más importara-. Acabo de tener una experiencia cercana con la muerte. Me medezco un trago. Me merezco un trago, perdón.

-El fortachón era algo lindo, ¿no crees? -preguntó Dial como al descuido, ignorándolo, todavía viendo el espejo del cielo.

-De esas cosas no sé, chico. A ti te interesan, dímelo tú.

-Sí, lástima que no era humano.

Peter sufrió otro hipido, esperando, deseando en algún rincón sobrio y tímido de su mente, haber oído mal.

-¿Cómo?

-Que se hace tarde y debería regresar a casa.

"Eso ni siquiera se parece" dijo la parte diminuta en el cerebro de Peter, que tenía una voz curiosamente parecida a un ratón. El resto prefirió hacer de cuenta que no había escuchado nada.

-¿Pod qué tan pronto? Normalmente -Otro hipido- te quedas hasta que amanece.

Había dado con las palabras justas para atraer la atención de Dial. El joven príncipe mostró todos los signos de la indignación recorriendo su cuerpo: primero por las manos, que se cerraron en puños; luego los dientes, que apretó con fuerza. Finalmente, y para desconcierto de Peter, un suspiro apenado. Al cabo de un rato murmuró algo tan bajo que todo en Peter estuvo seguro de no haber entendido ni una pizca.

-¿Qué?

-Estoy castigado, ¿feliz? -replicó con fiereza Dial-. Por faltar a esa tontería de pintar corales -Y con súbito fervor, agregó-: ¡Ni siquiera sabemos qué diablos es el calentamiento global!

-Mira "la verdad incómoda" con Al Gore, te aclarará muchas... dudas -Peter lo sabía, porque una vez se quedó viéndola en una tienda de electrodomésticos. Hasta que un empleado lo vio y llamó a seguridad para sacarlo. Se rascó la barba de hace más de tres días, reflexivo-. No sabía que a los príncipes se les podía castigar.

Los ojos de Dial giraron hacia él y en ellos, verdes clarísimos, brilló el convencimiento por las palabras oídas y la frustración por la consabida negativa.

-Pues al parecer sí se puede. Hoy mismo Padre lo demostró castigándome, luego de que a mis hermanas se les ocurriera la genialidad de hablarles de mi escapada. ¿Lo puedes creer? Después de tanto tiempo, ahora es que le dicen algo a Padre y debe ser el día en que aprendió una nueva palabra.

-Mal presagio -repuso Peter sin saber exactamente a qué se refería. Entendía a medias a su compañero. Lo que más ansiaba era echarse a dormir-. Bueno, ¿y no deberías irte ahora? Tu Padre va a preguntar por ti en algún momento. Porque ustedes no duermen, ¿cierto?

-Podemos hacerlo cuando queramos. El caso es que no lo necesitamos -explicó Dial y a continuación, mirando la luna, lanzó un suspiro.

Se restregó los ojos, sintiendo sus energías todavía bajas. Irguió su postura. Desanudó la capa para volver a ponérsela alrededor de la cabeza y los hombros. Despidió a Peter con un gesto de la mano. Vio que éste ya se había derrumbado sobre su lecho de arena y dando su salto a modo de flecha, se entregó a la plenitud de su hogar. Sus miembros humanos inferiores cosquillearon incesantes, como si les invadiera una corriente eléctrica, se juntaron y pronto volvía a tener su cola. Palpó su cuello, comprobando que había vuelto a su estado anterior, y por último, se aseguró de que la capa le cubriera bien la cabeza. Hecho lo cual se dispuso a nadar de vuelta a casa. De vuelta al castigo.

viernes 9 de octubre de 2009

Lo que el lápiz creó: microcuentos.

Advertencia: humor negro, angustia, gore.

El color perfecto

La niña coloreó las rosas, el atardecer y el cabello de un hada. Todo rojo, todo vibrante, tomando luego esa tonalidad marrón que habla de cosas viejas. Era precioso.

La policía tocó a la puerta.

Un verdadero vampiro

El vampiro era cruel, malvado y sanguinario. Viajaba a través de la noche y la muerte, es el enemigo del sol y las frivolidades humanas.

¡Asómbrate de sus colmillos, vil mortal! Ten miedo de su andar furtivo y su mano veloz. ¡No lo mires, no parpadees, porque entonces será demasiado tarde!

-Tomy, cariño, no manches la alfombra mientras comes.

