Ternura Despedazada
Sólo palabras, cuentos, una y otra vez.
Bienvenidos a Ternura Despedazada
He creado este blog con el propósito de difundir el contenido de mis obras originales, sean poemas, cuentos o historias más largas.
Antes de leer, les pediría que prestaran atención las siguieran las siguientes condiciones:
1_Los poemas pueden ser melancólicos/escuetos/satánicos o tan enfermos como les parezcan, pero son míos y, si quieren comentar, tengan la cortesía de no lanzarme análisis psicológicos o cualquier clase de cosa que tenga por objeto juzgarme, porque no tengo motivo para tolerarlo.
2_La mayoría de mis cuentos -si no es que todos- son de contenido homoeróticos (es decir, presentan relaciones sexuales entre entes del mismo sexo) y cuentan con sus respectivas advertencias. Si de antemano saben que algo no les va a gustar o de plano están en contra, por favor, guárdense los berrinches y vayan a donde se sientan más cómodos. Yo cumplí con mi deber como escritora advirtiendo, el resto es de su responsabilidad.
3_Parecería algo bastante obvio, pero como hay cada sujeto que se hace el despistado... todo aquí es de mi propiedad, cada poema, cada cuento y cada novela. No permito la copia de nada cuanto hay a menos que el interesado cuente con mi autorización expresa, siempre con la condición de presentarme el link y reconocer mi autoría. Para mí no es un halago que te copien y ni siquiera te digan, si no una vil falta de respeto; asimismo no me interesa si les gustó algo y por eso lo pusieron en "x" sitio sin consultarme. Link, reconocimiento y honestidad; es lo único que pido a cambio.
4_Todo aquí es simple ficción, es decir, ni conozco personas que hayan vivido las experiencias que pueda contar ni las he vivido. Si escribo que una chica se ha cortado, no salten a la conclusión de que yo lo he hecho, y si ven un nombre conocido, fue pura coincidencia y en lo absoluto intencional. No vean más allá de la pantalla porque las bases son imaginarias y asimismo el contenido.
5_Las críticas las recibo con los brazos abiertos, pero no tomen esto como vía libre para dárselas de sabihondos. Si no les agradó algo, me parece bien que me lo digan, pero con respeto y con la intención de que pueda mejorar, no solamente para lloriquearme. No puedo hacer nada si no les gusta que un chico se bese con otro chico, por decir un ejemplo.
6_Afiliarse es sencillo. Simplemente tienen que dejarme un comentario con el link a sus sitios, y si tienen, el botón correspondiente. El del blog presente es éste:

Es todo por el momento. Disfruten, comenten o lo que se les ocurra.
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jueves 19 de noviembre de 2009
Sangre dulce (Cap. I)
Nota: Myrrot y los demás personajes pertenecientes al mundo de éste salieron del fandom "Flor Imperial", creación de mi melliza Selene18. Yo sólo me atribuyo el personaje de Tilde.
Advertencia: slash/yaoi, sexo explícito, sadomasoquismo, gore.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Era un día como cualquier otro en Pokáar.
Myrrot llegaba de regreso de la horda de los Sirvientes de la Gracia; había sido un muy mal día y venía malhumorado y cansado. Ese mamavergas de Pierrot la había hecho de nuevo, y esta vez amonestándolo a causa de su lenguaje.
—Y una mierda. —gruñía Myrrot — ¿Qué acaso por decir “coño” ya piensan marcarme a hierro caliente?
Ya era casi de noche, y comenzaba a hacer frío.
—Que te den por el culo, Pierrot. —murmuró Myrrot, y apuró el paso.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Tilde, para decirlo certeramente, no tenía ni la menor idea de lo que había sucedido. Hace sólo unos instantes había estado saltando de edificio en edificio en Nueva York, y en cierto momento, descubrió que su fuerza vampírica no era la suficiente para cruzar el espacio entre dos rascacielos imponentes. Puesto que se acababa de alimentar de unos adictos al crack, supuso que sería diferente, pero la velocidad con que el borde del objetivo desaparecía y lo reemplazaban altos ventanales se encargó de darle una negativa.
En ningún momento sintió miedo, puesto que no era la primera vez que le sucedía, y buscó, entrecerrando los ojos por fuerza del viento, un basurero sobre el cual caer. La sangre fresca en sus venas ya le permitiría reponer todos los huesos rotos. El dolor iba a ser infernal, pero ¿de qué servía la eternidad sin un poco de condimento amargo? En los 1500 años que llevaba no-muerto, Tilde aprendió que de absolutamente nada.
Ya estaba cerca del contenedor, creyó divisar el brillo de las bolsas plásticas y alguna botella de cerveza cuando todo el clima cambió abruptamente. Desconcertado, presenció cómo cambiaba la cercana escena por una donde él seguía cayendo, a muchos más metros de altura. Y no hacia un relativamente seguro basurero, si no a un seguramente sólido suelo cubierto de césped.
—Joder —dijo segundos antes de que su cara hiciera colisión, luego su pecho se sintió estallar, sus brazos y sus piernas abatidas por el martillo del mismo Thor. Perdió la conciencia al instante. Fue un gesto benigno.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Un ruido muy fuerte hizo que Myrrot frenara en seco; movió las largas orejas, tratando de captar la fuente del sonido. Se oyó como algo pesado cayendo a gran distancia, y por un momento pensó que era alguna mantícora (ellas eran bastante pesadas) pero cuando revisó más a fondo, se dio cuenta que no fue así.
Un klowny se hallaba tendido en la grama, como si se hubiese desmayado o quedado dormido. Myrrot, como buen Joker que era, se acercó curioso.
Cuando lo vio más de cerca, Myrrot se quedó confundido: había pensado que era un klowny, pero no. Tenía las orejas demasiado cortas, y hasta donde él sabía, todos los klownys —independientemente de la raza— tenían orejas largas.
—Oye, despierta. —le dijo, zarandeándolo un poco —El bosque es demasiado peligroso para dormir. Las mantícoras pueden comerte.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Ni el contacto ni las palabras despertaron a Tilde. Ni siquiera el dolor. Fueron sus células trabajando doble turno, tirando unas de otras, rompiéndose, quemándose, quitándole el aliento lo que le obligó a volver a la realidad.
No abrió los ojos. Apretó la mandíbula al sentir cómo miles de hormiguitas trabajadoras corrían a sus anchas por cada hueso de su cuerpo, con pisadas tan rápidas y profundas que sólo pudo mantener las manos rígidas para no rascarse hasta llegar a ellas.
Deseaba arrancarse la piel de la cara y darse el alivio de usar las uñas contra la sensación, pero se contuvo. Había caído de castillos, de rascacielos más altos, una vez incluso sobre una roca picuda y había sobrevivido.
Pasaría, sólo tenía que ser paciente, así que esperó en agonía, sin siquiera pronunciar una palabra mientras vagamente era conciente de la presencia de alguien o de algo a su lado.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
—Demonios…— susurró Myrrot, para sus adentros; el tío se veía demasiado grave y sufría mucho. Por un momento pensó en pedir ayuda, pero ¿a quién? Además, todavía quería saber por qué aquel sujeto tenía orejas cortas ¿se le habrían atrofiado? Era la única explicación, porque de resto, parecía un klowny, tal vez uno diamante o un pica.
Notó su mandíbula contraída, y lo único en que pensó Myrrot era en ponerle un trapo frío. Se duplicó y encargó a su clon para que fuera al río más cercano y mojara la tela. Luego se le ocurriría algo más.
Estaba muy guapo, eso si. Con todo y orejas cortas. Myrrot pensó en echarle la carrocería entera apenas se recuperase, y tal vez se olvidaría de los pésimos acontecimientos de hoy, especialmente del huevón de Pierrot.
Cuando el clon volvió, Myrrot procedió a frotar la tela húmeda y fría por el rostro del extraño, procurándole algún alivio y que al fin despertase.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Sintió algo frío tocándole la frente y se apartó casi por instinto, no del todo sorprendido. El contacto húmedo le había aclarado que o bien era la prueba de que existían buenos samaritanos o la lengua de algún animal. En todo caso, prefería eludir al alivio. El dolor tenía su parte de indeseable pero no iba a permitir que se lo quitaran de encima tan fácilmente. Era su dolor, su prueba de que todavía estaba vivo, de alguna forma.
Al cabo de unos momentos, advirtió que sus músculos se relajaron. La picazón había desaparecido. Abrió los ojos finalmente y su primera visión fue de un cielo a dos pasos del anochecer, infinitamente más estrellado que cualquier noche de Nueva York. Se irguió sobre sus posaderas, examinando los valles desnudos, el infinito manto de césped y otra vez el cielo. Por un segundo tuvo la tentación de decirse que el golpe dado debió ser demasiado fuerte y era una alucinación, pero pronto llegó a la conclusión de que era imposible, porque en ninguna alucinación se percibía verdadero dolor.
Aspiró el aire. Estaba completamente limpio, sin el menor rastro de desperdicios de animales o de coches. Por último su mirada cayó sobre los dos seres a su lado, uno de ellos sosteniendo un paño mojado. Dedujo que los dos eran gemelos y le provocó curiosidad sus orejas puntiagudas. Ambos olían distinto a cualquier humano que hubiera conocido hasta el momento. Por sus ropajes parecían payasos parodiando a los gitanos.
—Buenas noches, amables extraños —saludó con una sonrisa cordial, inclinando la cabeza. El hecho de que quizá se hubiera vuelto repentinamente loco (a lo mejor a causa del dolor) no era razón para ser descortés con los duendes padecientes de hipotermia que su mente había decidido presentarle —. Ustedes no sabrán por casualidad cómo llegué aquí, ¿o sí? Juraría que hace unos segundos estaba a punto de romperme todos los huesos contra un basurero en una gran ciudad, y me hallo en la curiosa sorpresa de haberlo hecho contra este, aunque muy bonito, duro suelo.
Mientras hablaba, Tilde se cruzó de piernas cómodamente dispuesto a escuchar cualquier explicación que le otorgaran los gemelos tal vez imaginarios.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Myrrot se quedó momentáneamente desconcertado cuando finalmente el extraño despertó y comenzó a hablarles.
—. Ustedes no sabrán por casualidad cómo llegué aquí, ¿o sí? Juraría que hace unos segundos estaba a punto de romperme todos los huesos contra un basurero en una gran ciudad, y me hallo en la curiosa sorpresa de haberlo hecho contra este, aunque muy bonito, duro suelo.
¿Basurero? ¿Gran “ciudad”? Myrrot miró a su clon, y éste, por reflejo, hizo lo mismo, como si ambos estuviesen desconcertados. Finalmente el klowny chasqueó un dedo y su gemelo desapareció.
—Yo mismo me estoy haciendo esa pregunta, viejo. —dijo Myrrot, en su acostumbrada modalidad franca y desenfadada, que a simple vista parecían malos modales —Verás, vengo de trabajar de mi horda y de repente oigo un “¡PLAF!” y te consigo tendido. Por un momento pensé que era alguna mantícora rondando por acá…
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Por lo visto sus alucinaciones no tenían mayor idea de lo que estaba pasando. No era sorpresa. Pocas veces la mente se deja de teatros y puestas de escenas intrínsicamente complicadas. Aunque no podía imaginar qué diablos podían representar para él aquel par de duendes, decidió que viviría felizmente su estado onírico. ¿Por qué no? Era un jodido vampiro, nada podía matarlo si estando despierto.
Entonces el gemelo desapareció. Sólo quedó uno, que no cambió en nada su expresión o su semblante confundido. Tilde tardó sólo un momento en caer en cuenta de que no había volado rápidamente –habría oído la penetración en el aire-, no había corrido –no había ni una pizca de polvo flotando- ni se hizo invisible –no tendría sentido y no oía su respiración-.
Desapareció, como la luz al cerrar los ojos. Un segundo estaba ahí y al siguiente no. ¿Sería una metamorfosis de algún miedo suyo a desaparecer? Lo dudaba.
El gemelo sin gemelo –que tal vez ni siquiera tuvo gemelo-, le hablaba. Usaba un tono despreocupado y directo. De alguna forma le recordó a los jóvenes aspirantes a raperos que había conocido en Nueva York.
—Entonces —dijo levantándose—, somos no más que un par de ignorantes respecto a mi situación. Aunque admito que yo debo llevar la ventaja, porque no me imagino cómo una mantícora podría rondar por ahí por su cuenta, a menos que las macetas tengan piernas.
Tilde lo decía sin un asomo de sarcasmo.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Myrrot soltó una carcajada, mientras se sujetaba el estómago desnudo. Le hizo un gesto al extraño y lo guió a través de unos matorrales. Cuando estuvieron a distancia segura, le hizo un gesto de silencio a su compañero.
Minutos después que los dos estuviesen bien a salvo entre los arbustos, divisaron una enorme bestia con cara de hombre, pero con melena y cuerpo de león. Tenía unas enormes alas de murciélago y cola de escorpión. Eran muy comunes en toda Pokáar, pero especialmente en las afueras de la aldea Trump.
—Esto, amigo, es una mantícora. —le dijo con una sonrisa —Son domesticables solamente por klownys Corazones, y eso cuando usan pócimas y encantamientos de amor y docilidad.
La bestia olfateó el aire y emitió un rugido, pero finalmente siguió su sendero. Si los había olido, no había mostrado intenciones de devorarlos ni mucho menos.
—Mi nombre es Myrrot, y soy de la raza Joker. —dijo el klowny, tendiéndole la mano al extraño — ¿Y tú eres…?
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Algo en la risa del duende gitano encendió la primera perturbación que sintiera la calma de Tilde. Era una fuerte carcajada, despreocupada, de las que se lanza cuando no te interesa que la gente te mire y algo realmente es gracioso. La sonoridad del sujeto, además, no tenía nada que ver con la de un humano.
Hay algo sutil en cada voz, que probablemente sólo los perros pueden percibir. Es la diferencia entre la voz de un amo y la grabación de ella. Suenan similares, al punto que cualquier humano puede confundirlos, pero no lo son. Tal vez los perros no lo noten siempre, mas lo hacen. Los perros y los vampiros. Y aunque no estaba seguro de cómo debía reír una alucinación, reconoció en la de ésta un matiz que nunca había percibido y al mismo tiempo se dio cuenta de que percibía el aroma que exudaba y tampoco era humano.
“Estoy realmente aquí”, se dijo sorprendido y volvió a olfatear el aire. Demasiado puro, fragante. Igual que cualquier campo. ¿Hace cuánto no se había acercado a ningún campo? No tuvo mucho tiempo de analizar esto porque el duende payaso gitano lo estaba llevando a otra parte.
Se dejó llevar con cierta ansiedad por saber adónde iría. En su interior nacía un alborozo familiar por el nuevo descubrimiento de hallar otro mundo. ¿Qué otro mundo? ¡Probablemente esa ni siquiera era su dimensión! Oh, era extraordinario.
Se acercaron a unos arbustos y desde ahí Tilde supo qué era una mantícora. Le recordó a los grifos de la mitología, aunque la cara humana era algo nuevo. Parecía feroz y tan peligroso como el escorpión, con el cual compartía una larga cola. Se preguntó si ésta tendría veneno y cómo actuaría. Según su acompañante, sólo con magia era posible domarlos. Asintió con aire grave, fascinado por la nueva información.
“¿Y tú eres…?”
Tilde no demoró en estrechar la palma –sorpresivamente cálida- y brindar al payaso Myrrot una sonrisa de amabilidad. Al vampiro de verdad le interesaba conocer a ese sujeto. Era su único medio de aclaración respecto a lo que era ese mundo.
—Tilde Multrap, mucho gusto Myrrot —dijo y le resultó curioso que, a pesar de todas las diferencias, se entendieran mutuamente a la perfección. Entonces recordó que había dicho “raza” en su presentación y agregó, un tanto socarrón—. Soy de la raza de los vampiros desde hace cinco siglos.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
¿Vampiro? ¡Por dios! Con razón, ya decía Myrrot que algo no cuadraba. Sin embargo, para ser un vampiro, no tenía alas gigantes, como esos animalillos feos que volaban por las noches.
— ¿Un vampiro? ¿Y mayor que yo? ¡Sólo tengo trescientos cincuenta años! Eres cien años menor que mi padrastro. —comentó Myrrot, con una sonrisa fascinada pero no por ello menos divertida —Mira viejo, no sé como le hiciste para llegar aquí, pero supongo que no resta sino decirte “bienvenido” al reino de Pokáar.
De repente, pensó en lo divertido que sería mostrarle el pueblo y llevarlo al mejor Togoposhki para que se tomara una copa de vino dulce…
«Momento, Myrrot, si es un vampiro, aunque parezca igual a un klowny, seguro debe chupar sangre, igual que esos animalillos» le reprochó su mente. «Un Togoposhki no sería la mejor idea…»
—Oye amigo, me dijiste que eras un… ¿vampiro? Entonces, ¿quieres decir que revoloteas y te tiras a chupar la sangre de lo que se te ponga en frente?
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
—Ah, ni en otro mundo se salva uno de los prejuicios —suspiró Tilde con un ademán dramático de su mano. Sin embargo no estaba molesto ni mucho menos. La gente era ignorante en todas partes, y además Myrrot le estaba agradando. —. Lo máximo que mis habilidades me permiten es saltar y escalar paredes, pero eso que se llama volar, en el sentido literal de la palabra, nunca. Sólo bebo sangre cuando lo necesito y puedo vivir sin ella hasta tres noches —recordó el golpe que se dio al aterrizar y una mueca se formó en sus labios. Había gastado buena parte de su última cena—. Dado que ya me he roto y recompuesto todos los huesos, parece que tendré que alimentarme pronto—mientras decía esto, evitaba deliberadamente mirar a su nuevo compañero y prefería fijar la vista en el cielo oscuro, estrellado, seguro por el momento—. En este mundo también hay sol, ¿no es cierto?
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
A Myrrot se le borró la sonrisa de golpe cuando el extraño habló sobre alimentarse. Por unos segundos tragó en seco, preguntándose si estaba frente a alguna bestia hambrienta. Le parecía sospechoso que Tilde de repente hubiese escogido no mirarlo cuando le dijo aquello.
—. En este mundo también hay sol, ¿no es cierto?
—Si; —fue la respuesta algo dudosa de Myrrot, pero inmediatamente su orgullo comenzó a retarlo.
«¿Vas a dejar que un vampiro te asuste? Le mostraste a una mantícora, con el riesgo de que se los comieran a ambos… ¿y ahora andas asustado? —Myrrot se rió de sí mismo para sus adentros —Déjate de charadas ¿quieres?»
—Bueno viejo, supongo que puedo ayudarte, pero no tengo idea si la sangre de un klowny te sentará bien en el estómago. —dijo con cierto dejo de broma. — ¿Tienes que beber demasiado o es sólo un poquito?
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
“Rayos” dijo Tilde para sus adentros al oír la respuesta. De modo que incluso ahí debería desaparecer para el cielo al amanecer. Por lo menos se consolaba la decepción al saber que ese momento no parecía cercano.
“Bueno viejo, supongo que puedo ayudarte, pero no tengo idea si la sangre de un klowny te sentará bien en el estómago.”
A estas palabras Tilde alzó una ceja en dirección de Myrrot, revelando no sólo la sorpresa de que se lo tomara tan tranquilamente, si no la intriga de que hablara en serio. De todos modos ¿quién no le decía que era una treta para que se confiara y lo cazara más fácilmente? Si era así, por simpático que fuera, le iba a costar caro el atrevimiento.
“¿Tienes que beber demasiado o es sólo un poquito?”
—Depende de la noche —repuso Tilde con naturalidad, buscando señales en el rostro de Myrrot que indicaran la mentira. Pero aparte de un ligero nerviosismo, no encontró motivos de alarma—. A veces bebo hasta matar a mi víctima, sólo por diversión, o puedo tomar un simple sorbo, tan sutil que ni siquiera se da cuenta. Dada mi situación, debería tomar más que un sorbo para reponer toda la energía echada en mi recuperación. No para matar pero sí para dejar al voluntario débil por un tiempo.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Vio la desconfianza en el semblante de Tilde, y la naturalidad con que le decía que podía beber hasta matar. Por un momento pensó “seguro exagera para ver si me asusto”, así que negó con la cabeza.
—Si no acabarás con mi vida, te puedo ayudar. Sólo te digo, no me dejes como inválido que ni pueda ir a buscarme un puto dulce en la nevera. —afirmó Myrrot, que aparte de morir, le aterraba estar débil y dependiente de otros. Tenía que ir a trabajar y al menos levantarse para hallar su comida. —A menos que accedas a ser mi enfermero personal, cosa que no me enojaría en lo absoluto. —dijo, alzando las manos y enlazándolas detrás de su cabeza, en gesto despreocupado.
Esta vez recuperó su sonrisa y parte de su preocupación se esfumó, sustituida por su afabilidad usual.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Si bien Tilde no era fan de confiar en las sonrisas, no pudo negar que la de Myrrot parecía ser lo suficientemente sincera para creerle. Se relajó. Todavía no confiaría en él, pero ¿a qué servía demostrarlo? Necesitaba comer. Su fuerza, aunque reducida, todavía era más que la de cuatro hombres y le sería útil en cualquier caso.
—Prometo no hacerte un grave daño —dijo finalmente, a sabiendas de que la palabra dicha en realidad no lo obligaba a nada—, si tú prometes no llevar a cabo ningún intento de hacerme daño a mí.
Sabía que prometerlo tampoco obligaba a nada a Myrrot, pero esperó su respuesta sin dejar de evaluar su reacción.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
A Myrrot le pareció perfectamente razonable lo que le dijo Tilde.
—Bueno, sígueme que voy camino a casa. No haremos eso aquí, a menos que quieras que nos huelan las mantícoras hambrientas y nos coman a los dos.
Dicho esto, se encaminó con el extraño alegremente, pero al mismo tiempo con cierta incertidumbre… ¿mordería como los murciélagos? ¿Tendría enormes dientes? ¿Le iría a doler mucho? Myrrot soportaba el dolor, pero más si éste era sexual. Al menos la lascivia actuaba como un delicioso analgésico.
Tras caminar unas cuantas cuadras de pequeñas casas estilo victoriano, llegaron a la pequeña casa de Myrrot, su hogar que le dejó su padrastro antes de que ambos se separaran.
—Bueno no es una súper mansión pero al menos tengo techo y comida —comentó Myrrot, haciéndose a un lado para dejar pasar a Tilde —. Ponte cómodo, viejo. Yo voy a tomarme un enorme vaso de Tokajo.
Con el vaso —era casi un jarrón— Myrrot tomó asiento frente a Tilde y le hizo un gesto de brindis.
—Salud, amigo.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
A Tilde le estaba entreteniendo la manera entusiasta con la que Myrrot se desenvolvía en la situación. Probablemente tenía sus propios miedos y dudas, pero el enorme orgullo que se cargaba le hacía saber que era imposible echarse hacia atrás. Sufrió la tentación de matarlo cuando clavara en él los colmillos, absorber hasta el último retazo de vida en su cuerpo y dedicarle una sonrisa maliciosa como despedida. A él, un sujeto lo suficientemente bueno para ofrecerle su cuello sin grandes reparos. El significado retorcido de justicia en tal hecho –los buenos siempre son últimos-, en semejante visión placentera, le daban ganas de sonreír de gusto por adelantado.
“Pero no lo harás, bribonzuelo” se dijo sabiendo que era verdad. Matar por matar era divertido, claro, pero sería la forma más estúpida de proceder tomando en cuenta que era todo un nuevo mundo lo que pisaba. Quién sabe qué clase de medidas se tomarían si se descubriese un asesinato por desangramiento. Quién sabe cuánta ventaja les daría tener magia. “De todos modos era un bonito plan”, afirmó para sí.
“Bueno no es una súper mansión pero al menos tengo techo y comida.”
Tilde examinó la fachada humilde.
—Es mucho mejor que otros lugares donde he estado —dictaminó con una sonrisa, pensando en las veces que se vio obligado a dormir en el suelo mientras el día se cernía sobre él.
Se mantuvo parado cerca de una pared mientras Myrrot se acomodaba a sus anchas. Tilde percibió que la bebida que sostenía lanzaba un aroma extremadamente dulzón, como algodón de azúcar convertida en líquido. Cantidades de dulzura semejante sería demasiado hasta para un niño. ¿Su sangre también sería así?
—Salud, amigo.
—Salud —dijo Tilde con una cortés sonrisa y se quedó mirando la manera en que la bebida pasaba por la garganta de Myrrot. Esta tenía también una manzana de Adán que se agitaba mientras tragaba.
Esperó hasta que su anfitrión hubiera tomado todo y fue entonces que se decidió a poner manos en la obra. En menos de un segundo, se posicionó entre las piernas de Myrrot con la vista clavada en su cuello. Con movimientos serenos adelantó un dedo y presionó sobre un costado. Comprobó entonces que el pulso era normal. Sintió una especie de chasquido en su paladar y abrió la boca para dejar al descubierto el par de colmillos nacidos de su deseo.
—No te preocupes, no te dolerá mucho —dijo y se acercó apoyando las manos sobre las rodillas de él, esparciendo una caricia que pretendía calmarlo. Aunque sabía que Myrrot no era como los patéticos seres que apenas oían la palabra vampiro y se echaban a temblar, todo lo que le presentaba igual podía causar impactos indeseables.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Tras beberse lo que parecía casi un tobo de tokajo, Myrrot se sintió agradablemente adormecido y muy bien. Esta bebida en particular lo relajaba y al mismo tiempo le daba fuerzas cuando estaba exhausto.
Sin embargo, cuando dejó el vaso a un lado, Tilde se le acercaba y se posaba entre sus piernas —que tuvo separadas despreocupadamente mientras bebía sin modal alguno—, y reparó en sus ojos, tan oscuros como los suyos propios, pero que en ellos se apreciaba un brillo que denotaba claramente que su nuevo amigo era un ser venido de quién sabrá donde… porque de Pokáar no, eso estaba clarísimo.
La piel se le erizó al sentir aquella suave presión en el costado de su cuello pálido, y muy pronto esa sensación se intensificó al ver a Tilde ostentando un par de enormes caninos, tal y como había imaginado mientras lo traía a la casa.
«Pero ya le dijiste, no pensarás retractarte, ¿o si? —se reprochó a sí mismo —Tu padrastro te enseñó a que una vez que aceptas hacer algo, o lo haces bien, o no lo haces jamás.»
—No te preocupes, no te dolerá mucho.
Oh por Korr, cuando alguien decía eso, era precisamente la antesala a un dolor inimaginable, como el que sintió cuando esos caninos se hundieron en su cuello. Fue un dolor particularmente fuerte al que no estaba habituado. Dolía tanto o más que el sexo mismo, aunque de otra manera.
Trató de mantener la calma, de mantenerse sereno y no empujar a Tilde lejos, ya que fue su primer reflejo apenas sintió la primera parte de esos gigantescos caninos hundirse en su piel. Sus manos azulosas aferraron la tela del sofá con mucha fuerza, hasta que se sintió débil y no pudo aferrar más la tela. En ese momento, apenas era consciente del cuerpo de Tilde contra el suyo, y los leves sonidos húmedos de la sangre que el otro succionaba con afán.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
No se había equivocado al suponer que sería demasiado dulce. Sin embargo, bajo ese aspecto, seguía siendo una sangre tan viva y deliciosa como la de un inocente. Tilde se perdió en el sabor intenso y los estremecimientos que recorrieron su cuerpo con intenso placer.
Percibía el dolor sufrido por su nuevo amigo pero reparaba en él lo mismo que en una abeja luchando contra su ventana; sentía que se retorcía y deseaba escaparse, pero ni aun deseándolo Tilde hubiera podido detenerse. Una vez desatada su sed era como destrozar una represa que contuviera un mar de fuego y éste se expandiera desde sus colmillos hasta cada rincón de su cuerpo, recibiendo un nuevo aliento de vida inmortal, electrizándolo. La única opción era quedarse ahí y beber, esperando que tuviera suficiente sin llegar a matarlo. Incluso mientras le hacía pasar tal agonía, Tilde apreció que Myrrot era un buen lo que sea.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Todo se le hizo borroso. De repente, su visión comenzó a fallar, pero aun podía oler, sentir y escuchar. Quizás por el fallo de la vista, los otros sentidos parecieron agudizarse para compensar.
Podía sentir a Tilde restregarse contra su fisonomía, pero bien sabía Myrrot que esos movimientos eran para sujetarlo, para asegurarse que no se escaparía. El “vampiro” —así dijo que se llamaba su raza— estaba más hambriento de lo que dio a entender, y se lo dejaba muy en claro con cada chupada en la herida que latía en su cuello.
Algo húmedo resbaló por su mejilla blanco-lilácea, pero Myrrot no le dio importancia. El dolor que electrizaba sus terminaciones nerviosas lo estaban distrayendo de cualquier otro estímulo. Sus largas orejas cayeron hacia atrás, y finalmente sus ojos —que había mantenido entreabiertos— se cerraron. En ese momento, de cinco sentidos, sólo tenía cuatro. La debilidad ya había calado suficiente para impedirle mantener los ojos abiertos.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Por un momento Tilde se visualizó como un pájaro. Día a día el pájaro, bajo un oscuro cielo se detenía al borde de una fuente y bebía. De ahí no se separaba hasta que se encontraba ahíto y volvía remontar huelo, la fuente un poco más ajada y él mucho más fuerte.
Esa fuente se estaba convirtiendo lentamente en el agua de la que bebía, pero seguía conservando la misma dulzura y su fuerza sólo iba en aumento. Las alas, delicadas porciones cubiertas de plumas, se volvían más firmes y como de acero, sin perder la suavidad de su peso en lo absoluto.
Sus patas eran casi garras que se sometían ante su voluntad. Volvía poco a poco a ser el monstruo alado, de pico asesino y ojos sanguinarios. Le encantó esa sensación. No quería que acabara nunca.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
A pesar de la inminente debilidad y del dolor de la herida en su cuello, Myrrot se obligó a abrir los ojos, en el preciso momento que Tilde se saboreaba la sangre. La vio roja brillante, corriendo por los labios del vampiro en unos delgados y mortíferos hilos.
Se quedó sin aliento ante aquella extraña visión, pero más sorprendente aún fue verse atrayendo el cuerpo de Tilde nuevamente hacia sí, y ladeando el cuello, justo donde estaba la herida. Gimió con algo de placer al sentir nuevamente los labios de ese ser succionar la piel, en busca de más de sus fluidos vitales.
«¿Qué se supone que estoy haciendo?, —pensó Myrrot —Sólo voy a ayudarlo… sólo voy a…»
Su entrepierna pareció reaccionar ante el roce de los cuerpos. Myrrot la sentía rozar contra la de Tilde. La súbita excitación que estremecía al klowny hizo que otro grueso hilo de sangre brotara por la herida, casi como si sangrara por el placer que sentía, a pesar del dolor.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
De repente, Tilde sintió que algo saltaba a su boca. La lengua vibró deseosa al tocarlo, comprobando que era más sangre. Parpadeó confundido porque estaba seguro de que Myrrot no se había movido. En ese momento de vacilación, también se percató de lo que estaba haciendo y retrocedió. Myrrot tenía los ojos cerrados con placidez, y aun así, finas gotas de sudor se deslizaban por su rostro y parecía hacer grandes esfuerzos para controlar su respiración.
Sintiendo además la presión cercana a su pierna, bajó la vista y encontró, para su sorpresa, una potente erección bastante próxima a la suya. Esto no resultaba tan extraño. El poder de la sangre era el mayor afrodisíaco para cualquier vampiro y en el umbral de la muerte ¿qué espíritu podía negar haberse sentido excitado? Rodeó el miembro de Myrrot con mano grácil, sólo tanteando el peso, la anchura y la fiebre de la que era presa.
“Nada mal”, determinó con una sonrisa. Bajó los pantalones chillones y descubrió la punta erecta, tan grisácea como todo en él.
—¿Tanto te gusta el dolor, mi querido amigo? —susurró, comenzando un lento vaivén con su mano, lanzando lametones golosos a la herida abierta. Se imaginó la escena, dedicarle un último orgasmo a tan buen samaritano, y sintió que podría delirar de placer —. Puedo hacer que todo se triplique o que acabe en un segundo. ¿Qué prefieres, Myrrot?
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
El gemido escapó de su boca apenas Tilde acarició su erección. A pesar de la debilidad, no pudo evitar que lo recorriese un leve estremecimiento de deleite, no solamente por esas deliciosas caricias, sino también por esos lengüetazos obscenos que le daban. Justo por encima de los cómicos círculos rosas que adornaban sus mejillas asomaron dos manchas coloradas que contrastaron con la palidez general típica de los klownys.
—¿Tanto te gusta el dolor, mi querido amigo? Puedo hacer que todo se triplique o que acabe en un segundo. ¿Qué prefieres, Myrrot?
Quiso responderle que sí, que le encantaba el dolor —tal vez sería esa la razón por la cual había accedido a dejarse morder pero eso era algo que ni el mismo Myrrot lo sabía— y todo eso, pero por Korr, apenas alcanzaba a gemirle cosas ininteligibles. Tuvo que hacer mucho esfuerzo para balbucearle lo siguiente:
—Más… fuerte.
De repente, un pensamiento fugaz pasó por su mente; ¿y si moría? ¿Y si el vampiro lo mataba? Aquella posibilidad estremeció fuertemente a Myrrot, pero recordó dos cosas: él era demasiada mala hierba como para morir, y por otro lado, el vampiro le prometió que no lo mataría.
«Además, no puedo irme del mundo sin darle la patada en el culo a Pierrot; —pensó Myrrot, sonriendo para sus adentros —así que nada, a morir otro día…»
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Tilde no pudo contenerse una risa. Humano o no, siempre había quien vendería su alma por la posibilidad de regodearse en su deseo. Tilde los había visto todo: mutilaciones, desangramientos, latigazos, golpes con las paredes, dentelladas. Sólo un poco más de pasión, un poco más de vida en lo que tienen entre las piernas y nada más importaba. ¿Qué haría él ahora? ¿Le daría el gusto, a pesar de que estaba al borde del abismo, o…? Sí, esa es una mejor opción. Tilde se apartó del otro, resignado a su decisión.
—Si sigo con esto voy a acabar con tu vida —dijo a la mirada afiebrada de Myrrot. Esbozó un gesto de irritación torciendo la nariz—. Lo sé, querido, es frustrante pero de verdad no me interesa convertirte en alguien como yo o descubrir con cuánta saña se trata a los asesinatos en tu mundo.
Diciendo esto, salió del regazo del otro, donde casi se había apoyado y se llevó un dedo a la boca. Presionó contra uno de sus colmillos hasta perforó la piel y entonces llevó la herida hasta la de Myrrot. Seguro de sí, aplicó la sangre tomada y vio con satisfacción cómo la piel grisácea volvía a su estado anterior. Chocó las palmas una contra otra como si hubiera realizado un buen trabajo y se estiró. Ahora sí se sentía renovado.
De repente, tomó conciencia de que se estaba olvidando de algo y, girándose hacia su nuevo amigo, lo tomó del miembro.
—Toma esto como una muestra de mi agradecimiento —le dijo sonriendo y su mano resbaló por la superficie ardiente de su piel, de arriba abajo, disfrutando de la sensación de tenerlo tan enclenque en sus manos. Le dio un beso; sus labios todavía estaban manchados de sangre y le recorrió un estremecimiento al advertir como la saliva de Myrrot y su propia sangre se entremezclaban.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Todo transcurrió rápidamente, quizás, demasiado rápido, y por ende, algo frustrante para Myrrot. Esperaba algo más fuerte, pero tal vez era como Tilde decía. Además, había sido fiel a su palabra: no le había hecho más daño del previsto.
Pero por Korr, qué intenso había sido aquello. Por un momento se había sentido realmente indefenso y a merced de otro, experimentando el dolor de una nueva manera. Había sido toda una experiencia que lo había dejado sin aliento… y sin fuerzas, porque aún se sentía bastante débil, más no inválido.
Súbitamente el sabor dulzonamente metálico en sus labios lo despertó; Tilde ahora lo besaba, y no fue sino hasta que lo vio a los ojos que reparó que el nuevo sabor se debía a los remanentes de sangre que quedaron en los labios del vampiro, quien ahora se veía satisfecho. Se le notaba claramente en sus ojos.
—El mío con sirope de fresa, por favor—atinó a decir, alzando un dedo. Dicho esto, volvió a atraer a Tilde contra sí, deseoso de sentirlo otra vez. Sonrió débilmente y le susurró con voz algo ronca:
—Fóllame. Aunque me arrebataste medio galón de sangre, te mentiría si te digo que no me gustó.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
“El mío con sirope de fresa, por favor”
Tilde arqueó una ceja por la frase incoherente, sin dejar de divertirse por ella. ¿Ahora estaba delirando por el agotamiento?
Sin embargo, delirando o no le gustó la propuesta que le ofrecía. Como muestra de su aprobación, se acomodó suavemente a horcajadas sobre Myrrot y le rodeó por el cuello. El aroma de la excitación sexual le hacía placenteras cosquillas en la nariz.
—Querido, no puedes mantenerte en pie ni deseándolo —remarcó cortésmente y restregó un poco su entrepierna contra el vivo alzamiento en la de Myrrot—. Y a mí nunca me gustaron los juegos suaves. ¿Aun así quieres intentarlo?
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
—No hay nada que un poco de azúcar no pueda arreglar —dijo Myrrot, con una sonrisa taimada. Chasqueó uno de sus dedos y detrás de Tilde apareció un clon. —. Anda, cariño, ve a buscarme un jarrón de tokajo.
Sonrió, y el clon por reflejo lo hizo también. Fue a la cocina y regresó con otro vaso enorme de tokajo. Sin embargo, justo a tiempo se lo dio, porque su solidez se disipó un poco, como un holograma que funcionara mal. Era de esperarse, pues Myrrot estaba débil y no podía generar clones que fuesen muy sólidos.
—Salud de nuevo, amigo. —le dijo, sosteniendo el vaso con una mano temblorosa. Rápidamente comenzó a beber la dulzona sustancia hasta que quedó saciado, y sintiéndose muchísimo mejor, al menos mucho mejor que hace un momento, eso sí.
—Ah, esto está mejor…— se secó obscenamente la boca con el dorso de la mano, pero fue un gesto que hizo totalmente adrede —. Ops, espero que no te importe que tu samaritano tenga modales de camionero.
No se sentía al cien por cien, pero estaba mucho mejor, y así no daría pena y vergüenza con una debilidad fastidiosa. Acercó el cuerpo de Tilde hasta el suyo y le susurró:
—A mi me encanta lo rudo ¿sabías? Y todo aquello amoral.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
La aparición repentina del doble de Myrrot representó un sobresalto para Tilde. Observó al clon alejarse casi como si quisiera que se desvaneciera en el aire, pero no lo hizo. A pesar de lo débil que estaba y el dolor que le hizo pasar, Myrrot siempre pudo atacarlo por la espalda usando un doble. Podría haberle golpeado sin problemas puesto que al beber la sangre sólo permanecía ese íntimo contacto con la vida y la muerte, y el resto del mundo apenas era un decorado insignificante.
Comprendió entonces en lo mucho que Myrrot había confiado en él. No sólo permitiéndole entrar en su hogar y ofrecerle su sangre, si no poniendo su vida en sus colmillos.
—Ah, querido, pudiste haberme matado sin problema en cualquier momento —dijo con una sonrisa, palmeando la mejilla macilenta de su compañero—. Supongo que estamos a mano.
Esperó a que la bebida llegara hasta Myrrot y éste la bebiera. En los últimos momentos del clon se evidenció la poca fuerza que le quedaba a su creador. Comenzó a sentirse fascinado por las maneras rudas de Myrrot, totalmente opuestas a las que conoció en a tiempos mejores y a la vez absurdamente familiar puesto que eran las mismas que compartían tantos jóvenes.
Debía admitir que le estaban agradando; las manos anchas y confiadas, firmes pese a todo. ¿Se asiría así también si estuviera al borde de la muerte? ¿O esa sería su muerte, follar o no follar?
—Entonces, mi querido, estás de suerte —expresó tocando su nariz como dándole la razón—. Yo perdí la moral hace 200 años.
Y tomando dos extremos de la camiseta colorida, Tilde tiró de las ropas hasta dejar al descubierto el pecho fornido, totalmente lampiño, de tonalidad azulada. La mano de la izquierda tironeó del cabello en su nuca bruscamente, obligando al ser a mirarlo de frente mientras Tilde se acomodaba mejor sobre él. Gimió por lo bajo, estremeciéndose, sintiendo que unos instintos no muy diferentes a los de la supervivencia crecían en él. Los colmillos volvían a asomarse.
—Esperemos que no tengas que arrepentirte.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
— ¿Matarte? —preguntó Myrrot, sorprendido con lo que le decían. Realmente nunca se le pasó por la cabeza atacar o matar. El podía ser muy chocante, bocón, amoral y todo eso, pero nunca un asesino. —Para nada, me dijiste que no te atacara y pues, quedamos así… ¿qué esperabas tú que hiciera?