El vampiro de diez años apartó de sí el tomate desgarrado en sus manos ya manchadas.

-Estoy bebiendo la sangre de mi víctima.

-Lo que tú digas, querido. Luego te lavas las manos, ¿sí?

Bufó con un estudiado fastidio milenario por la ceguera humana. Y luego decían que el que tenía que ir al psicólogo era él.

La vejez no escapa

El día que el César notó que el oído comenzaba a fallarle, sucedieron muchas cosas. Recibió el dinero de los impuestos que le correspondía, mandó a matar a quienes se lo debían y tuvo que despachar a unas personas que le dijeron que tuviera cuidado con los burros porque lo estaban esperando. Se burló de estos últimos, claro, porque ninguna bestia de carga era nada ante el César… y descubrió poco después, ante ciertas puertas y ciertas escaleras, que no habían querido decir burros, sino Brutus.

El único testigo

La muñeca se llamaba Lydea, aunque nadie lo sabía porque nadie la llamaba. La rajadura que una caída olvidada dejó tiempo atrás en su rostro de porcelana, privándola de un ojo, la había dejado al fondo de la estantería, a merced de un recordatorio de mandarla a arreglar o desecharla que nunca se realizaba. Desde ahí ella presenció cómo el caballero de bigote negro acorralaba a la mujer de escote pronunciado contra el callejón frente a la tienda de Miss Bitter. Escuchó los gritos que de ahí salían, vio la sangre escurriéndose por la acera.

Al día siguiente la policía descubría que Miss Bitter no se había enterado de nada la noche anterior, mientras Lydea los miraba desde detrás de los floreros que la precedían. No podía hablar porque si nadie la recordaba carecía de vida y de voz. Lloró lágrimas de aire con su único ojo sano.

Los buenos viejos tiempos

Advertencia: humor negro.

Aunque don Felipe opinaba que dona Arminda, su vecina desde hace más de veinte años, es una dulce mujer, de esas que ya no hay, igualmente cree que es algo despistada. Y tal vez algo tocada de la cabeza.

-Yo nunca he creído en fantasmas, doña Arminda, ni lo haré nunca.

-¿Nunca, don Felipe?

-Como le digo.

-¿Y cómo se explica que estamos hablando, siendo que usted asistió a mi funeral y me vio en mi ataúd?

-Bueno, puedo equivocarme, pero pienso que se debe al hecho de que me enterraron hace un mes.

-Oh, lo siento. ¿Fue por el corazón?

-Yo diría que fue porque nadie conectó una campana aquí abajo ni me dejó una pala por si despertaba. Entérese, dona Arminda, en mis tiempos esto no pasaba. Antes se dejaban esas cosas, para no cometer errores como éste, ¿se acuerda?

-Sí, don Felipe.

-Los tiempos van para peor, se lo digo yo.

-Sí, don Felipe.

Mientras tanto, doña Arminda consideraba que su vecino tendía demasiado al pesimismo. Sin embargo, hubiera sido una falta de respeto decirle eso como bienvenida al mundo de los muertos, de modo que continuó tejiendo hilos espectrales entre sus dedos translúcidos con las flores que le dejaron sus sobrinos.

El castigo final

Advertencia: violencia.

Castigo

La mujer tarareaba feliz sentada en el catre. Sabía que estaba sola, finalmente. Ya no podía molestarla. Entró entonces el espíritu de su marido y ella soltó la carcajada, derramando lágrimas frías. Se la llevaba del brazo, a paso firme, hacia el infierno al cual lo había arrojado.

-Te lo merecías, Ivan –dijo ella sonriente-. Fuiste un terrible esposo.

Los muertos no hablan, así lo constató el silencio. El histerismo no la abandonaba mientras recorrían el pasillo. No sintió los grilletes tintineando ni le importó la esponja húmeda sobre su cabeza. Cuando llegó el momento, sólo atinó a oír un chasquido lejano, metálico y antiguo.

“Son las puertas del averno, que se cierran tras de mí”, razonó.

Y entonces las sacudidas invaden su cuerpo.

sábado 12 de septiembre de 2009

La danza del tritón (Cap. I)

Resumen: Dial es motivo de dolor de cabeza para sus hermanas, la decepción de su padre y la molestia de los pescadores. Pero además de eso, es un tritón aburrido, deseoso de vivir nuevas experiencias. Sus sueños se ven cumplidos cuando conoce a Fred, un vampiro matón que vive la vida como se le aparece. Sin embargo, estar juntos en el sentido que desea no es tan sencillo como parece.