Miró a su clon, que aún sonreía desvanecidamente, a la espera de la próxima orden. Myrrot chasqueó los dedos y su duplicado desapareció, dejando tan solo un leve rastro de su sonrisa. Luego se volvió a Tilde, quien le tocaba la nariz, gesto que recibió con una sonrisa.
—Entonces, mi querido, estás de suerte. Yo perdí la moral hace 200 años.
—Eso me parece fantástico, porque ya yo estoy cansadito de la moralidad imperante por acá. —contestó Myrrot.
En ese momento, Tilde le alzaba la camisa, y luego lo obligaba a hacer contacto visual directo. Myrrot pudo apreciar lo dorado de sus ojos cargados de deseo, y además los enormes colmillos que volvían a brotar mágicamente de una dentadura blanca y aparentemente normal. Al Joker se le erizó la piel y un corrientazo de calor recorrió sus muslos, directo a su miembro, endureciéndolo otro poco más —si aquello era posible, claro está— y haciéndolo estremecerse.
—Esperemos que no tengas que arrepentirte.
—No lo creo…— susurró Myrrot, aun mirándolo a los ojos; no podía despegar su mirada de aquellas pupilas cargadas de destellos dorados. Apenas fue consciente de sus manos, que acariciaban el trasero de Tilde, cubierto todavía por sus pantalones. Por Korr, era frondoso aun por encima de la tela.
—Tómame.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Definitivamente Tilde se podía acostumbrar a los toqueteos de Myrrot y procuró disfrutar de ellos un momento, restregando sus entrepiernas conjuntamente. Soltó el primer botón de sus pantalones y la cremallera bajó con un siseo. Hace más de 50 años no usaba ropa interior. Su sexo se erguía en toda su potencia entre incontables vellos oscuros que brillaban como seda a la luz del cuarto.
Con mano diestra lo rodeó y se dedicó unos cuantos tirones bruscos para propiciar el estado deseado. Llegado a él se levantó del sofá, debiendo romper las caricias de Myrrot y empezó a desprender a éste de los pantalones de payaso. Al vislumbrar la prenda última, una ropa interior blanca notablemente abultada, Tilde se relamió pensando en la sangre que podría salir disparada de ahí. Un cuadro hermoso. Una gran flor roja decorando la entrepierna de Myrrot y la expresión de éste, alcoholizada de placer.
—Eres una fuente de lo más preciosa, mi amigo —dijo dejándole desnudo. La erección de Myrrot poseía toda la gloria de una columna romana y las venas sobresalientes hablaban de una potencia oculta.
Se arrodilló ante él, aspirando profundamente su aroma a excitación masculina mientras sus uñas empezaron a describir líneas enrojecidas en los muslos. Rodeó la punta del miembro y comenzó a darle pequeños piques con los colmillos, sintiéndose hervir por cada rincón de su cuerpo. Permitió que las uñas, sólo cuatro en cada mano, se clavaran profundamente en él.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Se quedó atontado al observar el miembro de Tilde, coronado por unos brillantes ¿pelos? No pudo ocultar una leve sorpresa al ver que tenía vello allí, siendo los klownys unos seres lampiños totalmente. Pero eso de ninguna manera impidió que Myrrot lo encontrara excitante y provocador, no señor. Además, aquel miembro parecía incitarlo a envolverlo en su boca, a complacerse con su grosor.
De un momento a otro, se vio desnudo frente a Tilde; bueno, aquello era inevitable, y no es que Myrrot anduviera con complejos de Jokercito virgen y puro. Hacía años que los había dejado, o tal vez nunca los tuvo.
Cuando se sentó, y Tilde se arrodilló para hacerle lo que prometía ser una excelente mamada, un corrientazo de dolor recorrió a Myrrot. El klowny bajó la mirada y se consiguió con sus muslos arañados, con unas líneas rojas grotescamente definidas… demasiado, en realidad.
Cerró los ojos y se dejó llevar, a pesar del ardor en sus piernas. Podía sentir los dientes de Tilde jugueteando en la punta de su erección, causando que Myrrot se sobresaltara con un gemido de deleite… hasta que las uñas del vampiro se hundieron en su carne, haciéndolo gritar de dolor. Pero en ningún momento ninguno de estos estímulos fuertes impidió que la erección de Myrrot siguiese engrosándose.
Le gustaba, sí, para qué negarlo, por Korr. Myrrot no era ningún maldito hipócrita. Bien Pierrot podría presumirse correcto y muy justo, pero eso, a los ojos de Myrrot, era sólo hipocresía.
«Va a morderme allí… lo leo en sus ojos.» pensó el klowny, revolviéndose de placer ante el pensamiento. De repente conjuró la sangre brotando por su miembro, corriendo y alimentando al vampiro… o en todo caso, haciéndola de postre.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Los espasmos del miembro de Myrriot confirmaron la idea de que era un masoquista consumado. Esto alteró los nervios de su propia erección porque causar tanto dolor como placer era una de las paradojas más deliciosas que Tilde concebía.
Lamió sin la menor delicadeza las frágiles gotitas escarlatas que sus colmillos habían arrancado, tragándolas junto a líquido pre-seminal, pero sin la menor intención de ir más lejos. Aunque dudaba que Myrrot le pusiera reparos a un aperitivo más amplio, tanta pérdida de sangre inevitablemente lo conduciría a una disminución de energía que bien podría utilizar para otras cosas. Para satisfacerlo a él, por ejemplo.
De modo que, abandonando el dar uso a sus colmillos, al menos de momento, surgió de entre la entrepierna tomada para apropiarse de la boca sedienta de lujuria. Estaba controlando sus instintos para que su dentadura volviera a su forma original.
Con su fuerza renovada por el palpitar de sangre nueva en su pecho, forzó a las piernas de Myrrot subirse a sus hombros, aprestándose para el desenlace. Acarició con los dedos las delgadas franjas que le había dejado y se preguntó cuánto tardarían en desaparecer para siempre. Observó las profundidades de los ojos de Myrrot, cuya mirada podría compararse con una olla hirviendo de tan nublada lucidez, y le enterneció su entrega completa por un momento.
Tanto que creyó sonreír, aunque luego no estaría seguro. Y lo penetró.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Como un huracán, así se le abalanzaba Tilde; antes estaba disfrutando el arañar sus piernas, y finalmente devoraba la boca con sobre-klownesco frenesí. Myrrot, aunque estaba débil, se mantuvo firme para no dejarse avasallar en demasía por la criatura que hace un momento estaba alimentándose de él y que ahora disfrutaba de su cuerpo a placer. Mientras lo besaba, el filo de los enormes colmillos cortaron un poco su lengua, diseminando un bizarro sabor entre salado y dulce.
«Sangre…— pensó Myrrot —Es sangre mía…»
Pero estaba más que seguro que Tilde estaba disfrutando del leve sabor a sangre, podía verlo en sus ojos dorados cargados de placer. No obstante, de un momento a otro, los colmillos dejaron de sentirse, a la par que sentía sus piernas ser subidas a los anchos hombros del vampiro. Fue entonces cuando Myrrot supo qué venía, y esbozó una débil pero evidente mueca de lascivia mal disimulada… hasta que al fin lo sintió en su cuerpo, provocando que su pálida espalda comenzara a desmoronarse entre olas de calor y chispazos de electricidad.
Tilde embestía con fuerza, demasiada fuerza. A Myrrot le costaba mantenerse frente a tanto ímpetu, frente a tanta violencia. Además de contar con un tamaño nada despreciable, el vampiro sabía emplear bien su sexo para dar placer. Bien que lo sabía, sino que Myrrot lo confirmara, con la frente sudorosa, el rostro más pálido de lo normal, cuyos únicos adornos eran sus manchas redondas de Joker, y encima de ellas, un intenso sonrojo lascivo.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
El mar portentoso con sus olas presumidas no podían compararse a eso. Entre el alocado calor naciente de todos lados, Tilde mantenía la conciencia sobre cada cosa que sucedía: el gemido retumbando en sus oídos, el estremecimiento del cuerpo ajeno, la delicada sangre de las heridas en aquella boca, aunque ignoraba la potencia de su propia pasión incontenible.
Era una imitación de engullir una vida entera y sentirla desaparecer a través de su garganta, pero respondía a la misma necesidad egoísta que de igual modo no corresponde a los humanos, si no a los animales. Animales de criptas, de cuevas, de montañas desde donde celebran su devoción a la carne, mancillándola, haciéndola cuya a cualquier ente presente.
Presente en un más allá de ellos mismos, demasiado egoísta para explicarse, y tan ineludible como el tiempo. Parecía que ese ente no desaparecía aun en dimensiones remotas. El pobre infeliz estaba demasiado desesperado por dejarse sentir. ¡Pues que lo haga el maldito!
Tilde no se quejaba. Y algo en los suspiros bajitos de Myrrot le decían que él tampoco.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Por una fracción de segundos, Myrrot se sintió desvanecerse en un bizarro y ardiente mar de sensaciones intensas nunca antes sentidas. Desde el primer momento en que el vampiro le había hundido los dientes en el cuello hasta ahorita, nada para Myrrot pareció tener coherencia ni sentido.
Un momento ¿acaso todo esto tenía sentido? Eso Myrrot no lo sabía, como tampoco sabía si mañana estaría vivo para asistir a la horda. Tampoco sabía qué sucedería si esto se prolongaba, si ambos perdían noción del tiempo, y alguien los encontrara, aun pegados el uno al otro. No, nada de eso tenía sentido ni importancia para Myrrot.
A él sólo le importaba volver a engullir la suculenta medida entre las piernas de Tilde; de volver a sentir aquellos dientes hundirse en su carne y erizar sus poros en su blancuzca piel; de sentir a aquel ser alimentándose a costilla suya, jugueteando con el placer que le provocaba mientras se saciaba; y al diablo todo lo demás. El mundo, con su moral, finura e hipocresía, era demasiado asfixiante para alguien dañado por esos valores retorcidos pero al parecer tan apreciados.
— ¡Más, Tilde! —le suplicaba entre jadeos ahogados y algo débiles — ¡Dame con todo!
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Apenas entendía las palabras de Myrrot en medio de su locura carnal pero la intención oculta tras ellas, sumada a la respiración forzosa, el aliento caliente, no podría haber sido más clara. Le ordenaba más.
Se echó a reír sin tener idea de por qué exactamente. Lo que sí es que se sentía bien ese dominio sobre otro, establecer a plena voluntad la diferencia entre una lágrima de desolación y la lágrima de un placer tan loco que no conoce de fronteras.
También era divertido jugar a ver cuánto resistía el cuerpo de ese curioso ser y sólo recibir sus exclamaciones de gozo.
Aumentó la potencia sintiendo como si el orgasmo ya le hubiera llegado el choque de su entrepierna contra el trasero de Myrrot, que lo recibía goloso en medio de sus carnes excitadas.
Ladeando la cabeza Tilde agarró la pantorrilla que pesaba sobre su hombro y le dio unos mordiscos bruscos utilizando sólo los incisivos, lejos de los colmillos. Lamió y propagó más marcas rojas por toda la piel que alcanzaba mientras elevaba la otra mano.
Cuando logró fijar la mirada en la de Myrrot, le dio una sonrisa casi burlona, por completo maliciosa, y le propinó una potente nalgada en el muslo. Le encantó el sonido al momento del choque e inundara sus sienes, le encantó el ardor de la piel antes de dar el siguiente.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
La risotada de Tilde le tomó totalmente desprevenido; a duras penas observó al vampiro con los ojos ardientes, pero entrecerrados y casi nublados. Luego de eso, sólo fue muy consciente de los mordiscos que le clavaba el vampiro, y aunque no le rompió, estuvo muy, pero que muy cerca de ello.
—Pero bueno, viejo, me encanta y todo, pero no puedo evitar preguntarme si por casualidad sigo pareciéndote un plato de comida. —comentó Myrrot, con voz algo débil y jadeante —Tal vez un suculento pedazo de chocolate blanco.
No bien hubo terminado de comentar aquello, sus ojos marrones ardientes se enfrentaron a los dorados de Tilde, y vio como le daba una mueca de esas de malicia y diversión. Iba a corresponderla con una muy suya, pero la nalgada que recibió a continuación fue demasiado deliciosa como para pensar en otra cosa. Recibió varias, todas crujiendo, enviando corrientazos de electricidad por su piel, y dejándole en cambio un ardor que en este estado, Myrrot concebía como placentero.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Sólo después de un rato Tilde recordó lo que Myrrot dijo y la risa acudió a su boca antes de que tuviera conciencia de ella. Su resistencia al ejercicio era mayor que la de los mortales y por eso no necesitaba jadear en medio del acto.
—Pero si nunca te has visto más apetitoso que ahora, mi amigo —dijo con deleite y volvió a reírse, pensando que acababa de decir toda la verdad del momento. Con sus mejillas al rojo vivo, el sudor, sus olores de pasión y la mirada turbia por la bruma del sexo Myrrot ofrecía un espectáculo de lo más encantador. Creer que la sangre salida de él era una responsable de su vigor le agregaba un toque macabramente divertido.
Antes de que lo hubiera pensado, su mano se extendió hacia la cabellera de Myrrot y tironeó de ella hacia arriba, adhiriéndose con la fuerza de sus cinco dedos. Se acercó a la puntiaguda oreja y mordisqueó el lóbulo con uno de los colmillos, para luego recoger ávidamente las minúsculas porciones de sangre expulsadas.
El dulce sabor casi le picaba en la lengua acostumbrada al vino rojo de la vida.
—De verdad, querido —le susurró mientras tanto—, sería un placer comerte vivo.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Vaya, Tilde en definitiva habría sido un excelente Joker, dada su manía de tomarse a jocosidad todo. Una extensión falsa en sus orejas, y presto, pasaría por cualquier Joker. Sonrió ante lo divertido de esta perspectiva, pero que ciertamente tendría que considerar, si es que Tilde pensaba tener vida social en Pokáar.
Aún así, por ahora eso no importaba. Ya tendría tiempo de discutirlo, tan pronto terminaran su dolorosa pero placentera faena corporal.
En cierto momento, Tilde volvía a tirar de sus cabellos —si esto seguía así, se tendría que comprar una cabellera nueva— y se le abalanzaba; por un momento, Myrrot creyó que iba a saciarse, pero sólo sintió la punzada en su oreja, seguida del hilo de sangre que resbaló y que Tilde atrapaba sin vacilar. El klowny sólo exhaló un suspiro de dolorido deleite, pero la sensación del orgasmo ya le empezaba a golpear la puerta.
—No te detengas ahora, Tilde…— le dijo con cierto dejo suplicante.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
¿Había otra opción, Myrrot? Tilde no habría podido detenerse siquiera deseándolo. Ahora que había encontrado un juego tan divertido —del dolor, del placer, de los golpes, del mando en sus manos—, ¿qué clase de idiota sería si lo dejara?
“Uno muy desgraciado” se respondió y continuó golpeando en el interior de Myrrot casi con enfado pero sintiendo los labios estirados hacia arriba. No se desinhibía en ese momento y el rudo contacto habría hecho suplicar para detenerse a cuerpos más frágiles.
Por lo visto, además del color peculiar y las graciosas orejas, la raza de Myrrot era más fuerte que la de los humanos. Qué linda perspectiva.
Aferró los brazos del asiento donde estaba su objeto y dejó salir toda la furia, la excitación y la potencia que sólo tantos años de vida en un cuerpo que nunca envejece puede dar.
Como caballos corriendo con el viento, como flechas audaces, como el agua azotando al fondo de una cascada. En ese momento se dijo que no le importaría repetir todo eso y la idea de quedarse para hacerlo le pareció la más sensata y lógica.
¡Qué divertido era todo eso!
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Definitivamente, Myrrot había pasado una buena noche, aunque no por ello un poco extraña también. Primero se había rendido a ese ser, le había servido de alimento por voluntad propia, y finalmente compartía las dichas carnales con él de una forma que Myrrot no había experimentado jamás.
No era que se sintiera como nena virgen siendo desflorada, pero le invadía una especie de lasciva euforia. Él, un klowny bocón y considerado como una vergüenza debido a su mal vocabulario, había encontrado a una criatura de Korr sabía donde, y curiosamente, le había agradado mucho.
Se aferró a los hombros de Tilde y hundió en ellos sus escasas uñas que apenas lastimaban. Cerró los ojos y dejó que el orgasmo lo invadiera, se lo llevara, como los vientos se llevaban árboles y casas cuando arrasaban enfurecidos. Apenas fue consciente de la cálida liquidez brotando de su miembro, brotando en chorros que resbalaban cálidos sobre los rasguños en su miembro. Myrrot siseó por el ardor, pero no pudo hacer nada para evitarlo, sólo observar como el esperma seguía punzando su miembro a causa de su calor.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Tilde entendió el momento en que Myrrot acababa gracias al olor dulzón de su esencia que impregnó el aire de una forma más concluyente que hasta el momento. Aspiró profundamente y exhaló un suspiro al percatarse del estrujamiento del que su miembro se hizo presa en Myrrot. Para él también el momento estaba cerca pero aun faltaba. Tomó el cuerpo ahora fláccido de Myrrot contra su pecho y lo sostuvo desde el trasero para seguir sus estocadas.
El esfuerzo estaba sacando gotas de sudor de su frente y los primeros gemidos, y cuando acabó el ataque del éxtasis se extendió por todo su cuerpo como un látigo eléctrico. Se sentó en el asiento empapado del calor de Myrrot con éste en su regazo, abrazándole la espalda, recuperando el aliento perdido.
Suceso raro en el que se hallaba. Una nueva dimensión, una sangre igual de dulce al azúcar y el cuerpo entregado, saciado y pálido de una criatura nunca antes concebida. Sabía que la inmortalidad acabaría por volverlo loco. ¿Eso era lo que le esperaba cuando abandonara el raciocinio su cabeza? No parecía tan malo.
—Es un mundo loco, su Señoría —dijo a su propia mente y le resultó divertido el que ése ya no era su mundo y quizá, si tenía suerte, los niveles de locura también habían cambiado. Tal vez se lo preguntara a Myrrot cuando hallara el momento y entonces se entretendría sobrepasando esos límites, a ver si podía hacerlo.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Fue tan… extraño, el sentirse “sostenido” de aquella forma. El vampiro lo agarraba por su cuerpo que parecía gritar “¡BASTA!”, y finalmente derramaba su esencia en su interior. Myrrot exhaló un débil gemido de placer para indicarle al otro que había disfrutado hasta el último minuto.
Permaneció en silencio durante minutos que parecieron eternos, consciente de que Tilde seguía a su lado.
—Es un mundo loco, su Señoría.
—Oh si, viejo, no lo dudes. —afirmó Myrrot, abriendo los ojos finalmente. Aún el cuerpo le dolía, las heridas tardarían un poco en cerrar, pero sabía que no sería mucho. —Loco porque solamente un mundo así dejaría entrar a una criatura tan singular como tú.
Chasqueó los dedos y un clon apareció, pero se veía dolorosamente transparente. Diablos, tenía que recobrarse pronto, no quería verse dependiendo de nadie, ni siquiera de Tilde.
—Ah, desaparece, cariñito. —dijo al clon, chasqueando nuevamente los dedos, haciéndolo desvanecerse —Oye viejo, no quiero parecer cortés con eso de que me sirven en mi propia casa, pero lamentablemente mis duplicados no son nada sólidos… ¿podrías traerme un poco más de tokajo? Es una bebida medio verdosa.
Miró a Tilde apreciativamente, de arriba a abajo, y declaró con firmeza:
—Tendremos que hacer algo con tus orejas. Así podrás pasar por un klowny.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
“Oh si, viejo, no lo dudes”
Tilde arqueó una ceja, sorprendido. No había esperado ninguna respuesta del otro, hasta creyó que se dormiría de inmediato después del orgasmo.
“Loco porque solamente un mundo así dejaría entrar a una criatura tan singular como tú.”
No se podía discutir algo tan cierto.
La aparición del clon ya no le tomó por sorpresa, aunque si se asombró que éste fuera apenas el bosquejo borroso de su creador. Al poco rato desapareció y Myrrot realizó su pedido. Asintió con la cabeza anotando mentalmente la característica de la bebida, todavía pensando que Myrrot podía considerarse afortunado de no ser humano. Todo lo que tomó de él más la intensa actividad de unos momentos habría dejado acabado a cualquier otro.
“Así podrás pasar por un klowny”
—Sería lo más sensato mientras permanezca aquí —concordó Tilde y apartó el cuerpo de Myrrot para ir a por la bebida sin molestarse en recoger su ropa. No había motivo si nadie más estaba en la casa y sería ridículo guardar esa clase de reservas con Myrrot después de lo sucedido.
Al lado del lavabo encontró una botella llena de lo que tal vez fuera tokajo. Tilde se la acercó para olfatearla y de inmediato la alejó, ligeramente asqueado del potente dulzón que invadió su nariz. Le recordaba a todos los dulces que había probado con la sangre de sus víctimas unidos en un mismo sitio.
“La pesadilla de un diabético”, opinó mentalmente volviendo a la sala, y al ver que Myrrot no negaba con la cabeza, dejó la bebida en su mano.
—Supongo que no hay necesidad de decir que espero que esto no se vuelva costumbre.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
—Supongo que no hay necesidad de decir que espero que esto no se vuelva costumbre.
Myrrot le hizo un gesto de “no fastidies, hombre” con la mano y bebió con su usual falta de modales.
—Oye viejo, a mi me emputa tener que depender de alguien, —dijo el klowny, cuando terminó de beber —, me caga y me repatea la madre y el padre tener que pedir favorcitos, así seas alguien que me agrada.
Bebió otro sorbo de Tokajo y se relamió; maldita bebida, lo hacía sentir de maravilla.
—De modo que despreocúpate. Myrrot no pide favores a nadie. —se recostó del sillón, aun con el vaso helado en la mano —En un santiamén estaré como nuevo y podré duplicarme en cien mil “yos” para hacer todas las tareas.
Cuando se terminó la bebida, volvió a mirar largamente a Tilde y soltó una risita.
— ¿Qué me ves tanto? ¿Te parece raro que alguien te diga esto? —volvió a soltar otra risita —Bueno ya dejémoslo de ese tamaño, viejo, que no quiero pelear. La cogida fue de maravilla y no vamos a cagarla con pendejadas.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
—Por el contrario —repuso Tilde divertido, recostándose en un sillón cercano—, me estoy asombrando de lo mucho que te pareces a los encantadores jóvenes de mi mundo. Suelen ser mis favoritos a la hora de cazar precisamente por ese temperamento suyo que no les deja doblegarse ante nadie, a veces ni siquiera a la muerte —le dio una sonrisa burlona no falta de cierto afecto —. Bien, ya que por ahora seré tu huésped, ¿hay algo que deba saber para no meter la pata? Matar en lugares públicos y mostrar los colmillos a todo mundo ya es sabido que es mala idea.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Myrrot se le quedó mirando y luego estalló en una carcajada tan abrupta que casi se volcaba encima los restos de tokajo en su vaso.
—Claro, hombre, no vas a espantar a media aldea Trump con esa dentadura tan especial que te cargas. —Dijo Myrrot, imaginando la cara de los demás klownys al ver semejante espectáculo —Aunque pensándolo mejor…
Se calló por un momento, y luego dijo:
— ¿Qué te parece si te llevo a donde un amigo mío que hace prótesis mágicas? Puedo inventarle un cuento que eres un klowny, pero que naciste con orejas atrofiadas. —soltó una risita ante la expresión del vampiro —Claro, y así se tragan el cuento y te hace la prótesis.
Se levantó, pero carajo ¡estuvo a punto de irse de nariz contra el suelo! Maldita sea, aun no estaba del todo repuesto, pero con un poco de esfuerzo, podía enderezarse bien.
—Vente pa’ mi cuarto, te voy a pasar unas ropas que pueden servirte. —aferrándose del pasamanos, subió las escaleras lentamente hasta llegar a su habitación; una vez ahí, comenzó a revisar su armario y a sacar diversos atuendos de Joker.
— ¿Cuál te gusta más?
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
“Esto debe ser un chiste” pensó Tilde evaluando las prendas que Myrrot le enseñaba. Todas eran demasiado coloridas y estrafalarias para su gusto. Aunque recordando la ropa que Myrrot llevaba cuando lo conoció no tenía por qué sorprenderse.
—No quiero parecer un malagradecido, Myrrot —recogió una camisa especialmente absurda, una roja con motas multicolores, y se preguntó qué clase de entidad bizarra pudo crear un mundo donde eso se usaba todos los días. No obstante su desagrado, permaneció con el rostro inexpresivo ya que realmente no deseaba ofender al otro—, pero me pregunto si no tienes algo más… —“menos circense”— oscuro. Estoy habituado al negro.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Myrrot rodó los ojos y se desplomó en la cama, visiblemente cansado.
—Oye viejo, soy un Joker, y tengo que usar ropas coloridas; ¿qué mas esperabas? —exhaló un suspiro de cansancio y señaló una prenda negra aparentemente elegante. Dentro de ella, había una camisa que parecía de seda, blanca. Demasiado sobrio. —Usa ese conjunto, entonces… pero te advierto que es para funerales, pero como a ti te gusta el negro, pues te vendrá de perlas.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
—Perfecto —aprobó Tilde yendo a por la ropa que señalara Myrrot.
La tela suave se deslizaba entre sus dedos curiosos y poseía un ligero aroma a encierro, dando a entender que desde hace años no sucedía un funeral que lo requiriera. Se embriagó de ese olor; le recordaba a mazmorras, a dormir bajo la tierra. Se la probó enseguida y ante el único espejo de cuerpo entero admiró cómo enmarcaba su silueta delgada y resaltaba toda su tez pálida.
“Bela Lugosi, muérete de envidia” pensó satisfecho y se arregló los cabellos de modo que le enmarcaran el rostro, cubriendo las orejas. Sabía que así se veía mejor pero no podía contar con que su cabello le ocultara siempre lo que le diferenciaba de los klownys.
A menos que usara sombrero y él odiaba los sombreros.
—Ese amigo que tienes —dijo volviéndose a Myrrot—, ¿cuándo iremos a verlo?
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Myrrot alzó una ceja, ligeramente divertido; ¿era su imaginación o Tilde andaba extasiado con aquella prenda oscura, sobria y aburrida? Vaya que si era extraño.
Se desperezó largamente, haciendo crujir todos sus huesos. La sensación era extremadamente agradable, así que se sujetaba de los barrotes de la cama y aprovechaba para estirar una y otra vez sus extremidades. Realmente el cansancio le podía, pero gracias a Korr mañana era su día libre, así podría descansar.
—Ese amigo que tienes, ¿cuándo iremos a verlo?
—Mañana, cuando se ponga el sol, si quieres. —dijo Myrrot, sin dejar de desperezarse. —Ahorita son casi las cuatro de la mañana y como sabrás, todo negocio está cerrado.
Miró detenidamente a Tilde con la prenda, y definitivamente le sentaba bien. Luego tendría que maquillarlo un poco para que pasara por klowny Joker.
—Necesitarás maquillaje. —dijo Myrrot —Esa cara pálida sin nada también te delata. Todo klowny tiene en el rostro algo que es distintivo de su raza. Nosotros los Jokers tenemos estas líneas,—se señaló las que tenía bajo sus ojos—y estos círculos,—se señaló las mejillas —así que tendré que trazártelos.
Volvió a desperezarse y sonrió torcidamente.
—Te pareces al imbécil de mi hermano.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
“Esa cara pálida sin nada también te delata”
—Claro —asintió Tilde, sin dejar de pensar que era una lástima tener que manchar la blancura de su rostro. Pero las reglas y el mundo habían cambiado, no estaba en situación de controlarlo todo.
“Te pareces al imbécil de mi hermano”
Tilde sonrió divertido. Por como hablaba Myrrot de su hermano, quizá sería interesante conocerlo un día.
—¿Debo tomármelo como un cumplido o un insulto?
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
—Depende de cómo lo veas. —repuso Myrrot, acomodándose a placer en la cama —Si te comparo con un bastardo hipócrita y santurrón que cree que hablando fino tiene al mundo en sus pies, no lo consideres halago.
Myrrot puso los ojos en blanco y comenzó a contarle.
—Verás, Tilde, no tengo ganas de aburrirte con mis peos emocionales con nadie, porque tú ya tienes bastante de qué ocuparte. —el klowny se recostó y exhaló un suspiro —Tengo un hermano que realmente odio y me encanta hacerle la vida de cuadritos. Lo veo igualito al bastardo que nos abandonó a mamá y a mi.
Hizo un gesto con la cabeza hacia el retrato de una mujer Joker, cuyas facciones eran idénticas a las de Myrrot, pero mucho mas suaves y femeninas. Sonreía alegre junto a un Joker de cabello rubio y corto.
—El catire es Moyro, mi padrastro. El fue el único puto padre que he tenido en mi perra vida, Tilde. —le dijo Myrrot, con su franqueza habitual —El hizo todas las vainas que el grandísimo hijo de su reputa y malcogida madre de mi “padre biológico” no se dignó a hacer, todo por andar de bragueta alegre con chicas Joker y ser incapaz de asumir su rollo… —la voz de Myrrot destellaba ahora un rencor profundo —Pero caramba, eso habría sido más o menos perdonable sino fuera que ese viejo es el espíritu de la puta contradicción, ya que luego me enteré que se casó con una Pica y tuvo un jodido cacrí al que si crió y dio las comodidades y afecto que nos negó a mamá y a mi.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Tilde escuchó interesado el relato de la familia de Myrrot. El desprecio sincero que destilaban sus palabras no podría haber sido más evidente. Cuando acabó y sólo quedó la figura lánguida de Myrrot sobre la cama, un silencio distinto se desplegó entre ellos y Tilde lo reconoció de inmediato. Era un aire de tranquilidad y segura confianza, el mismo que la mirada de Myrrot transmitía y él estaba en medio.
—La familia perfecta no existe —comentó dejándose apoyar contra la pared. Estaban en plena madrugada y el sueño todavía no tenía que importunarlo—. Sucede en todos lados y todos los tiempos. Mis padres me abandonaron por unas monedas de plata en manos de un conde que me convirtió en lo que soy apenas creyó que era el momento. Quería que fuera su asesino y sirviente, de manera que su reputación nunca se manchara. Lo maté a los tres años de haberme matado él y busqué a mis padres—sonrió con algo de socarronería a sí mismo por tan tonta acción—. ¿Imaginas lo que encontré? Mi madre había muerto por una epidemia y mi padre obligaba a mis hermanos a mendigar en las calles. Uno de ellos tenía el tobillo torcido e hinchado, pero él lo golpeaba con una vara para mantener el ánimo en alto. Acabé también con su vida, y puedes creerme cuando afirmo que pocas cosas me han dado mayor satisfacción que contemplar su cara de campesino estupefacto mientras caía por el precipicio. Llevaba una herida en el cuello, tal como tú tenías, y desde arriba escupí su sangre.
—¿Sabes? Muchos dicen que la venganza no hace más que envenenar el espíritu y es lo menos provechoso para los hombres, pero si te interesa mi opinión tampoco existe cosa más placentera.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
—Parece que tenemos muchas cosas en común. —comentó Myrrot, sonriendo ante la historia de Tilde. Tal parecía que ambos compartían un pasado doloroso justamente con los padres.
—El mío seguramente se llevaría de perlas con el tuyo, si hubiese vivido y fuese klowny. —dijo el klowny, colocándose las manos en la cabeza. —Los dos son tal para cual, malditos bastardos.
—¿Sabes? Muchos dicen que la venganza no hace más que envenenar el espíritu y es lo menos provechoso para los hombres, pero si te interesa mi opinión tampoco existe cosa más placentera.
Myrrot le hizo un gesto de aprobación con el pulgar levantado.
—Eres de los míos, viejo. Yo también pienso lo mismo de la venganza, y por eso me quiero vengar de ese cabrón fregándole al cacrí que escogió criar. Fregaría a su madre también, la perra esa Pica que se cree más repipi que el carajo, pero con el hijo basta y sobra. —dijo Myrrot —Si lo conocieras, tal vez te encantarían sus modales y su forma de hablar, más no su actitud y su santurronería.
Tras pensarlo unos minutos, Myrrot propuso lo siguiente:
—Cuando te disfrace de Joker, ¿qué te parecería entrar a la horda? Podríamos darle una paliza al santurrón ese, y quizás tú tendrías un bocado que chupar.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
—Tus argumentos me tientan, Myrrot —admitió Tilde relamiéndose al pensar en esa sangre justamente derramada. Y no porque Myrrot se lo pedía, la verdad es que sería un buen modo de pasar el tiempo en ese mundo extraño —. Sin embargo, lo veo difícil eso de entrar en tu horda. El hecho de que sólo podré salir por la noche quizá sea un inconveniente. De todos modos, háblame de esa horda.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
—Bien, te cuento querido vampiro, que aquí en Pokáar, los klownys que pertenecemos a la raza de Jokers tenemos como tarea natural y universal el hacer reír a otros, así que el rey Korr de Picas decretó que todo Joker debe trabajar en hordas que se dedican a hacer shows para hacer reír al resto de la klownidad. —contó Myrrot, con una sonrisa —Así que yo por joder a Pierrot, me inscribí en la suya, “Los sirvientes de la gracia”…— hizo una pausa larga y añadió — ¿a que no te imaginas cuales son los requisitos?
Hubo un silencio entre ambos, y Myrrot prosiguió:
—En primer lugar, debes quitarte la virginidad, léase que tienes que follar al menos una vez en tu vida, para poder entrar. Según me explicó mi padrastro antes de yo cumplir la mayoría de edad, las hordas necesitan klownys no vírgenes porque así se “quitaban” los prejuicios de la vida, se relajaban y así se les facilitaba la tarea de hacer reír, debido a que los chistes salían mejor al no haber preconceptos. —tuvo que aguantar una carcajada ante la expresión atónita de Tilde, quien parecía no poder creer semejante código de conducta —Así que tienes una de dos: o te “entiendes” con el líder de la horda, o vas a quitarte la virginidad con otro Joker y regresas.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
En realidad, lo que más asombraba a Tilde era el hecho de que el lugar donde Myrrot trabajaba no era más que un circo, sin los animales ni los magos. La idea resultaba tan conveniente que casi era absurdo. De nuevo se vio asaltado por la duda acerca de si no estaría en un sueño de payasos, pero aún tenía el sabor de la sangre dulzona pegado al paladar y el asco por el olor de aquel tokajo para disuadirle.
—Supongo que es un alivio que se hable de sexo sin tanto reparo —espetó finalmente—. En mi mundo una horda de ese orden tendría al primer día una multitud de estirados protestando frente a las puertas por atentar contra la decencia pública. Una ridiculez, no necesitas decirlo —dijo al ver que Myrrot abría la boca para manifestarse—. ¿Y cómo es el líder de la horda? —agregó algo socarrón— ¿Una buena opción para los candidatos o el mejor motivo para buscar en otros sitios?
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Myrrot soltó una carcajada. Ya se quejaba de la moralidad imperante acá, pero lo que decía Tilde ya le parecía cuento de horror… ¿tanta aversión le tenían al sexo? Aquello era para morirse, sí… pero de la risa.
—. ¿Y cómo es el líder de la horda? ¿Una buena opción para los candidatos o el mejor motivo para buscar en otros sitios?
—La verdad, lo sorprendente de todo es que lo ves y te tragas el cuento. El carajo se gasta una apariencia tal que quien lo ve asume que es un Joker muy serio y derecho. —dijo Myrrot, entre risitas, pero tenían un deje de desprecio y sarcasmo en ellas —Muy elegante, bien hablado, te explica clarito cuales son las reglas, y te dice que es indispensable que seas desflorado para poder entrar. Claro está, con tremendo reglamento y esta cultura Joker que nos cargamos, el tío tiene un historial de folladas que da miedo… pero claro, eso no sale a flote.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Su sangre hirvió de oscuro deleite al escuchar el sarcasmo saliendo de los labios risueños de Myrrot. Por todo aquello que decía, no era difícil determinar lo que más enervaba a su acompañante. No eran ni el traje ni la elegancia de su hablar. Era la hipocresía, decir una cosa y hacer otra. No podía decir que ante algo así no compartieran sentimientos similares. Tilde no podría reprochar a nadie de mentiroso, traicionero e insensible porque él mismo pecaba de todo eso. Lo sabía y lo aceptaba como aceptaba sus colmillos.
Por eso siempre le supo amarga la aristocracia de su época de mortal, tan refinada en apariencia pero igual de cochina que cualquier establo cuando uno se asomaba más profundo.
—Un comportamiento de verdad deplorable, sobre todo viniendo de un líder —opinó torciendo los labios—. Y dime ¿estás en buenas relaciones con él? Lo pregunto porque creer que alguien es una basura no es lo mismo a que éste lo sepa.
Hay gente hipócrita que se molesta al ver otros hipócritas. Tilde también sabía eso y mientras hablaba inspeccionaba la expresión de su reciente amigo, en busca de afectación que delatara su poca honestidad.
“Oh, querido, cómo si alguien tuviera una idea de lo que significa” se dijo mentalmente, lamentándose en el hecho aunque sin permitirse el mostrarlo.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
—. Y dime ¿estás en buenas relaciones con él? Lo pregunto porque creer que alguien es una basura no es lo mismo a que éste lo sepa.
—Bueno, no del todo bien. Verás, a él le gusta decirme que modere mi vocabulario, porque soy tan malhablado que soy una vergüenza para la horda. —Myrrot sacudió la cabeza y exhaló un largo suspiro —. Pendejo ignorante, me enferma él, su traje, sus modales y su vocabulario fino.
Soltó una risita al recordar como se lo había follado tras echarle en cara que era su hermano mayor. El show fue digno de recordarse.
—Un día me lo follé. Esa vez, mientras le decía la verdad sobre nuestros lazos consanguíneos, lo obligué a tragarse mi polla. Y sí, le dije que le haría la vida de cuadritos, por ser hijo del bastardo que nos abandonó a mamá y a mi. —la mueca de Myrrot ahora era retorcida y seca —. Le dije en su cara todo, desde amoral, promiscuo, libertino e hipócrita.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Por poco y Tilde lanza la carcajada que asaltó su garganta al oír semejante confesión dicha a bocajarro. Sobre su lengua revolteó la palabra “incesto” y el sabor prohibido, oscuro y amargo se asentó bien en el resto de su boca.
¿No parecía, acaso, tal aderezo sumamente adecuado en la vida del buen samaritano que se corrió casi en las puertas de la muerte y con la polla de un monstruo en su interior? No era cosa de sorprenderse, a decir verdad.
—Un espléndido descubrimiento habrá sido para él —dijo con su sonrisa más perversa, sólo alcanzando a vislumbrar el impacto de tal noticia en semejante momento. Ah, qué divertida habría esa expresión de absoluta estupefacción, con labios pálido rodeando una columna de mármol carnosa.
Digno de verse. Finalmente la risa pudo con él y dejó escapar la risa más completa de las que diera esa noche, parecida a cuando estaba a unos segundos de acabar con Myrrot y éste rogaba porque continuara. De hacerle caso ya estaría ocupándose de un cadáver.
—Debo confesar, querido Myrrot, que tus modos bruscos y sinceros me agradan —comentó en cuanto se repuso un poco, todavía alegre por la malignidad de su compañero —. La verdad es un plato que se sirve al natural, como nació en el mundo, desnuda y entera. Que sepa amarga a otros no es su culpa.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
La carcajada de Tilde tomó por sorpresa a Myrrot; se le quedó mirando con una ceja alzada, hasta que el vampiro finalmente se repuso. No era rabia o alguna incomodidad de verlo reírse, era que simplemente lo había sorprendido.
—Debo confesar, querido Myrrot, que tus modos bruscos y sinceros me agradan. La verdad es un plato que se sirve al natural, como nació en el mundo, desnuda y entera. Que sepa amarga a otros no es su culpa.
—Ciertamente, aunque a mi no me supo lindo saber que ese desgraciado es mi hermano y que el bastardo de mi padre prefirió un cacri antes de su hijo Joker natural y pura sangre. —dijo Myrrot, y bostezó largamente. Eran casi las seis de la mañana —Oye viejo, creo que amanece y si no me equivoco, no puedes exponerte al solecito.
Se levantó lánguidamente y corrió la cortina de su ventana; luego se arrimó un poco para darle espacio en la cama.
—No, no espero una escena de amor ni un carajo, simplemente hay que hacer el favor completo: puedes dormir conmigo siempre que no te adueñes de mi sábana.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
“No puede amanecer”, pensó Tilde sin prestar atención al gesto de Myrrot y fijó la mirada en las ventanas. A través de las telas una minúscula, diminuta porción de luz le otorgaba colores más en los bordes. Y él lo estaba viendo impunemente, sin sentir el instinto natural de refugiarse en una madriguera. Se obligó a serenarse y poner atención, pero no, seguía ahí y ninguna fuerza le impulsaba a apartarse.