Una versión distinta de “La Sirenita”, aderezada con slash. Dedicado a mi hermana Runy, porque me dio la gana darle algo ^^

I
Bajo el mar se aburre uno mucho más

Al primer brillo dorado sobre el horizonte, Dial surgió de entre las aguas y barrió los alrededores con su mirada ambarina. Era un pequeño tritón de 100 años, precoz como todos los tritones hoy en día, y le gustaba buscar marineros por las mañanas. Lo que hacía con ellos variaba según el día. Una vez jugó a los pases con dos delfines usando la cabeza de uno, pero cuando los dientes del sujeto dejaron una línea marcada en su frente Dial ya no le encontró ninguna gracia. Lo devolvió al resto del cuerpo que se pudría al sol en la orilla del mar, ignorando el quejido de sus amigos, pensando, al ver la entrañas grisáceas, que los humanos se buscaban cosas así cuando se les ocurría desafiar a la naturaleza.

El joven había sido un pretendiente de una de sus ocho hermanas y, en calidad de enamorado tozudo, la siguió hasta las aguas infestadas de tiburones y en un intento de tomar en sus brazos el esbelto cuerpo recibió un centenar de poderosos colmillos que se plantaron en su carne. La balsa se volcó fácilmente. Se podría decir que tuvo suerte de que el tiburón ya hubiera comido antes porque sólo se comió un brazo, una pierna y unas pocas vísceras. Su hermana, que lo planeó más o menos así, recompensó al tiburón con un beso y éste lo aceptó sumisamente, si bien es sabido que los tiburones son seres poco dados a la efusividad.

Esa mañana no había mucho por donde escoger. Sólo dos barcos pesqueros de tamaños diminutos, cada uno pacientemente detenidos en determinada zona en espera de que los peces llenaran sus redes para sustentar si bien sus bolsillos o sus bocas ya repletas de maldiciones. Dial nadó en círculos manteniéndose bajo el agua, repitiendo para sí los curiosos insultos y preguntándose en qué podría entretenerse. Ayudar a sus hermanas a decorar los arrecifes para los peces estaba fuera de toda discusión, aunque no ignoraba que esa era una de sus obligaciones dado el presunto calentamiento global que atacaba a la tierra. Nadie tenía una idea clara de lo que esto era pero se oyó el término de un grupo de protesta haciendo una marcha por la playa, y aunque hubo mucha alegría por el hecho de que las aguas podrían crecer, la cantidad inaudita de agua salada estaba acabando con los preciosos recursos del agua dulce y el gran rey Neptuno dictaminó que todos debían poner un poco de su parte para evitar una verdadera tragedia. Siendo así, sabiendo que todo el mundo estaba poniendo sus aletas en acción, Dial se creía con todo el derecho de jugar por ahí y perturbar a los humanos.

Era divertido verlos atontarse por su belleza andrógina y contemplar con qué gracia eran capaces de caminar hacia un destino fatal, como si el borde del barco sólo fuera una corriente más de agua y ellos peces que la necesitaban para volver a respirar. Otras veces se dejaba atrapar por ellos y les prometía cosas ridículas a cambio de su liberación. “Te daré tres deseos”, “te llevaré ante mi rey”, “te entregaré a una de mis hermanas”, “te revelaré secretos que no puedes imaginar”. ¡Y los muy brutos se lo creían! Se rió recordando la única vez que casi falló; el investigador -que no dejaba de referirse a sí mismo como tal- aseguraba que finalmente tenía las pruebas por las que tanto había esperado, que ahora no tendrían más opción que creerle, y al final no pudo hacer nada ante el hechizo de su canto. Lo obligó a atarse un cajón grande lleno de hielo y peces ya muertos al cuello para a continuación lanzarse al mar. Fue su manera de vengarse por la media hora de arenga insufrible.