Tampoco advertía el menor rastro de sueño, ningún llamado a abandonarse a la inconsciencia. Eso nunca había pasado.
“Nunca has estado en otra dimensión”, se recordó y una súbita luz le golpeó de entendimiento abrió sus ojos. “No es mi dimensión”, pensó mientras se acercaba a la ventana, dándole la espalda a Myrrot. Aún veía esa huella del sol y sus ojos no se sentían quemar ni deseaba apartar la vista. “Tampoco es mi sol”. Los vampiros naturalmente no necesitan respirar, pero Tilde descubrió que el aire se detenía en su pecho, donde un tambor frenético había reemplazado su precioso corazón, mientras su mano se estiraba con la mayor libertad hacia las telas protectores.
Con suavidad, dejó que uno de sus dedos acariciara el borde luminoso y esperó sentir la piel calcinándose, el aroma consecuente y la impresión de que había sido un iluso. Pero nada de esto sucedió y su dedo, pálido, continuó ahí como si tocara la luna. Tilde descorrió totalmente la cortina, la boca entreabierta por el aliento perdido, y vio, por primera vez en ya no recordaba cuánto tiempo, el sol desplegando su aura anaranjada en el horizonte.
Elevándose, lentamente, con la paciencia de los viejos, un brillo más dorado comenzó a hacerse sentir ante su mirada, que tuvo que entrecerrarse, aunque no se quemó.
“No es mi sol” volvió a repetirse. Pero era una imitación muy bien, y no renegaba de él. Ese sol no lo rechazaba ni su cuerpo a él
La risa estruendosa tuvo el sabor de la loca gloria sobre las tumbas, la oscuridad y el maldito conde que lo mantenía en sus mazmorras, en las consabidas leyendas de su destrucción por la llegada del bienhechor día. Rió histérico de alegría.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Al comienzo, Myrrot no entendía la risa de Tilde. Lo miró fijamente, pensando “viejo, te volviste loco ¿o qué?”, hasta que luego de analizar un poco su forma de mirar el sol, cayó en cuenta sobre el motivo de tantas risas.
—Saliste premiado, viejo. —dijo Myrrot, con una sonrisa y encogiéndose de hombros. —Al menos no tendrás que correr a esconderte ni nada.
Entrecerró los ojos un poco.
—Pero este klowny necesita urgentemente unas horas de sueño, porque sino no podré acompañarte a darte una vuelta por la aldea, y francamente no te recomendaría ir solo, y menos con esas orejas chiquitas.
Tilde ~~ Metido literalmente entre bufones ~~:
Tilde sintió el impulso de reírse de Myrrot -¿cómo iba a quedarse quieto en un momento así?-, pero a tiempo recapacitó sobre sus últimas palabras y tuvo que reconocer la verdad dicha.
A pesar de que tenía un buen sentido de la orientación, el sol podría descubrirlo ante cualquiera con más facilidad que la luna. Podría salir de todas formas pero no conociendo las costumbres de esa gente, por donde andaban, por donde no solían andar, sería un capricho demasiado costoso.
Todavía con el corazón acelerado por la emoción, se acercó a Myrrot y ocupó el sitio que le había guardado, dispuesto a tomar el sueño que no sentía.
—Hace tanto tiempo no veía un amanecer —comentó para sí y esbozó una sonrisa, burlándose de sí mismo por su sentimentalismo—. Te tomo la palabra, querido amigo. Cuando te encuentres con las suficientes energías, me llevarás por tu mundo.
Myrrot ~~ No soy bocado de vampiros ¬¬ ~~:
Myrrot volvió a encogerse de hombros, pero esta vez manifestando cierto aire de comprensión y no tanta sorpresa. Quizás para los de su raza era un regocijo total el pasearse en plena luz del día, sin tener que esconderse. Sonrió y le dejó chance a que se arropara.
—Con unas cinco horas de sueño estaré como nuevo. —le aseguró Myrrot, pero en un santiamén, cayó en un sueño ligero pero placentero, ese sueño que siempre le sobrevenía luego de un día de trabajo honrado…
martes 20 de octubre de 2009
Los grillos cantan
Resumen: Mientras aguarda el momento perfecto para actuar, el vampiro Tilde no encuentra mayor entretenimiento que escribir una carta a su amante.
Los grillos cantan
El dulce silencio de la noche, qué agradable refugio. Escucho a los grillos entonar sus piernas entre los arbustos alrededor de la casa, insistentes, anda a saber por qué razón. ¿Tú sabrás por qué suenan los grillos a través de sus patas, frotando una contra otra? Me lo dijeron una vez. Sí, una vez, creo, lo saqué de la mente de un anciano que atrapé saliendo de la biblioteca, pero habrá sido hace mucho tiempo porque lo he olvidado. Lo investigaré por Internet una noche de éstas.
Quizá esta noche. Oigo a la hija chatear en el estudio con la ventana abierta. No sé qué dice, pero se ríe con frecuencia y tapándose la boca. Su voz suena cálida dentro de su palma, es como si me golpearan con un puño de algodón envuelto en terciopelo cuando la escucho. Creo que incluso está sonrojada porque la sangre se siente, olfativamente hablando, con mayor intensidad en sus mejillas. ¿Bajará pornografía? No me sorprendería. Los jóvenes hoy en día saben más de sexo que la mayoría de los viejos. Más que sus padres incluso. Y no es que me queje, todo lo contrario.
Cuando tú apareciste con tu tubo de lubricante y condones, por ejemplo, me eché a reír, ¿lo recuerdas? No pude evitarlo. Lucías tan adorable, todo pequeño, blanco y flaco, preparándote a ti mismo porque no confiabas en la delicadeza o falta de ella de mis manos. Y la sorpresa inenarrable de tu expresión cuando descubriste que de mis manos era lo último de lo que tenías que preocuparte. Te dije que no te mataría, pero nunca dije nada sobre no morderte. Entonces ambos supimos que poseías un lado masoquista. Me rogaste, ahora todo sonrosado, pequeño y flaco, que continuara. Tu voz era otro puño de algodón, calentito y confortable. Ese tipo de recuerdos, mi querido Scottie, son de los que no se olvidan.
Pero volvamos a la niña. Debe tener unos 13 o 14 años. Es linda y parece agradable. Se lleva bien con su madre. A su padre no lo soporta. De él es quien me voy a encargar esta noche.
Sinceramente, ésta resolución y el contexto que representa su vida familiar son algo desconcertantes. Lo escogí entre los borrachos, los vendedores de no quieres saber qué en las calles y demás escorias porque es un asesino pasional. Mata por el placer de matar, porque le gusta ser juez y verdugo. Sus víctimas siempre siguen las mismas características; rubias o morenas, nunca pelirrojas, altas, nunca bajas, esbeltas, nunca gordas, con buenos dientes, nunca una que necesite arreglos. Lo he seguido precisamente porque me llamó la atención la manera en que miraba a la mesera de un restaurante casi al final de la ciudad.
Acababa de llegar y le había puesto el ojo al cocinero, que golpeaba a su pareja. A las damas nunca hay que levantarles la mano, a menos que les guste, no tengo que decírtelo, Scottie. Su novia era una camarera encantadora, morena, de movimientos elegantes, y dueña de una voz suave, susurrante. Casi una niña. Podría pasar por un hada o una princesa.
Los vi a ambos besarse unas cuantas veces en el restaurante, por eso sé que salen. El cocinero no había llamado mi atención lo suficiente para que lo siguiera a su hogar, no todavía. Ese día la porcelana del rostro de la mesera estaba cubierta de polvo, polvo que se compra en tarritos y se esparce con brochas, cubriendo el morado que se le escapó sobre la mejilla. Podía sentir la sangre latiendo debajo de la hinchazón sobre el ojo, desesperada, resentida del daño. Un hombre mayor le preguntó qué le había sucedido y ella había dado la excusa de siempre, que se cayó de unas escaleras, esbozando una sonrisa de hipócrita despreocupación. Tan linda.
A ti te habría gustado si fueras heterosexual. Y si no estuvieras loco por mí, claro. ¿Lo estás todavía? Dime que sí y me alegrarás la noche. Las fotos que teníamos y hojeas cada noche me dan una pista, pero la confirmación no estaría de más. Por cierto, ¿en qué pensabas cuando te hiciste ese corte?
Volviendo al asunto; estaba esperando la hora de cerrar para ir por el cocinero. Además de por el golpe, también por su adicción al cigarrillo. No soporto ese olor a tabaco que exuda, me repele. Como si no fuera bastante indecoroso recurrir a la violencia para arreglar conflictos con una dama, sé que anda de semental con otra mesera. Precisamente con esa rubia que aquel hombre miraba con tanta insistencia y a la que sonreía cada vez que pasaba por su lado.
Un cuadro como pocos, esa escena, y sin embargo, tan común. El hombre tendría unos cuarenta años y me figuro que habrá llegado a esa etapa del matrimonio en la que el cuerpo de la esposa ya no es suficiente. Se le notaba en la cara; el hastío, la apatía, el deseo cuando pasaba ella con su uniforme azul y meneaba las caderas como mujer habituada a lucirse.
Ella está maquillada también, pero por gusto, porque las sombras celestes claro combinaban con sus bucles de duquesa opulenta, con sus ojos sacados de la cara de un lago en verano, y el labial rosa fucsia hacía maravillas para resaltar la amplitud de su boca. No era silenciosa ni elegante como la novia del cocinero. Para mí gusto golpeaba con notable fuerza las tazas de café contra las mesas y su paso, enérgico, potente, feroz, me recordaban a una depredadora. De acuerdo, lo confieso, me gustaba un poco. Imaginarla con un corsé oscuro dibujando su cintura con la precisión de un matemático, botas de tacones altos, quizá un látigo… un deleite para la vista.
No te irrites, querido, que de cualquier modo ella está muerta ahora y la necrofilia no es lo mío. Tampoco quedó mucho de ella, la verdad.
Y tal como te digo, la mató ese sujeto algo gordo que tiene una hija con posibles inclinaciones hacia la pornografía. Bastante encantador por otra parte. Voz de abogado, ropa de abogado, sonrisa de agradable abogado. Capaz de dar a cada palabra la nota precisa para estimular la emoción que deseaba. A ella se le antojó muy simpático y atento.
Al cabo de tres noches, el cocinero seguía vivo y el abogado había asistido sin falta al restaurante, siempre para ser atendido por la rubia depredadora. Puedo imaginarme desde aquí qué es lo que pensaba. Mira a un hombre al que no le irían mal unos ejercicios, pelo lustroso tirado hacia atrás, milagrosamente sin ninguna entrada de calvicie, y relojes de oro exhibidos con la misma desenvoltura con que pronunciaba sus cumplidos. No hablemos del auto descapotable. El dinero y el sexo mueven el mundo; ese par era el mejor ejemplo.
Había empezado a interesarme por él por todo esto. Verás, sólo a un tonto se le ocurriría que aquel hombre no había andado por las mismas antes. Y si era capaz de cortejar con el anillo de bodas a la vista, me pregunté, ¿qué más sería capaz de hacer? La otra mujer, la princesa maltratada, la niña ultrajada, continuaba vagando por ahí con su patética pinta y ojo hinchado. Desprecio al cocinero cada vez que ella se acerca, siempre caminando un poco tímida, muy temerosa, pero no se deben despreciar los buenos espectáculos cuando se presentan así.
Lo tengo de recordatorio, eso de acabar con el abusivo. No puedes imaginar las ansias que tengo de probar su sangre, de tener esa amargura vital en mi boca, deshacerla con la lengua y sumergirla en el olvido. Relamerme ante el moribundo y decir: “Tu novia te manda saludos”, antes de acabarlo.
Las carcajadas me salen de sólo pensarlo, pero debo retenerlas por ahora. Ya es de madrugada, lo sé por mi reloj, y la chica se ha ido a dormir hace un buen tiempo. El padre todavía no vuelve porque está en el apartamento de otra mujer coqueta, esta vez una morena. Ese es su juego. Durante una semana o dos son sólo dos amantes clandestinos en la ciudad, con él pagándole lo que quiera, ella aceptando que la amordacen mientras le dan azotes. Luego él sugiere un fin de semana romántico en una casa de playa que tiene, donde ella será tratada como una reina, como “se lo merece”. No siempre a ellas les gusta el plan, pero él es tan persuasivo y convincente que les resulta imposible negarse. Ya ves, incluso al hombre más ordinario le sirve una buena actitud.
Le seguí a él y a la rubia a esa casa a casi las dos semanas de haberlos visto. Se excusó con su familia diciendo que tenía que encargarse de unos casos importantes en otra ciudad. Una casa preciosa era esa a la que llegaron, con sus puertas dobles de roble, piso brillante y ventanales corredizos en el balcón que da hacia el río. Resultaba fácil imaginarla en la portada de una revista de lugares ideales para pasar las vacaciones. La esposa seguramente habrá sido la responsable de tan bella decoración, demostrada principalmente en tonos dorados y rojos en cada uno de los cuadros, jarrones y estatuillas. La chimenea de mármol blanco parece una boca abierta hacia el infierno o a la entrega carnal. En otros tiempos ése habrá sido el nido de amor de los casados. Qué irónico.
Debo admitirlo, su ejecución fue impecable. Cortaba con tanto cuidado los miembros exangües que lo pensé un médico. Ni una gota de rojo manchó las sábanas blancas. La tierra del bosque recibió con gusto la atención de la pala, las bolsas de lona llenas. El resto de la noche se la pasó contemplando un video producto de la cámara que ella encontró excitante estuviera encendida, mientras realizaban su rutina de amo y esclava. Ella estuvo encadenada al poste de la cama todo el tiempo y es fácil notar el momento en que el juego deja de gustarle. Cuando se percata de que los golpes suceden demasiado rápido, con demasiada saña, comienza a rogar que la libere, chilla, se retuerce, trata de huir, llora. El chasquido de su piel perfecta, esa que habrá cuidado con cremas costosas, al recibir el cuero del látigo tienen la misma resonancia que el aplauso de adolescentes drogados en un concierto de rock. A veces ése mismo es el comienzo de todo, ellas pidiendo que no las golpee.
Y él que se sonríe, complacido, mientras su brazo desciende y se eleva con tremenda velocidad. Uno no lo imagina al ver su estómago fofo pero tiene unos excelentes brazos. Ahí estaba la explicación, en esa casa de verano. No es de esos débiles de voluntad que se contentan usando uno, si no que cambia de uno a otro según le convenga, y ambos tienen la misma habilidad con el arma del placer. El látigo, querido. Bueno, también con la otra arma. El sofá es testigo cada vez que ve esas cintas. Las guarda en una caja fuerte en el sótano.
He pensado muchas veces en dárselas a los medios pero la esposa me ha disuadido. Es una buena mujer, paciente, y ayuda a su hija con la tarea después de la cena. Tiene la misma delicadeza que la mesera golpeada, esa misma dulzura en los labios que puede acariciar el enojo y nunca usarlo. El maquillaje sólo le sirve para cubrir honorables arrugas que adornan su rostro de experiencia. Encuentro algo relajante en su calma, en el silencio de sus pasos y al cerrar puertas. Me figuro que sólo personas así pueden caminar sobre el agua sin perturbarla. Esta mujer, digo, no merecería tanta vergüenza, ni la soportaría.
Este sujeto, durante el mes que lo he seguido, ha matado dos mujeres más, haciendo un total de tres y quién sabe cuántas otras. Saltaba a la vista que el maldito sabía lo que hacía al momento de poner manos a la obra. Muy bien, cabe agregar. Me llego a preguntar en qué momento un abogado de los suburbios, padre de una joven, esposo de una dama, tuvo tiempo para aprender los secretos del dolor y la muerte.
Recuerdo que tú también querías aprenderlo todo respecto a otras cuestiones. Cuáles posiciones hay, cuántas opciones, las situaciones que mejor sirvieran, qué juguetes podríamos usar. Sin embargo hubieron de aparecer los castigos por las bajas notas, los mensajes de los profesores que hablaban de tu poca atención y tuvimos que posponerlo. Al menos hasta que decidiste que a tus profesores les pueden ¿cómo lo dijiste? ¿tomar por el culo? e igual me seguiste.
Eras un demonio de adolescente, un verdadero demonio proveniente de los infiernos de la incomprensión. Sólo este guapo espectro acarició la oscuridad de tus profundidades tenebrosas, sació tu sed de sangre. No sabes cuánto te extraño, aunque te has perforado la cara –tu ceja, tu preciosa ceja- y permitiste que un ciego te cortara el cabello. Un ciego con aparente artritis, para rematar. Querido, ¿qué había de malo con el cabello largo?
La mujer en esta ocasión está todavía, para suerte de su bronceado, en la primera fase, que es la de ser la amante de un hombre exitoso que le consiente todos los caprichos. Una verdadera calamidad es el modo en que se administra este hombre, debo agregar. Cuando pienso en lo mucho que se ahorraría simplemente contratando a cualquier prostituta, se me ocurre que él disfruta del suspenso que tiende. Es como un director de sus propias películas de terror, con las que cuales luego se satisface en el sofá. Las mujeres sólo se están divirtiendo, aprovechan cada segundo de su juventud, y sin puertas que se abren de repente, si no esposas que se cierran, aparece el monstruo para espantarlas.
Eso es por lo que no puedo considerarlo un genio en toda su plenitud. No me gusta que las engañe para sus fines. Dime sádico, cruel, asesino, despreciable, y no te quitaré la razón, pero aborrezco la hipocresía. Nunca me relaciono con mis víctimas precisamente porque no quiero recurrir a artimañas para que confíen en mí. Te lo dije la primera noche que estuvimos juntos. Mientras casi dormías sobre mi brazo y jugabas a dibujar estrellas en mi pecho, lo dije. Si vas a odiarme, que sea a todo lo que soy, incluyendo al monstruo desalmado, para que él también lo merezca. Y tú, inconsciente como sólo puede serlo un adolescente bebido, te reíste. Tu aliento apestaba al alcohol y dientes sucios. Mi nariz supo antes que los dentistas que tenías caries.
Es aburrido esperar aquí. Incluso hubiera aceptado volver a oler tu boca con tal de tener algo que hacer. Mi idea había sido matarlo saliendo del apartamento de la morena, pero sería demasiado fácil hacerlo parecer un asesinato y robo cualquiera, puesto que el vecindario es espantoso y locos peores que nosotros hay de sobra. No, que tenga su comodidad un tiempo más. Que sienta que puede regresar a casa y acostarse como si nada hubiera sucedido, ni esa noche ni antes, al lado de su dulce mujer que sufre con sus tardanzas. Él le dice que está con clientes, pero no se le ocurre la cortesía de regresar a una hora creíble.
Tranquilo, tranquilo va a llegar en su auto descapotable, con el cabello tirado hacia atrás y la corbata un poco suelta. De resto, será un perfecto caballero. Aun así no evitará verse en el espejo retrovisor del auto, en busca de lápiz labial, besucones o señales similares de su entretenimiento. No lo hará por su esposa, lo hará por él. Un abogado que siempre puedes estar seguro se presentará decente a la corte, eso es.
Va a salir del auto, activará la alarma y recorrerá el trecho de piedrecillas que va desde la acera hasta la puerta del hogar, entre el césped y los arbustos bien cuidados por la mano de un jardinero contratado la semana pasada. Estará agotado, sin duda, porque él tiene más de cuarenta y ella sólo 23. ¿Llegará oliendo a alcohol, a gatos o colonia de mujer? No lo sé y a él no le importa que lo huelan. No verá las botas sobre el tejado, ni el abrigo de cuero. Apenas oirá un susurro, quizá a mi camiseta ondeando al viento o mis pies aterrizando, y no podrá voltearse para ver qué sucede porque yo no se lo permitiré.
Puedo imaginar el sonido de la sangre acelerándose por todo su cuerpo, su aliento cálido contra mi mano opresora. Incluso creo percibir el olor del sexo en él, el olor de ella, de aquel apartamento con dos gatos. Así asaltado, sus pies no podrán evitar que lo lleve a un sitio oscuro, a un lado de la casa, para que nadie nos vea. Y mientras él trata, frenético, de liberarse, le daré el pinchazo del hambre, del vampiro, de la bestia. No he venido de ningún infierno pero él se dará cuenta de que un demonio lo ha atrapado y abrirá los ojos tanto, pero tanto, que en medio del placer sangriento se me antojará arrancárselos. Quizá lo haga, quizá no. El bello elixir explotará contra mi lengua porque todo su sistema reaccionará ante el miedo, bombeando cada vez más sangre y convirtiendo el tambor en su pecho en un golpeteo incesante, furioso y desesperado. Golpeando de terror, derramando lágrimas que le quitan vida. Tal vez se orine encima, tal vez luche hasta el final.