La mayoría de los marineros eran jóvenes nervudos que aparentaban mayor edad y viejos que parecían aun más viejos. A la mayoría los conocía de lejos y sabía que sus apariciones nunca eran tomadas en serio. Una vez les oyó decir que lo consideraban sólo un chaval, además de maricón, bromista de quinta y aunque no entendió muy bien estas palabras, no le gustó que se la dirigieran a él y decidió que ya no iba a honrarlos con su presencia. La verdad es que algunos le asustaban, con sus ganchos en mano, sus gestos hoscos y la manera en que destripaban los peces. Tan fácil como acomodar una cama de algas, mecánica e inexpresivamente. Los humanos que se ahogaban en el mar no le preocupaban, pero ver las tripas de seres con los que había estado compartiendo espacio unos segundos antes le disgustaba y a veces se imaginaba en esas mesas o sobre sus regazos, igual de pequeño que un pez, y el cuchillo grácil abriéndolo en canal. La imagen resultaba curiosa y asquerosa a un mismo tiempo, pero lo más preocupante era lo que pasaría después. Significaría un adiós al agua, a las risas bajo su manto cuando desconcertara a los incrédulos al agitar su cola, a elevar su voz con esa cadencia mágica que todos los de su especie poseían y sentir la excitación en su pecho al descubrir las miradas huecas, fascinadas, como rocas esperando su cincel.

De modo tal que solía concentrarse en extranjeros. Exploradores en busca de tesoros, pescadores novatos en esas aguas, humanos con sus cascos, sus botas y los largos tubos que le servían de respirar. Dial descubrió un placer especial al tomar uno de ellos y retorcerlo en sus manos mientras veía al intruso de las aguas ahogarse dentro del traje. En el último año había acabado con dos, y a un tercero lo dejó desmayado, aunque no supo que así fuera si no hasta después de verlo caminando por la orilla. Entonces le arrojó una concha porque se suponía que había muerto y a Dial no le gustaba que le tomaran el pelo.

Sin embargo, esa tarde no parecía augurarle nada especial. Había oído rumores de que cada vez más jóvenes realizaban lo que se llamaba surfear, y aunque no tenía idea de lo que fuera, sólo que tenía que ver con el agua, lo cierto es que los únicos jóvenes que veía eran de los que disponían a nada. Dial encontraba un atractivo extraño en sus pieles bronceadas y sus cabellos húmedos brillando al sol, incluso a sus voces de barítono. A ellos no los tocaba porque -y esto no se lo había dicho a nadie- le cohibían esa franca seguridad suya de ir tras sus amigos y ahogarlos en broma, para después reírse cuando llegaba la venganza. Él era el tritón más joven de toda Atlántida y sus hermanas le parecían demasiado sosas para ser compañeras de juegos. Esencialmente se entendía con los peces, pero del mismo modo que los hombres con sus perros, y a veces él también deseaba tener alguien con quien hablar. Cuando los veía solía regresar a casa más pronto.

Sin adolescentes, pescadores nuevos ni, en resumen, nada que llamara la atención, se vio resignado a volver cuando todavía no llegaba el mediodía. Como el niño que no dejaba de ser, Dial se aburría fácilmente.

¿A qué describir su regreso hasta la ciudad de Neptuno, el reencuentro con las ruinas devastadas y las estatuas de seres con dos piernas? El camino tan familiar había sido motivo del más vivo sentimiento de independencia en otros tiempos, porque podía ir y salir a su antojo, no obstante, ahora sólo mover la cola hasta llegar a sus calles de piedra, que ya conocía al dedillo. El imponente castillo de su padre se elevaba sobre una colina, como si en el gran derrumbamiento éste buscara destacarse siempre sobre la ciudad yaciente a sus pies. Dial buscó la habitación en el tercer piso y se arrebujó entre las sábanas de algas que tejiera su hermana. Anoche se entretuvo afilando su voz para ver cuánto alboroto podía causar en el mundo animal en la superficie. Hubo tanto ladrido de perro que incluso una bota fue arrojada al agua, en un obvio intento de dar al animal sobre el puente y que le ladraba como en un desafía a ver quién tenía la voz más molesta. Después de eso Dial dio con la bota y la tiró al perro, percibiendo la nota aguda del gemido lastimero con igual deleite que si fuera otro sonido de la naturaleza. Los tritones y las sirenas, aunque no tenían oportunidad de escucharla mucho, apreciaban la buena música. De modo que el sueño no demoró en posarse sobre sus párpados ya pesados, mientras el resto de la población estaba en plena actividad. No soñó nada. Nunca lo había hecho.



El sueño era casi como tomar agua para los seres del mar, después de poco tiempo abandonada ésta. Un minúsculo alivio que bien podría interpretarse como signo de pereza si se era muy severo, o el medio perfecto para matar el rato, si uno es lo que se llama perezoso. Para Dial era no jugar ni trabajar. Cerraba los ojos, y sin ningún esfuerzo, el tiempo ya había transcurrido lo suficiente para que el mundo adquiriera colores más llamativos. Lo que no fue en su caso, al menos no esa tarde, porque una garra blanca como perla le zarandeó el hombro, privándolo de la calma de la nada y asentando en él, por un momento, la vaga duda sobre quién era.

-¡Eres un maldito irresponsable, caprichoso y desconsiderado!

Janife no era conocida por su paciencia. Dial reparó en que los cabellos azules flotaban salvajemente alrededor del rostro de su hermana, y pensó que tanta belleza no tenía por qué contener tanta rabia. Lamentó una vez más que sintiera la necesidad de alterarse tan fácilmente por cada cosa. Con lo sencillo que era dejar que las cosas pasaran, simplemente, como agua por sus escamas.

-Hola -dijo sentándose en el lecho, que en realidad apenas contenía su peso.

Observó por la ventana pero la débil luz que iluminaba la ciudad no le dio una pista sobre en qué momento del día estaban. Janife ya chillaba de pura indignación.

-¿Cómo te atreves? ¡Hemos estado buscándote durante mucho tiempo, mientras tú, el señor príncipe, estaba cómodamente dormido! ¡Estábamos preocupadas, chiquillo malcriado! ¿Y tienes el descaro de decirme solamente hola?

-Tienes razón, soy un desconsiderado -dijo Dial con una sonrisa-. ¿Cómo te ha ido, querida hermana?

El rubor no era algo usual en las sirenas dada su natural sensualidad, pero a Janife acudieron dos manchas de un rosa pálido bajo su mirada enfurecida. Sin embargo, se había suavizado al oírle. Esa conversación había sucedido las suficientes veces para que supiera que no iba a tener gran efecto sobre el otro.

-Creíamos que te habían pescado de nuevo, Dial. Incluso llegué a pensar que me alegraría de que sucediera, a ver si aprendías a dejar un aviso antes de desaparecer por ahí -dijo con contundente reproche, recibiendo luego con una mueca despectiva el asentimiento sumiso de su hermano.

-Toda la razón, hermana. Toda la razón.

-Eres un imbécil -espetó Janife y lanzó un suspiro, expulsando pequeñas burbujas de aire que, elevándose veloces, quedaron atrapadas bajo el techo.

Dial pensó que las ayudaría a llegar a la superficie, donde se reunirían con sus hermanas bastardas, el aire no marino del exterior. No por primera vez se preguntó cómo se sentiría necesitar de esas burbujitas. Para ellos eran sólo desechos, energía que su cuerpo no requería y por tanto expulsaba.

-Vale -aceptó pese a sus pensamientos y, como le pareciera que estaba ensañándose sin razón con su hermana, agregó-: Me aburría trabajar en los arrecifes y me aburría estar en la superficie. No quería asustarlas.

Y era cierto. Y lo más cercano a una disculpa que podía aspirar Janife, así que lo aceptó sin más con un encogimiento desdeñoso de hombros, como si ni lo necesitara.

-Padre te está buscando.

Dial se quejó con un bufido, ocultando la inquietud que el aviso le produjo. No le gustaba enfrentarse a Padre.

-¿Por qué? -dijo lastimero.

Janife, sabiendo a qué se refería, montó de nuevo en cólera, ese caballo tan gritón. Sus manos a los costados se agitaron como si la potencia de éste fuera demasiada para contenerla.

-¡Porque nos tenías preocupadas, niño idiota!



La sala donde Padre solía recibirlos fue en otros tiempos una biblioteca y se hallaba al final de pasillo del segundo piso. Mientras Dial nadaba con deliberada languidez sobre los escalones de piedra, bajando, maldecía las bocas flojas de sus hermanas. No era, ni de lejos, la primera vez que huía de sus tareas para ir a la superficie y hacer de las suyas. ¿Por qué, entonces, el súbito interés por enterar a Neptuno? Generalmente todas se contentaban con dejar que la voz aguda de Janife le grabara en los tímpanos muy bien su parecer.

Deseaba darse la media vuelta y hacer de cuenta de que su hermana no le había dicho nada, pero no se atrevía a dar el aletazo necesario.