Lo que sé con certeza es que ese golpeteo cesará, cesará en algún momento y dejarán de oírse sus pequeños gemidos ahogados. Me habré bebido toda su existencia. Lo tomaré de los lados de la cabeza, que estarán húmedos de sudor frío, y le retorceré el cuello. El precioso crujido. Todavía no he encontrado nada que se le compare.
Luego lo arrojaré sobre la cerca –sabes que puedo hacerlo- hacia el jardín de los vecinos. Los forenses se ganarán su sueldo tratando de resolver el misterio. Cosa que no podrán, porque la herida ya habrá desaparecido para cuando lo encuentren.
Ahora estoy aquí, en el estudio. No me preocupo. Las habitaciones están lo bastante lejos para que me oigan la madre o la hija y no necesito de luz. Estoy investigando por Internet por qué cantan los grillos y no pierdo el oído acerca de lo que sucede en la calle. Oiré el auto llegar en su momento, no hay prisa. Mientras, un blog de diseño vulgar me ha dado la respuesta que buscaba.
Quizá te la diga cuando volvamos a vernos.
Con malvado amor,
Tilde
P.D.: Tú y yo sabemos que no me gustan las posdatas, pero, realmente, ¿de verdad tenías que cortarte así el cabello?
sábado 10 de octubre de 2009
Capítulo II: Papá dice, los hijos escuchan
Papá dice, los hijos escuchan
No se suponía que fuera una experiencia agradable y no lo fue. Dial salió de la biblioteca aliviado de poder apartarse de aquella mirada subyugante de verde imperioso, aunque sólo vagamente. Su mente continuaba trabajando por procesar las palabras de su padre.
Papá había sido claro, como siempre. Había sido un irresponsable por dejar a sus hermanas solas y eludir sus responsabilidades como futuro soberano. Dial sabía que lo había sido y por eso no le afectó mucho escucharlo, pero no estaba preparado para cuando su padre bajó la cabeza y los cabellos nadaron a la par de un lado a otro, suavemente, a la par de sus movimientos. Los hombros tan rectos, como de caballeros, como de guerreros, como de persona digna, se inclinaron desanimados.
-La verdad ya no sé qué hacer contigo, Dial -dijo Neptuno con esa extraña tristeza de los nobles que tanto odiaba Dial, porque siempre lo hacía sentir peor que una babosa descarriada, como el único responsable.
Que lo era, sí, no iba a negarlo, pero ¿tenía que decirlo así? ¿Con esas palabras, con ese decaimiento? No había sido tan grave, y Dial no supo qué responder. Permaneció en su sitio, anulado a la forma de un chiquillo mudo. No le gustaba ver a su padre así, no le gustaba estar así. Cómo deseó marcharse.
Pero padre tenía más que agregar. Dijo que era su único heredero varón, el único príncipe que debería sucederlo en el trono y no podía permitir que subiera al poder alguien que no se lo tomaba en serio. Continuó hablando sobre su linaje y sus responsabilidades con el mar, pero Dial apenas escuchaba y su padre tampoco parecía buscar conversación. Sólo aclararle una vez más que la estaba regando y no confiaba en su criterio. Una vez más, como si cien años no hubieran sido suficientes.
Llegados a ese punto, Dial ni se molestaba en indicar que no era rey ahora y ya se tomaría seriamente el asunto cuando tuviera que hacerlo, no antes. No despreciaba el título después de todo, y con sinceridad se creía capaz de no mandar a todos al infierno en un parpadeo, quizá hasta podría mantenerlos vivos unos cuantos siglos, divertirse mientras tanto, pero no tenía caso. Padre tomaba sus palabras como algo que Dial sabía que quería oír y usaba para que lo dejaran en paz. Dial se había rendido. Él sabía que era la pura verdad y que, sin importar lo que hiciera o deshiciera, Neptuno no tenía más opción que darle el trono, de modo que replicar no tendría sentido.
Pero al final, al final... Neptuno se había lucido. Por primera vez en lo que iba de toda la vida inmortal de su hijo, había cambiado la estrategia. De usar armas emocionales, eligió un ataque más directo.
-Estás castigado una semana.
Dial se echó a reír. Ahí, enfrente a su padre y ante la expresión no apta para hacer bromas que llevaba, se echó a reír porque, de verdad, eso era gracioso. ¿Castigarlo, a él? Le pareció absurda la mera idea, como peces conduciendo bicicletas.
-Hablo en serio, Dial.
Dial, todavía con la sonrisa en los labios, se volvió hacia él.
-¿En serio? -preguntó, casi seguro de que debía ser una broma y sospechando, sólo vagamente, a un millón de años luz, que no lo era.
-Así es.
La sonrisa acabó de borrarse.
-Es un chiste.
Neptuno se irguió recto sin levantarse de su silla y elevó sutilmente el mentón partido en actitud de indiscutible autoridad. Aquello, la adopción de su postura usual cuando se hallaba ante sus súbditos, tuvo un mejor efecto que cualquier palabra para que Dial entendiera la situación.
-¡Oh, por favor! -dijo impulsivamente, adoptando sin saberlo la personalidad de los jóvenes en la playa, con sus bronceados perfectos y padres incomprensivos. Se sorprendió de lo fuerte que salió su exclamación-. No puedes hacer eso.
Neptuno también había abierto los ojos del asombro, mas se repuso para aclarar con su voz de tambores de guerra -con la voz de la guerra planeada, avanzada y vencida- que claro que podía y ya estaba hecho. Aunque Dial trató de reiniciar la risa en un desesperado intento de tomárselo como algo chistoso, le fue imposible y la boca, paralizada en medio de la intención, se le quedó colgando en una mueca de asombrada incomprensión. Neptuno continuó diciendo; no más viajar a la superficie, no más viajar por donde quisiera. Durante una semana, sólo podría mantenerse en los márgenes del castillo, con la única excepción de los corales y sólo cuando tuviera que asistir a sus hermanas en la coloración de aquellos.
Como Neptuno interpretara su silencio en forma de aceptación, realizó un ademán elegante para indicarle que era todo. Lo cierto es que, ni aún afuera, Dial se lo creía del todo y la conmoción le impedía reaccionar de cualquier manera. Castigado. Una palabra que conocía. Seguramente los viajes que padre hacía a la superficie cuando la oportunidad se le presentaba tenían algo que ver. Mientras Janife, por ser mayor y mandona, tomaba el mando, su padre debió escuchar por ahí el mismo término de boca de algún humano y, de alguna manera, llegar a la conclusión de que quizá serviría con su heredero, convirtiéndolo a éste en el primer príncipe de toda la Atlántida en verse reducido por esa palabra humana, tan corta, tan asquerosa bajo el agua. Castigado por una semana. Como un crío de humano.
Eso sonaba mal, mal, peor que peces andando en bicicletas sobre brasas.
-Pero no fue para tanto -musitó para sí y se imaginó a sí mismo pateando una piedrecilla por pura frustración.
Sin embargo, no tenía piernas, ni había piedras o bolsillos para guardar las manos, de modo que sólo le quedaba el ceño fruncido en señal de disconformidad. Un ceño muy fruncido para compensar tales faltas. Estaba subiendo por las escaleras cuando unas vocecitas le distrajeron. Aun antes de ver los bucles deshechos en la plenitud del agua ya supo quiénes era, porque esas vocecitas juguetonas, inocentes y agudas sólo pertenecían a dos criaturas. Expulsó las palabras impulsado por el enojo y la impotencia, percatándose sólo después de que mejor le hubiera sido callarse.
-¡Salgan de ahí, par de metidas!
Dos relámpagos, uno verde y otro morado, salieron de detrás de una armadura de dos piernas encantada para jamás oxidarse y se plantaron ante él como soldados obedientes; si es que en el ejército fuera lícito portar tales semblantes traviesos. Muna y Tull, sus hermanas menores. Tull era mayor que su hermana por 20 años de edad, pero, dado el lento envejecimiento de las sirenas, impredecible para cada individuo, bien podrían ser un par de gemelas. Rasgos, carácter y gustos similares las unían. La mayor diferencia era que la menor llevaba un bosque de verde vibrante enmarcando su rostro y la otra un manto lacio de púrpura en torno al suyo.
A Dial le molestó no haber pasado de largo de ellas, como solía hacerlo, y saber que se estaban divirtiendo porque seguramente habían estado escuchando detrás de la puerta. Si lo hubieran hecho en cualquier otro día, no le habría importado pero en esa ocasión... ¡lo habían degradado a un crío de humanos! Y ellas se reían. Le querían, sí... pero que lo frieran a Dial con papas a la francesa si no tenían una veta de sadismo.
-Dúo de chismosas -siseó rencoroso, destapando finalmente las bocas de ellas, que emitieron miles de burbujitas en forma de risas.
-Es tu culpa, hermano -replicó Tull con clara satisfacción-. A nadie le gusta un príncipe rencoroso.
-Janife estaba que se volvía roja de la furia -acotó Muna y se rió más fuertemente.
-Traidoras.
-Lo hicimos por el bien de la Atlántida -repuso Tull solemnemente y Muna asintió de igual modo.
Dial rememoró la expresión abatida de su padre, la misma que no quería volver a ver nunca, la que hablaba del temor bastante vivo a que el reino fuera mal llevado, y sus deseos de desahogarse con sus hermanas se esfumó. Repentinamente se dio cuenta del cansancio que pesaba sobre sus hombros.
-Váyanse con las medusas -les espetó terminante y acabó de subir las escaleras, oyendo sus voces burbujear alegremente a sus espaldas.
"No importan" se reafirmó.
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La noche abatió la ciudad de Fenbruks como un soplo de hadas. De iluminar la arena amarilla en las playas, los muelles de madera y las cubiertas de los barcos pesqueros, todo se había vestido de un elegante tono oscuro confeccionado por la paciencia de la luna llena. Los marineros hace buen tiempo habían abandonado sus afanes de pescar cualquier cosa, los jóvenes de todas las edades se habían marchado a sus hogares, padres y mayoría de las mascotas incluidas. En el ambiente prevalecía un aroma salubre, de aire abierto y naturaleza al descubierto, que harían las delicias de almas más sensibles. Las estrellas, opacadas por las luces artificiales de la ciudad, eran lo bastante para adornar el firmamento como un coladero de madera atacado por termitas.
Pero los dos hombres que estaban en la orilla, los únicos presentes, sin contar al vagabundo que dormía bajo el muelle, no estaban en condiciones de apreciar nada de esto. Cuando los negocios llamaban, poco se puede hacer por la sensibilidad artística. El paso de las agujas en el reloj de uno, el más alto, indicaba el tiempo que debían permanecer ahí, ocultos tras una parada de autobús. El otro, fornido y de mirada acerada, miró una vez más el barco solitario que se perdía en la noche; un móvil blanco, pequeño y discreto, que, a pesar de la distancia, distinguía a la perfección. Sostenía en su mano una caja negra, de la que sobresalía un interruptor como de lámpara y una antena de metal brillante plegada hasta el fondo.
Aunque su postura era serena y su semblante no expresaba nada, estaba por culminar por esa noche. Aquel trabajo iba a ser más grande que los que realizaran hasta el momento y las recompensas no se reducirían al sueldo que les tenían prometido, si bien tampoco era una cantidad de algún despreciable. Esta vez había requerido de kilos de planeación, paciencia que solía faltar para soportar los meses en que cada pieza se ajustara en su sitio. No sería sólo levantar un arma y escapar de balas de ajenas, lo que siempre tenía su gusto interesante, no obstante, pero no representaban un verdadero reto para sus demás capacidades. Los habían escogido precisamente por eso, porque tenían más que ofrecer a la causa de su jefe que buen tino.
Y la prueba de ello era el barco, la antena brillante y lo que pasaría en unos momentos. Él estaba ansioso y curioso por conocer el desenlace. Aunque todo había sido cuidado hasta el último punto, siempre cabía la posibilidad de algún error, un desliz de alguien, de sufrir una traición. Y entonces el nuevo juego, el de castigar al imbécil, apaciguaría el asco dejado por la más amarga decepción.
-Dos minutos -anunció su compañero con voz de mando y a continuación emitió un bostezo. Notable era que no estaba acostumbrado a estar despierto a esas horas, las tres de la madrugada.
-¿Cómo está Sivila? -preguntó el fornido, más por hacer conversación, porque se estaba impacientando, que por interés.
En realidad ellos no eran buenos amigos. Colegas, compañeros de bebidas a veces, cada uno tenía cualidades que encontraba respeto en el otro, pero nada más.
-Bien, bien. Se ha hecho un nuevo tatuaje. Mi nombre escrito en griego y una frase en latín sobre la nalga izquierda. Le queda bien -miró su reloj-. Un minuto.
Un minuto, un sólo minuto para separar un antes y un después, que se disfrazaba de una hora, de una eternidad completa. El que miraba el barco lo notaba más minúsculo a cada instante, como si el pintor de esa escena hubiera decidido quitarle el toque dramático engendrado por él y lo corregía cubriéndolo de más noche.
-¿Otro más? Creí que con convertir su espalda en altar le bastaba.
Por altar se refería a la cantidad de tatuajes con motivos religiosos que había visto en más de una ocasión, puesto que Sivila no era fan de las prendas con la espalda completa.
-Mujeres -acotó el más flaco, con un gesto de "ya las conoces"-. Nunca están satisfechas.
-Ya -dijo y se golpeó el bolsillo de sus pantalones, ansioso. Para colmo, le estaba dando hambre-. ¿No sabes qué dice la frase?
-Algo sobre perdona nuestros amores pecaminosos -sin mucho interés, le palmeó en el hombro cubierto de una chaqueta de cuero-. Veinte segundos.
-¿Y hacemos cuenta regresiva como la NASA? -dijo sin poder evitar socarronería.
De todos modos, así lo hizo, mentalmente, mientras el otro se encogía de hombros y sacaba el celular para revisar los mensajes. Hasta el momento lo había tenido en modo vibrador para no llamar la atención de posibles desgraciados perdidos en la ciudad, igual que el otro, aunque a éste poco le importaba ver qué le habían enviado. De hecho, le pareció absurdo que se concentrara en algo tan trivial precisamente ahora que estaban a unos instantes -12, 11, 10, 9 segundos- de dar el gran golpe. El mundo pareció dejar de tener sonido, consistencia, a merced del paso impecable de los números decreciendo. Se estaba emocionando y sonreía expectante.
"3, 2"... Extendió la antena, que no era más larga que su dedo medio. "1"
Accionó el interruptor.
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Si el objetivo de recibir un castigo era sufrir un aburrimiento atroz, Dial podía dar testimonio de cuán efectivo resultaba. Durante el resto del día, mientras oía vagos coletazos por los pasillos -sus hermanas, sirvientes- y veía por la ventana a los bancos de peces viajar hacia desconocidos destinos, Dial nunca sintió más tentación de tener algo que hacer, lo que fuera. Pero ahí abajo no se podía leer nada, no había un ciber al que pudiera ir, no existían las películas y los delfines no se atrevían a acercarse lo suficiente a las habitaciones de la familia real, por lo cual ni siquiera podía contar con éstos para que lo entretuvieran.
Anduvo de arriba abajo, del derecho al revés, demasiado frustrado para pasar las horas en la inconsciencia. Descubrió que el baño al que estaba conectado su cuarto -y que por supuesto no había sido usado en bastantes siglos- tenía 567 baldosas de color blanco ceniza, que las patas de la bañera eran de oro y asemejaban la forma de patas de un león con garras de halcón y no supo cuánto tiempo pasó mientras imaginaba figuras en las ondulaciones de la luz bajo el agua. Cuando se percató de que esto le resultaba cada vez más difícil, puesto que el ambiente se volvía más opaco, asimismo cayó en cuenta que se había pasado toda la tarde sin molestar a ningún humano, sin perseguir peces fingiéndose un tiburón y exhaló el más profundo y dramático suspiro de tedio que se le ocurrió. Su futuro se le presentaba oscuro y aburrido. Una semana viviendo la misma tontería de contar cosas, encerrado entre cuatro paredes... era inhumano. Y no inhumano como cuando no eres humano y nada puede matarte puesto que eres un ser mágico, si no inhumano como jodidamente cruel. ¿De dónde diablos había sacado Neptuno aquella palabra, esa de significado tan asfixiante?
Los chicos de las películas siempre tenían un modo de escaparse en esas situaciones. Una enredadera en la parte trasera de la casa, un tubo que no sabía para qué era pero siempre estaba en los extremos de los hogares y usaban para deslizarse hacia abajo, una cama elástica que los recibía en el patio, un árbol con una casa de madera y una rama que daba justo a la ventana del infeliz. Y a él le hubiera resultado mucho más sencillo huir, hacer de cuenta que no existía prohibición alguna, pero dos cosas se lo impedían.
Una era su padre; no quería verlo decepcionado de nuevo tan pronto. La segunda eran los guardias que su padre había mandado aposentarse bajo su ventana y alrededor del castillo, previniendo cualquier intento de su parte. Podía salir a cualquier parte del castillo, donde tampoco encontraría mayor diversión que las 567 baldosas, pero apenas tratara de poner una aleta afuera aquellos tritones fornidos, vestidos de armaduras encantadas para nunca oxidarse, le devolverían adentro y le informarían a Neptuno. Le enviarían otra vez al regaño y a un muy posible aumento del castigo. Los padres humanos solían hacer eso cuando los descubrían. No podía arriesgarse a pasarse ahí dos semanas, tres, ¡todo un mes! Sólo pensarlo enviaba escalofríos por su cuerpo.
De modo que ahí estaba, flotando sin la menor gracia contra el techo de su cuarto, mientras Atlántida y la superficie se reducía a las tinieblas, dejando como única luz a la paciencia de la luna. Conocía la rutina de los guardias, de cambiarse cada cierto tiempo, por lo que sabía que incluso durante la noche tendría vigilancia.
Estuvo considerando la posibilidad de arrojarles algo cuando se distrajeran, cuando un brillo anaranjado se apreció al otro lado de la ventana. Demasiado débil, como si fuera un espíritu que llegaba tarde a otro lado, Dial no estuvo seguro de haberlo visto. Despertada su curiosidad, se asomó afuera y contempló lo mismo que otro montón de atlatenses admiraban desde la plaza. Una gigantesca explosión anaranjada se producía arriba, justo encima del agua, y las ondas expansivas de luz iluminaron por un momento los semblantes de las sirenas y tritones que aún no había entrado a sus hogares, quedándose a contemplar el espectáculo. El barco todavía conservaba su parte inferior, sólo había estallado la superior, pero de los costados surgía un polvo blanco, que se expandían como nubes por el agua. También eran distinguibles vagas siluetas deshaciendo la blancura, agitándose, desesperadas. Los humanos no se habían salvado de esa.
A Dial le hubiera interesado mucho más si hubiera sabido que podía ir hasta ahí a descubrir qué era esa cosa blanca, pero al no ser tal el caso, pronto perdió el interés y su mirada volvió a decaer hacia los guardias. Sus ojos se abrieron al verlos. Para él, que había visto películas de acción, una explosión que no podía tocarle no era nada del otro mundo, pero los guardias se habían quedado pasmados ante esta. Justo le daban las espaldas.
Dial supo que si salía de ahí no lo verían. Tal vez. Si era lo bastante rápido y contaba con que su distracción durara lo bastante. Evaluó la distancia entre su ventana y el rincón a un lado de la cocina, donde no podrían verlo, y consideró que no era tanta. Sin embargo, si tan sólo un segundo algunos de los dos volteara lo atraparían y en ese caso...
Una segunda explosión encendió las aguas, las miradas asombradas de las criaturas debajo, las armaduras de los guardias y el foco en la cabeza de Dial. Lo pensó de inmediato, casi como si el pensamiento ya estuviera escrito y sólo esperara salir. Primero, que si no salía iba a acabar volviéndose loco; segundo, que su cabello intensamente rojo era peor que un anuncio de neón si lo veían los guardias del castillo apostados en la entrada. Dial agarró un trozo de tela encantada para no enmohecerse del armario. Cuando era más niño solía jugar con sus hermanas a intentar atraparlas con esas redes de especies de vestidos, camisas y capas nacidas de épocas más antiguas que él. Tull se molestó porque la acabó estrellando contra unas rocas en medio de una persecución, y Neptuno le otorgó un discurso sobre la consideración con la familia. Era un crío pero aquella fue la primera vez que se sintió como tal, más pequeño que cualquiera.
Ahora, muchos años después, era peor que un crío de tritón. Estaba metido en un castigo humano y esas prendas acusadoras lo iban a sacar. Se ató lo que debió haber sido una capa a la cabeza y echó una última mirada afuera. Los guardias seguían en sus puestos, inmóviles, abstraídos. La luz menguaba. Se ajustó bien la tela y, tomando lo que podría llamarse una bocanada de agua, se lanzó hacia abajo, moviendo la cola frenéticamente, sin atreverse a ver otra cosa que el frente.
Cuando divisó las rocas, dobló hacia la izquierda y estiró la mano para asirse a un extremo del castillo. Se arrojó contra la pared, junto a la puerta de la cocina y con coletazos cautelosos se aproximó hacia el otro extremo. Los guardias de la entrada, o bien nunca les importó el barco estallando o bien recuperaron la conciencia de su deber; el caso es que iban de un lado a otro, encontrándose en el medio, sin duda atentos a todo.
Ellos eran más fáciles. La ventaja de vivir en un castillo sobre una montaña era que, si el camino de la parte trasera era alto y empinado, el de la entrada era una recta caída libre, cuya punta aguda parecía pretender apuntar hacia el ocaso, logrando un efecto muy de novela clásica, aunque el ocaso sucedía del lado opuesto. Bastaba deslizarse por debajo de aquella punta para pasar desapercibido a quien estuviera sobre ella, descender por la pared de rocas oscuras hasta la plaza y mezclarse entre los demás atletienses. Llevar una pañoleta en la cabeza no era tan raro, en especial por esa creencia de que sólo bastaba ver el cabello de una sirena para enamorarse de ella. Todos sabían que no era cierto pero a algunas solteras les gustaba hacer de cuenta que sí, pues creían que les daba un aire de misterio. Ciñéndose a la tela, procurando que no se viera su pecho plano, podía pasar por una de ellas.
Así lo hizo Dial, conteniéndose una sonrisa triunfal, y pronto se vio nadando lejos del hogar en dirección a la libertad. Nadie lo había visto más que a cualquier sirena y Padre estaría ocupado limpiando los destrozos que hiciera el barco explotado en el agua, de modo que su gente y los animales que viven en su reino no se vieran afectados por ellos más de inevitable. Contaba con algún tiempo.
La noche bajo el agua, pese a la luna, lejos de las luces verdosas mágicas, volvía todo más opaco y difícil de distinguir pero Dial había cruzado por esos lugares las veces bastante para saber hasta dónde era la altura máxima de las algas y por dónde pasar para no encontrarse con criaturas potencialmente engorrosas, tales como los pulpos y las medusas. El brillo sobre los peces le servía para arrancarle una sonrisa mientras desfilaban ante sus ojos, más por el conocimiento de que eran ajenos a cualquier castigo. Estaba de tan buen humor, que casi se aplasta la nariz contra una pared de roca. Casi porque se imaginaba que ya habría llegado.
Elevando la cabeza se podía al agua arrastrada hacia la tierra, como un cristal fundido en un segundo por las llamas de un dragón encojonado. Dial nadó con el entusiasmo de un nadador olímpico tras saber que hizo un salto perfecto. Éste sentimiento fue de alguna manera tan libertador que aspiró el aire nocturno, olvidándose de que aún no estaba fuera del agua completamente, por tanto no tenía pulmones hechos para el aire. Su garganta se secó, ahogándolo, de modo que tuvo que volver a hundirse para recuperar el aliento y acercarse a la orilla. Salió del agua por segunda vez y se quedó sentado al lado de un anciano harapiento, al parecer dormido, abrazado a lo que parecía su última botella de whisky. El anciano Peter no representaba ningún peligro. Mientras le diera su dotación de monedas de oro cada tres semanas, seguiría conservando el secreto del mar, se haría el loco en el caso de que le preguntaran, y guardaría en un hoyo cerca de sí una bolsa de plástico llena de ropas limpias, para cuando el príncipe sintiera deseos de pasear por la ciudad.
Dial contempló la arena oscurecida por la sombra que daba el muelle bajo el cual estaban, las ondas pacíficas del mar, mientras esperaba. Se cubrió los hombros con la capa. El barco era apenas una mota blanca a lo lejos, despareciendo por momentos. Primero la cola, luego el resto.
-Yo que tú no hubiera venido, muchacho -observó el anciano, asomando un único ojo sobre la manga de su saco.
Y por el brillo acuoso de ese orbe pintado con un iris marrón, parecía preocupado. Incapaz de hablar, pues la transformación requería su tiempo, Dial le dirigió una mirada interrogativa.
No podía saber, claro, que su presencia había atraído la atención de unos de los hombres que estaban en la playa, aguardando el desenlace. En el momento en que se volvían hacia la calle, dispuestos a cruzarla, las aletas de la nariz perteneciente al más fornido de los dos se expandieron y éste alargó la mano hacia su compañero.
-¿Qué, qué? -preguntó aquel, malhumorado por la falta de sueño.
-Hay alguien aquí -respondió el otro como distraído e hizo un gesto de volver a olfatear-. Alguien que está mojado. Huele a agua salada.
-¿Y? A lo mejor es un gato que se ahogó y salió arrastrado por el agua.
El otro lo miró, ofendido.
-¿Crees que no sé diferenciar a un jodido gato cuando lo percibo?
-Está bien -dijo su compañero, resignado-. ¿Qué es entonces?
-Ni idea -contestó empeñándose en hacer de sabueso, moviendo la cabeza ligeramente, buscando el origen-. Es grande para ser un pescado pero huele parecido.
-¿Vamos a ver?
El que usara el olfato asintió y abriendo su chaqueta, sacó el arma que tenía sujeta en un estuche a un lado de su pecho. El otro, comprendiendo que se preparaba para cualquier cosa, lo imitó extrayendo la pistola desde la espalda baja, donde la tenía enganchada tras el cinturón. El primero lo guió entonces olfateando de vez en cuando, acercándose poco a poco al muelle.
-Vete de aquí, chico. Regresa.
-No quiero -replicó Dial, cuyas branquias a los costados de su cuello habían desaparecido, y ya podía respirar como cualquier hombre. Estaba enojado porque apenas había logrado escapar y un segundo más tarde le decían que debía volver, cuando en el pasado Peter nunca se había atrevido a darle nada parecido a una orden. Tampoco entendía por qué le hacía gestos frenéticos para que bajara la voz-. ¿Qué rayos te pasa?
El anciano puso un dedo sobre los dedos y silbó emitiendo un "shhh" suave. Al momento siguiente, un crujido de las maderas distrajo a Dial de la pregunta que iba a formular. Alarmados, ambos dirigieron la arriba hacia arriba. Entre los maderos podían verse claramente cuatro sombras oscuras, sin duda señales de pasos. Como si no fuera bastante, una voz grave se pronunció:
-¿Y bien?
En este momento quizá sería conveniente aclarar que las sirenas y los tritones tenían un sexto sentido para el peligro, lo cual les impedía verse sorprendidos por una flota de marines borrachos en busca de criaturas que atravesar con sus arpones o de materiales potencialmente tóxicos. Aunque nada de esto podía matarlos, el factor del dolor al regenerarse el cuerpo bastaba para disuadir a la mayoría de arriesgarse a sabiendas. Incluso Dial lo tenía -si bien se creía con el bastante ingenio para salir airoso- y por eso no le agradaron los pasos pesados ni ese sonido de resoplar. Eso, sumada a la anterior insistencia de Peter, lo convencieron de mantenerse en silencio, a la expectativa.
-Ya no hay pescado -respondió otro hombre de voz más joven. Casi susurraba-. Pero definitivamente hay alguien.
Arriba de la plataforma, antes de que su compañero pudiera decir algo en favor o en contra, aquel mismo hombro saltó por encima de la barrera entre una superficie firme y el aire. Habiéndose sujetado a la madera, quedó colgando al borde hasta que se soltó y cumplió un aterrizaje limpio sobre la arena bajo el muelle. Casi oculto en las sombras, un indigente dormía dándole la espalda. Se volvió. Las aguas aún conservaban ondas revelando el movimiento previo.
Tres zapateos sobre la madera pretendieron llamar su atención. Ignorándolos del todo, el hombre se volvió hacia el indigente y lo apuntó con el arma.
-Dime ahora mismo quién estaba contigo.
El anciano parecía no haber escuchado nada. Y sin embargo, estaba convencido de que su respiración se había vuelto más lenta. Quitó el seguro del arma, de manera que se oyera el clic que hacía, y repitió la pregunta.
-Espera un momento -espetó quien lo miraba desde el muelle. Con cierto trabajo, pues no tenía la agilidad del otro, se dejó caer por el borde y, balanceándose un poco, cayó junto a él. Al reincorporarse y quitarse suciedades invisibles de su vestimenta parecía desdeñoso de haber tenido que recurrir a eso y al mismo tiempo muy poco dispuesto a dejar que alguien lo refiriera. Se ajustó las solapas de su sobretodo. Dando una mirada altiva alrededor, detuvo ésta en el blanco de esa noche. Arqueó las cejas-. Conozco a este tipo.
-No me digas -replicó él.
Por mero respeto a su compañero no había tirado ya del gatillo. No escuchada nada proveniente del agua, sonido de ahogado o de aire pasando por una pajita hasta unos pulmones bajo el agua. No obstante, ese aroma peculiar, salado, de pescado y algo humano flotaba en al aire.
-Sí, sí, es el mismo pervertido que ofrece a las mujeres en verano frotarles la espalda con el aceite o el protector solar. Mujeres de su edad o gordas -recordó el otro-. No sabía que era indigente. En verano no se ve así.
-Pues ya ves -dijo él con un tono socarrón. El corazón del viejo prácticamente se había detenido-. Tal vez olvidó las llaves de su departamento, desde el cual espía a las vecinas con unos binoculares. Él sabe quién estaba aquí. Tiene algo suyo que lleva su olor.
-Eres peor que un perro busca drogas -comentó su compañero, sonriente, sin dejar en claro la presencia o ausencia de ironía. Como no tenía mucha paciencia, aceleró las cosas dándole a Peter una patada en un costado. Pese al quejido resultante, continuó empujándolo con el pie hasta que quedó al descubierto lo que tenía bajo el cuerpo. Lo recogió-. ¿Hablabas de esto?
Él olfateó la prenda, una capa, todavía húmeda y asintió. Ahora los dos lo apuntaban a un mismo tiempo. Peter los miraba sin el menor rastro de su borrachera anterior, tras haber comprendido la inutilidad de su fingimiento. El mayor estaba más cerca y el cañón, amenazador ante sus propias narices, a centímetros de ésta, parecía un pozo infinito, brillante y mortífero.
-¿Quién andaba contigo hace unos momentos? -repitió el fornido-. El chico o quien sea se va a acabar ahogando o saldrá y lo atraparé, así que de nada sirve que te hagas el tonto.
-No puedo decírselos, señor -respondió el viejo estremeciéndose-. Y si espera que salga, esperará en vano. Resiste muy bien bajo el agua.
-¿Sabes lo fácil que sería matarte ahora? -inquirió el mayor-. Sólo un insignificante disparo y bum, adiós al aceite bronceador y las tetas caídas. Por cierto, ¿por qué las buscas gordas?
-Ellas no suelen oponerse, señor -dijo el anciano calmándose un poco, pues esa era su área-. Les gusta que un hombre que no luzca como yo las mire. Por eso procuro cambiarme antes del verano. Se dejan porque saben que nadie más lo hará.
-Oye, eso es de mal gusto -opinó el fornido frunciendo el ceño-. He conocido mujeres más gordas de las que verás en tu vida y tienen el autoestima tan alta que resultan insoportables.
-No lo dudo, señor, pero usted ve, con las modelos de hoy en día la belleza femenina se pone cada vez más en duda. Antes estaba bien tener unos rollitos. Ahora si no eres un palo no mereces ser vista.
-Eso es cierto -dijo el mayor volviéndose hacia el fornido-. Sivila tiene por los menos 100 recetas para bajar de peso, y no importa lo que le diga, siempre insiste en que debe seguirlas. Y sin embargo, no deja de comer sus dulces ni tomar sus gaseosas. ¡Quién la entiende!
-Los dulces son muy ricos -asintió el anciano, como justificando tal accionar.
-De todos modos -continuó su charla el mayor y acercó un poco más su arma a su blanco-, ¿vas a decirnos qué fue de tu amiguito o agregamos un misterio más a los diarios de mañana? Digo, suponiendo que te descubran antes de que alguien se queje por el mal olor.
El anciano tragó.
-Realmente preferiría que no, señor. Él no va a salir y lo más probable es que ya esté lejos de aquí.
-No es posible -contradijo el otro, el fornido-. Estas aguas tienen tiburones. Se lo comerán.
-La juventud, señor -dijo el anciano como una aseveración-. Los jóvenes hacen locuras. ¿Y sabía que no hay tiburones que coman humanos realmente?
-¿De veras? -preguntó el mayor.
-Sí, eso me dijo un amigo mío, que está muy cerca de los peces. Es de esos frikis del mar, ¿sabe usted? Y le fascina todo el tema. No hay tiburones que deban comer carne de humanos, por mucha película que haya al respecto.
-Mira tú -dijo el mayor a su compañero-. No lo sabía.
-Pero aun así no puede ser tan idiota de andar nadando toda la noche -repuso el fornido y se volvió a ver las aguas tranquilas. El barco hacía tiempo había desaparecido. No se apreciaba ni pajita ni movimiento alguno-. Tiene que salir en algún momento para asegurarse de que no hay peligro.
-Miren, ¿por qué no arreglamos esto de otra manera? -propuso el anciano levantando las manos en señal de paz, sin considerar que él no estaba armado y por lo tanto era inútil el gesto-. Ustedes se van a sus hogares y si alguien me pregunta diré que vi unos puertorriqueños en la playa, contemplando el barco y riéndose. Con el detonador en mano.
-¿Y cómo podemos estar seguros de que no le dijiste ya todo a tu amigo y éste no nos va a denunciar?
-¿Cómo son los puertorriqueños? -quiso saber el mayor.
Peter prefirió contestar esa pregunta.
-Los dos son altos como postes y llevan rastas hasta los hombros. No, uno lo llevaba así. El otro lo llevaba recogido en una coleta.
-¿Por qué un puertorriqueño tendría rastas? No tiene sentido.
El anciano se encogió de hombros.
-Yo no conozco la moda de los jóvenes, señor. Tal vez, con la globalización de la televisión hubieran podido ver ese estilo en alguna película y decidieran copiarlo.
-Mal. Copiar estilos de la televisión es señal de baja autoestima y los dos tipos que tienen las pelotas de reírse tras estallar un barco no son viles plagiadores.
-A lo mejor los obligaron. Podrían estar drogados.
-¿Dejar que un drogadicto lleve el detonador de una bomba? Eso es absurdo.
-Bueno -espetó el anciano algo ofuscado-, es todo lo que se me ocurre. Si tiene una idea mejor, me gustaría oírla.
-¡Ya se la había dicho, viejo tonto! Yo lo mato, me llevo al sabueso y me voy a acostar con mi novia a casa. En mi cama. Total, nadie va a llorar por usted.
Y al decir esto unió su mano con la otra, para dar mayor firmeza a su puntería. Peter cerró los ojos, y por primera vez en lo que iba de años, se le ocurrió rezar a Dios. ¡Si tan sólo recordara el padrenuestro! Pero no llegó a necesitarlo, porque un repentino chapoteo se produjo en las aguas. Los dos matones giraron. Peter abrió un ojo para ver el busto de Dial sobresaliendo del manto cristalino, su cabello al rojo vivo brillando como aceitado a la luna y las branquias moviéndose rítmicamente. El joven abrió la boca y un sutil movimiento de la lengua fue el preludio para su canto mágico.
-¡Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti! ¡Te deseamos, amiguito, feliz cumpleaños a ti!
Aquello fue lo último que recordarían los matones. Bajaron los brazos y sus miradas se perdieron en la nada. Mientras Dial salía del agua y entonaba la misma canción mientras sus rasgos de tritón desaparecían, con algunas inflexiones, Peter se dio cuenta de que seguía pensando por sí mismo. El tritón tomó la capa que el matón más alto había dejado caer y se la anudó en la cintura para cubrir sus miembros humanos. Era increíble verlo realizar tales acciones sin perder el ritmo ni una sola vez. Con las mentes de los matones a su disposición, los acompañó hasta el final del muelle, desde los obligó a subir hacia arriba y luego esperarlo. Dial no tenía idea de en qué habían llegado, de modo que la única orden que prevalecía sobre su canto en su propia mente era la siguiente:
"Vuelvan como vinieron, vuelvan como vinieron"
Así continuó hasta que se detuvieron en un estacionamiento público cerca de la playa, al lado de uno de esos modelos de auto que Dial sólo veía en películas. Su asombro y admiración casi le hicieron olvidarse de la canción para preguntar cuánto les había costado y si se podía plegar el techo, a pesar de lucir tan sólido. Pero a tiempo recuperó la conciencia de la situación y siguió cantando para los matones, que entraron en el auto tras desactivar la alarma. Pronto los había perdido en la distancia. El hechizo duraría sólo hasta que llegaran a sus casas.
Agotado por manejar tanta energía mágica, Dial fue prácticamente arrastrándose hasta donde estaba Peter, que seguía sentado en su sitio. Lo miraba con asombro.
-¿Feliz cumpleaños? -preguntó el viejo.
-Era la única letra que se me ocurrió -repuso Dial encogiéndose de hombros. Se dejó caer en la arena pesadamente-. Sabes que no me gusta tararear. ¿Cómo estás?
-Creo que me hice encima.
-Bien, entonces no pasó nada -Dial contempló el océano-. ¿Quiénes eran?
-Malos hombres, chico. Racistas además. No aceptan a los puertorriqueños.
-Tomaste tu whisky mientras no estaba, ¿cierto?
-No negaré ni aceptaré esa acusación -repuso el viejo solemnemente y un hipido devastó su posición neutral-. Tal vez un poco. Al demonio -Peter sacó su botella querido y de un tirón se la bebió hasta el fondo, como si nada más importara-. Acabo de tener una experiencia cercana con la muerte. Me medezco un trago. Me merezco un trago, perdón.
-El fortachón era algo lindo, ¿no crees? -preguntó Dial como al descuido, ignorándolo, todavía viendo el espejo del cielo.
-De esas cosas no sé, chico. A ti te interesan, dímelo tú.
-Sí, lástima que no era humano.
Peter sufrió otro hipido, esperando, deseando en algún rincón sobrio y tímido de su mente, haber oído mal.
-¿Cómo?
-Que se hace tarde y debería regresar a casa.
"Eso ni siquiera se parece" dijo la parte diminuta en el cerebro de Peter, que tenía una voz curiosamente parecida a un ratón. El resto prefirió hacer de cuenta que no había escuchado nada.
-¿Pod qué tan pronto? Normalmente -Otro hipido- te quedas hasta que amanece.
Había dado con las palabras justas para atraer la atención de Dial. El joven príncipe mostró todos los signos de la indignación recorriendo su cuerpo: primero por las manos, que se cerraron en puños; luego los dientes, que apretó con fuerza. Finalmente, y para desconcierto de Peter, un suspiro apenado. Al cabo de un rato murmuró algo tan bajo que todo en Peter estuvo seguro de no haber entendido ni una pizca.
-¿Qué?
-Estoy castigado, ¿feliz? -replicó con fiereza Dial-. Por faltar a esa tontería de pintar corales -Y con súbito fervor, agregó-: ¡Ni siquiera sabemos qué diablos es el calentamiento global!
-Mira "la verdad incómoda" con Al Gore, te aclarará muchas... dudas -Peter lo sabía, porque una vez se quedó viéndola en una tienda de electrodomésticos. Hasta que un empleado lo vio y llamó a seguridad para sacarlo. Se rascó la barba de hace más de tres días, reflexivo-. No sabía que a los príncipes se les podía castigar.
Los ojos de Dial giraron hacia él y en ellos, verdes clarísimos, brilló el convencimiento por las palabras oídas y la frustración por la consabida negativa.
-Pues al parecer sí se puede. Hoy mismo Padre lo demostró castigándome, luego de que a mis hermanas se les ocurriera la genialidad de hablarles de mi escapada. ¿Lo puedes creer? Después de tanto tiempo, ahora es que le dicen algo a Padre y debe ser el día en que aprendió una nueva palabra.