El problema con Padre no era la rigurosidad de sus reproches, si bien éstos no eran cosas que uno gustara de recibir con frecuencia. Si tan sólo eso fuera, Dial encajaría las palabras de la misma manera que hacía con las de Janife. Las oía, asentía y trataba de parecer reflexivo, para luego dejar que se las lleve al mar. Al final siempre sabía que su hermana lo quería, tal vez a pesar de ella misma. Pero cada vez que debía asistir ante él se sentía más pequeño que nunca, obligado a sentirse culpable, y temeroso de haberlo decepcionado; todo a un mismo tiempo, en una mezcolanza que lo desconcertaba y repelía a partes iguales. Arriba era un ser fantástico, un chaval loco, personaje de leyenda.

Con sus hermanas era el irreverente, irresponsable y, aunque les duela, simpático hermano. Con Padre era una cría de tritón, inseguro y sin el control de nada, un condenado a la espera de la sentencia. La mayor de las veces apreciaba a Padre, pero no cuando lo hacía sentir de ese modo. Casi se podía decir que le guardaba un poco de rencor porque nadie debería tener derecho de empequeñecerlo sin su permiso.

Ante las puertas de roble, Dial se detuvo unos momentos, la mirada baja y las manos cerradas. Pasaron unos segundos. Finalmente alzó la mirada, esbozó una sonrisa jovial y traspaso la entrada. La vasta habitación, donde sus estanterías todavía contenían libros inservibles bajo el agua, estaba iluminada por un recipiente de vidrio en el techo lleno de una luz verdosa, cuyo origen, cuando Dial preguntaba, sólo era “mágico”. Al final, frente a las altas ventanas, sobre una pila de libros hinchados, se alzaba el trono del soberano del mar. Dial nunca entendería por qué él era tan delgado, mientras su padre era puro músculo, brazos imponentes y barbilla partida. A pesar de la mata de cabellos rojos ondeando bajo la corona de oro, el delicado delineamiento de las cejas sobre los ojos de jade, no tenía nada de andrógino. Una vez le dijo que se vería igual si hiciera ejercicio. Dial afirmó que no valía la pena.

-Pasa, hijo -dijo con su voz profunda, retumbante y poderosa, que no admitía más que sumisión.

Dial obedeció, incapaz de mantener la sonrisa.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Microcuentos

Advertencia: violencia.

Cosas de adolescentes

El asesino sabía lo que pasaría. El asesino lo veía muy claro. Entre el montón de rostros ligeramente aniñados avanzaba con el cuchillo en alto. La víctima lo miraba estupefacta y parecía que iba a decir algo, pero su puño viajó más rápido que su aliento y le dio en el cuello, así no le cupiera duda de que iba en serio. Luego una patada bajo el cinturón y cuando cae es el momento de que el acero se convierta en escarlata. La víctima ni siquiera grita mientras mandobles incontrolables lo azotan como dentelladas rabiosas. Sobre los ojos, en los ojos, en la nariz, delineando las mejillas que desaparecen, ¡adiós oreja! El asesino disfruta con lo que ve, se ríe. Él es el rey del mundo.

El timbrazo del recreo le llegó demasiado brusco. Los alumnos recogen sus pertenencias, hablan entre sí, se marchan. El asesino, sin cuchillo ni corona, es el último en salir. Su víctima le detiene.

-Más le vale estudiar para la próxima clase, Manuel, o tendré que aplazarlo.

En la garganta, en el pecho, y entonces, un giro de la hoja. El dulce crujido de las costillas. ¡Cuánto silencio sin esas palabras arrogante!

-Sí, señor.

El asesino abandona el aula.

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Invisible

Una vez el niño soñó que caminaba entre una multitud y constantemente recibía empellones de todas partes, pero de ningún salía una disculpa. Les gritaba que no era una pared y nadie oía. Lo mismo hubiera dado que no estuviera ahí. El sueño se repitió varias veces. Nadie lo oyó, nadie lo supo.

-Pablo, haz el favor y dile a tu compañero que está en horas de clases.

El profesor realmente no sabía cómo se llamaba ese chico con la cabeza pegada al banco. El sonido de los exámenes acomodándose fue lo único que se oía.

-Profe, no creo que esté dormido.

-¿Cómo dices?

Tanto el profesor como el resto del alumnado lo vieron. El frasco vacío en la mano sobre el regazo, la mirada perdida y el cuerpo que no respiraba les ayudaron a entenderlo finalmente.

Que no se te olvide...

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