-Mal presagio -repuso Peter sin saber exactamente a qué se refería. Entendía a medias a su compañero. Lo que más ansiaba era echarse a dormir-. Bueno, ¿y no deberías irte ahora? Tu Padre va a preguntar por ti en algún momento. Porque ustedes no duermen, ¿cierto?
-Podemos hacerlo cuando queramos. El caso es que no lo necesitamos -explicó Dial y a continuación, mirando la luna, lanzó un suspiro.
Se restregó los ojos, sintiendo sus energías todavía bajas. Irguió su postura. Desanudó la capa para volver a ponérsela alrededor de la cabeza y los hombros. Despidió a Peter con un gesto de la mano. Vio que éste ya se había derrumbado sobre su lecho de arena y dando su salto a modo de flecha, se entregó a la plenitud de su hogar. Sus miembros humanos inferiores cosquillearon incesantes, como si les invadiera una corriente eléctrica, se juntaron y pronto volvía a tener su cola. Palpó su cuello, comprobando que había vuelto a su estado anterior, y por último, se aseguró de que la capa le cubriera bien la cabeza. Hecho lo cual se dispuso a nadar de vuelta a casa. De vuelta al castigo.
viernes 9 de octubre de 2009
Lo que el lápiz creó: microcuentos.
El color perfecto
La niña coloreó las rosas, el atardecer y el cabello de un hada. Todo rojo, todo vibrante, tomando luego esa tonalidad marrón que habla de cosas viejas. Era precioso.
La policía tocó a la puerta.
Un verdadero vampiro
El vampiro era cruel, malvado y sanguinario. Viajaba a través de la noche y la muerte, es el enemigo del sol y las frivolidades humanas.
¡Asómbrate de sus colmillos, vil mortal! Ten miedo de su andar furtivo y su mano veloz. ¡No lo mires, no parpadees, porque entonces será demasiado tarde!
-Tomy, cariño, no manches la alfombra mientras comes.
El vampiro de diez años apartó de sí el tomate desgarrado en sus manos ya manchadas.
-Estoy bebiendo la sangre de mi víctima.
-Lo que tú digas, querido. Luego te lavas las manos, ¿sí?
Bufó con un estudiado fastidio milenario por la ceguera humana. Y luego decían que el que tenía que ir al psicólogo era él.
La vejez no escapa
El día que el César notó que el oído comenzaba a fallarle, sucedieron muchas cosas. Recibió el dinero de los impuestos que le correspondía, mandó a matar a quienes se lo debían y tuvo que despachar a unas personas que le dijeron que tuviera cuidado con los burros porque lo estaban esperando. Se burló de estos últimos, claro, porque ninguna bestia de carga era nada ante el César… y descubrió poco después, ante ciertas puertas y ciertas escaleras, que no habían querido decir burros, sino Brutus.
El único testigo
La muñeca se llamaba Lydea, aunque nadie lo sabía porque nadie la llamaba. La rajadura que una caída olvidada dejó tiempo atrás en su rostro de porcelana, privándola de un ojo, la había dejado al fondo de la estantería, a merced de un recordatorio de mandarla a arreglar o desecharla que nunca se realizaba. Desde ahí ella presenció cómo el caballero de bigote negro acorralaba a la mujer de escote pronunciado contra el callejón frente a la tienda de Miss Bitter. Escuchó los gritos que de ahí salían, vio la sangre escurriéndose por la acera.
Al día siguiente la policía descubría que Miss Bitter no se había enterado de nada la noche anterior, mientras Lydea los miraba desde detrás de los floreros que la precedían. No podía hablar porque si nadie la recordaba carecía de vida y de voz. Lloró lágrimas de aire con su único ojo sano.
Los buenos viejos tiempos
Aunque don Felipe opinaba que dona Arminda, su vecina desde hace más de veinte años, es una dulce mujer, de esas que ya no hay, igualmente cree que es algo despistada. Y tal vez algo tocada de la cabeza.
-Yo nunca he creído en fantasmas, doña Arminda, ni lo haré nunca.
-¿Nunca, don Felipe?
-Como le digo.
-¿Y cómo se explica que estamos hablando, siendo que usted asistió a mi funeral y me vio en mi ataúd?
-Bueno, puedo equivocarme, pero pienso que se debe al hecho de que me enterraron hace un mes.
-Oh, lo siento. ¿Fue por el corazón?
-Yo diría que fue porque nadie conectó una campana aquí abajo ni me dejó una pala por si despertaba. Entérese, dona Arminda, en mis tiempos esto no pasaba. Antes se dejaban esas cosas, para no cometer errores como éste, ¿se acuerda?
-Sí, don Felipe.
-Los tiempos van para peor, se lo digo yo.
-Sí, don Felipe.
Mientras tanto, doña Arminda consideraba que su vecino tendía demasiado al pesimismo. Sin embargo, hubiera sido una falta de respeto decirle eso como bienvenida al mundo de los muertos, de modo que continuó tejiendo hilos espectrales entre sus dedos translúcidos con las flores que le dejaron sus sobrinos.
El castigo final
Castigo
La mujer tarareaba feliz sentada en el catre. Sabía que estaba sola, finalmente. Ya no podía molestarla. Entró entonces el espíritu de su marido y ella soltó la carcajada, derramando lágrimas frías. Se la llevaba del brazo, a paso firme, hacia el infierno al cual lo había arrojado.
-Te lo merecías, Ivan –dijo ella sonriente-. Fuiste un terrible esposo.
Los muertos no hablan, así lo constató el silencio. El histerismo no la abandonaba mientras recorrían el pasillo. No sintió los grilletes tintineando ni le importó la esponja húmeda sobre su cabeza. Cuando llegó el momento, sólo atinó a oír un chasquido lejano, metálico y antiguo.
“Son las puertas del averno, que se cierran tras de mí”, razonó.
Y entonces las sacudidas invaden su cuerpo.
sábado 12 de septiembre de 2009
La danza del tritón (Cap. I)
Una versión distinta de “La Sirenita”, aderezada con slash. Dedicado a mi hermana Runy, porque me dio la gana darle algo ^^
I
Bajo el mar se aburre uno mucho más
Al primer brillo dorado sobre el horizonte, Dial surgió de entre las aguas y barrió los alrededores con su mirada ambarina. Era un pequeño tritón de 100 años, precoz como todos los tritones hoy en día, y le gustaba buscar marineros por las mañanas. Lo que hacía con ellos variaba según el día. Una vez jugó a los pases con dos delfines usando la cabeza de uno, pero cuando los dientes del sujeto dejaron una línea marcada en su frente Dial ya no le encontró ninguna gracia. Lo devolvió al resto del cuerpo que se pudría al sol en la orilla del mar, ignorando el quejido de sus amigos, pensando, al ver la entrañas grisáceas, que los humanos se buscaban cosas así cuando se les ocurría desafiar a la naturaleza.
El joven había sido un pretendiente de una de sus ocho hermanas y, en calidad de enamorado tozudo, la siguió hasta las aguas infestadas de tiburones y en un intento de tomar en sus brazos el esbelto cuerpo recibió un centenar de poderosos colmillos que se plantaron en su carne. La balsa se volcó fácilmente. Se podría decir que tuvo suerte de que el tiburón ya hubiera comido antes porque sólo se comió un brazo, una pierna y unas pocas vísceras. Su hermana, que lo planeó más o menos así, recompensó al tiburón con un beso y éste lo aceptó sumisamente, si bien es sabido que los tiburones son seres poco dados a la efusividad.
Esa mañana no había mucho por donde escoger. Sólo dos barcos pesqueros de tamaños diminutos, cada uno pacientemente detenidos en determinada zona en espera de que los peces llenaran sus redes para sustentar si bien sus bolsillos o sus bocas ya repletas de maldiciones. Dial nadó en círculos manteniéndose bajo el agua, repitiendo para sí los curiosos insultos y preguntándose en qué podría entretenerse. Ayudar a sus hermanas a decorar los arrecifes para los peces estaba fuera de toda discusión, aunque no ignoraba que esa era una de sus obligaciones dado el presunto calentamiento global que atacaba a la tierra. Nadie tenía una idea clara de lo que esto era pero se oyó el término de un grupo de protesta haciendo una marcha por la playa, y aunque hubo mucha alegría por el hecho de que las aguas podrían crecer, la cantidad inaudita de agua salada estaba acabando con los preciosos recursos del agua dulce y el gran rey Neptuno dictaminó que todos debían poner un poco de su parte para evitar una verdadera tragedia. Siendo así, sabiendo que todo el mundo estaba poniendo sus aletas en acción, Dial se creía con todo el derecho de jugar por ahí y perturbar a los humanos.
Era divertido verlos atontarse por su belleza andrógina y contemplar con qué gracia eran capaces de caminar hacia un destino fatal, como si el borde del barco sólo fuera una corriente más de agua y ellos peces que la necesitaban para volver a respirar. Otras veces se dejaba atrapar por ellos y les prometía cosas ridículas a cambio de su liberación. “Te daré tres deseos”, “te llevaré ante mi rey”, “te entregaré a una de mis hermanas”, “te revelaré secretos que no puedes imaginar”. ¡Y los muy brutos se lo creían! Se rió recordando la única vez que casi falló; el investigador -que no dejaba de referirse a sí mismo como tal- aseguraba que finalmente tenía las pruebas por las que tanto había esperado, que ahora no tendrían más opción que creerle, y al final no pudo hacer nada ante el hechizo de su canto. Lo obligó a atarse un cajón grande lleno de hielo y peces ya muertos al cuello para a continuación lanzarse al mar. Fue su manera de vengarse por la media hora de arenga insufrible.
La mayoría de los marineros eran jóvenes nervudos que aparentaban mayor edad y viejos que parecían aun más viejos. A la mayoría los conocía de lejos y sabía que sus apariciones nunca eran tomadas en serio. Una vez les oyó decir que lo consideraban sólo un chaval, además de maricón, bromista de quinta y aunque no entendió muy bien estas palabras, no le gustó que se la dirigieran a él y decidió que ya no iba a honrarlos con su presencia. La verdad es que algunos le asustaban, con sus ganchos en mano, sus gestos hoscos y la manera en que destripaban los peces. Tan fácil como acomodar una cama de algas, mecánica e inexpresivamente. Los humanos que se ahogaban en el mar no le preocupaban, pero ver las tripas de seres con los que había estado compartiendo espacio unos segundos antes le disgustaba y a veces se imaginaba en esas mesas o sobre sus regazos, igual de pequeño que un pez, y el cuchillo grácil abriéndolo en canal. La imagen resultaba curiosa y asquerosa a un mismo tiempo, pero lo más preocupante era lo que pasaría después. Significaría un adiós al agua, a las risas bajo su manto cuando desconcertara a los incrédulos al agitar su cola, a elevar su voz con esa cadencia mágica que todos los de su especie poseían y sentir la excitación en su pecho al descubrir las miradas huecas, fascinadas, como rocas esperando su cincel.
De modo tal que solía concentrarse en extranjeros. Exploradores en busca de tesoros, pescadores novatos en esas aguas, humanos con sus cascos, sus botas y los largos tubos que le servían de respirar. Dial descubrió un placer especial al tomar uno de ellos y retorcerlo en sus manos mientras veía al intruso de las aguas ahogarse dentro del traje. En el último año había acabado con dos, y a un tercero lo dejó desmayado, aunque no supo que así fuera si no hasta después de verlo caminando por la orilla. Entonces le arrojó una concha porque se suponía que había muerto y a Dial no le gustaba que le tomaran el pelo.
Sin embargo, esa tarde no parecía augurarle nada especial. Había oído rumores de que cada vez más jóvenes realizaban lo que se llamaba surfear, y aunque no tenía idea de lo que fuera, sólo que tenía que ver con el agua, lo cierto es que los únicos jóvenes que veía eran de los que disponían a nada. Dial encontraba un atractivo extraño en sus pieles bronceadas y sus cabellos húmedos brillando al sol, incluso a sus voces de barítono. A ellos no los tocaba porque -y esto no se lo había dicho a nadie- le cohibían esa franca seguridad suya de ir tras sus amigos y ahogarlos en broma, para después reírse cuando llegaba la venganza. Él era el tritón más joven de toda Atlántida y sus hermanas le parecían demasiado sosas para ser compañeras de juegos. Esencialmente se entendía con los peces, pero del mismo modo que los hombres con sus perros, y a veces él también deseaba tener alguien con quien hablar. Cuando los veía solía regresar a casa más pronto.
Sin adolescentes, pescadores nuevos ni, en resumen, nada que llamara la atención, se vio resignado a volver cuando todavía no llegaba el mediodía. Como el niño que no dejaba de ser, Dial se aburría fácilmente.
¿A qué describir su regreso hasta la ciudad de Neptuno, el reencuentro con las ruinas devastadas y las estatuas de seres con dos piernas? El camino tan familiar había sido motivo del más vivo sentimiento de independencia en otros tiempos, porque podía ir y salir a su antojo, no obstante, ahora sólo mover la cola hasta llegar a sus calles de piedra, que ya conocía al dedillo. El imponente castillo de su padre se elevaba sobre una colina, como si en el gran derrumbamiento éste buscara destacarse siempre sobre la ciudad yaciente a sus pies. Dial buscó la habitación en el tercer piso y se arrebujó entre las sábanas de algas que tejiera su hermana. Anoche se entretuvo afilando su voz para ver cuánto alboroto podía causar en el mundo animal en la superficie. Hubo tanto ladrido de perro que incluso una bota fue arrojada al agua, en un obvio intento de dar al animal sobre el puente y que le ladraba como en un desafía a ver quién tenía la voz más molesta. Después de eso Dial dio con la bota y la tiró al perro, percibiendo la nota aguda del gemido lastimero con igual deleite que si fuera otro sonido de la naturaleza. Los tritones y las sirenas, aunque no tenían oportunidad de escucharla mucho, apreciaban la buena música. De modo que el sueño no demoró en posarse sobre sus párpados ya pesados, mientras el resto de la población estaba en plena actividad. No soñó nada. Nunca lo había hecho.
—
El sueño era casi como tomar agua para los seres del mar, después de poco tiempo abandonada ésta. Un minúsculo alivio que bien podría interpretarse como signo de pereza si se era muy severo, o el medio perfecto para matar el rato, si uno es lo que se llama perezoso. Para Dial era no jugar ni trabajar. Cerraba los ojos, y sin ningún esfuerzo, el tiempo ya había transcurrido lo suficiente para que el mundo adquiriera colores más llamativos. Lo que no fue en su caso, al menos no esa tarde, porque una garra blanca como perla le zarandeó el hombro, privándolo de la calma de la nada y asentando en él, por un momento, la vaga duda sobre quién era.
-¡Eres un maldito irresponsable, caprichoso y desconsiderado!
Janife no era conocida por su paciencia. Dial reparó en que los cabellos azules flotaban salvajemente alrededor del rostro de su hermana, y pensó que tanta belleza no tenía por qué contener tanta rabia. Lamentó una vez más que sintiera la necesidad de alterarse tan fácilmente por cada cosa. Con lo sencillo que era dejar que las cosas pasaran, simplemente, como agua por sus escamas.
-Hola -dijo sentándose en el lecho, que en realidad apenas contenía su peso.
Observó por la ventana pero la débil luz que iluminaba la ciudad no le dio una pista sobre en qué momento del día estaban. Janife ya chillaba de pura indignación.
-¿Cómo te atreves? ¡Hemos estado buscándote durante mucho tiempo, mientras tú, el señor príncipe, estaba cómodamente dormido! ¡Estábamos preocupadas, chiquillo malcriado! ¿Y tienes el descaro de decirme solamente hola?
-Tienes razón, soy un desconsiderado -dijo Dial con una sonrisa-. ¿Cómo te ha ido, querida hermana?
El rubor no era algo usual en las sirenas dada su natural sensualidad, pero a Janife acudieron dos manchas de un rosa pálido bajo su mirada enfurecida. Sin embargo, se había suavizado al oírle. Esa conversación había sucedido las suficientes veces para que supiera que no iba a tener gran efecto sobre el otro.
-Creíamos que te habían pescado de nuevo, Dial. Incluso llegué a pensar que me alegraría de que sucediera, a ver si aprendías a dejar un aviso antes de desaparecer por ahí -dijo con contundente reproche, recibiendo luego con una mueca despectiva el asentimiento sumiso de su hermano.
-Toda la razón, hermana. Toda la razón.
-Eres un imbécil -espetó Janife y lanzó un suspiro, expulsando pequeñas burbujas de aire que, elevándose veloces, quedaron atrapadas bajo el techo.
Dial pensó que las ayudaría a llegar a la superficie, donde se reunirían con sus hermanas bastardas, el aire no marino del exterior. No por primera vez se preguntó cómo se sentiría necesitar de esas burbujitas. Para ellos eran sólo desechos, energía que su cuerpo no requería y por tanto expulsaba.
-Vale -aceptó pese a sus pensamientos y, como le pareciera que estaba ensañándose sin razón con su hermana, agregó-: Me aburría trabajar en los arrecifes y me aburría estar en la superficie. No quería asustarlas.
Y era cierto. Y lo más cercano a una disculpa que podía aspirar Janife, así que lo aceptó sin más con un encogimiento desdeñoso de hombros, como si ni lo necesitara.
-Padre te está buscando.
Dial se quejó con un bufido, ocultando la inquietud que el aviso le produjo. No le gustaba enfrentarse a Padre.
-¿Por qué? -dijo lastimero.
Janife, sabiendo a qué se refería, montó de nuevo en cólera, ese caballo tan gritón. Sus manos a los costados se agitaron como si la potencia de éste fuera demasiada para contenerla.
-¡Porque nos tenías preocupadas, niño idiota!
—
La sala donde Padre solía recibirlos fue en otros tiempos una biblioteca y se hallaba al final de pasillo del segundo piso. Mientras Dial nadaba con deliberada languidez sobre los escalones de piedra, bajando, maldecía las bocas flojas de sus hermanas. No era, ni de lejos, la primera vez que huía de sus tareas para ir a la superficie y hacer de las suyas. ¿Por qué, entonces, el súbito interés por enterar a Neptuno? Generalmente todas se contentaban con dejar que la voz aguda de Janife le grabara en los tímpanos muy bien su parecer.
Deseaba darse la media vuelta y hacer de cuenta de que su hermana no le había dicho nada, pero no se atrevía a dar el aletazo necesario.
El problema con Padre no era la rigurosidad de sus reproches, si bien éstos no eran cosas que uno gustara de recibir con frecuencia. Si tan sólo eso fuera, Dial encajaría las palabras de la misma manera que hacía con las de Janife. Las oía, asentía y trataba de parecer reflexivo, para luego dejar que se las lleve al mar. Al final siempre sabía que su hermana lo quería, tal vez a pesar de ella misma. Pero cada vez que debía asistir ante él se sentía más pequeño que nunca, obligado a sentirse culpable, y temeroso de haberlo decepcionado; todo a un mismo tiempo, en una mezcolanza que lo desconcertaba y repelía a partes iguales. Arriba era un ser fantástico, un chaval loco, personaje de leyenda.
Con sus hermanas era el irreverente, irresponsable y, aunque les duela, simpático hermano. Con Padre era una cría de tritón, inseguro y sin el control de nada, un condenado a la espera de la sentencia. La mayor de las veces apreciaba a Padre, pero no cuando lo hacía sentir de ese modo. Casi se podía decir que le guardaba un poco de rencor porque nadie debería tener derecho de empequeñecerlo sin su permiso.
Ante las puertas de roble, Dial se detuvo unos momentos, la mirada baja y las manos cerradas. Pasaron unos segundos. Finalmente alzó la mirada, esbozó una sonrisa jovial y traspaso la entrada. La vasta habitación, donde sus estanterías todavía contenían libros inservibles bajo el agua, estaba iluminada por un recipiente de vidrio en el techo lleno de una luz verdosa, cuyo origen, cuando Dial preguntaba, sólo era “mágico”. Al final, frente a las altas ventanas, sobre una pila de libros hinchados, se alzaba el trono del soberano del mar. Dial nunca entendería por qué él era tan delgado, mientras su padre era puro músculo, brazos imponentes y barbilla partida. A pesar de la mata de cabellos rojos ondeando bajo la corona de oro, el delicado delineamiento de las cejas sobre los ojos de jade, no tenía nada de andrógino. Una vez le dijo que se vería igual si hiciera ejercicio. Dial afirmó que no valía la pena.
-Pasa, hijo -dijo con su voz profunda, retumbante y poderosa, que no admitía más que sumisión.
Dial obedeció, incapaz de mantener la sonrisa.
Que no se te olvide...


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