Ternura Despedazada

Novelas y relatos homoeróticos

Bienvenidos a Ternura Despedazada

He creado este blog con el propósito de difundir el contenido de mis obras originales, sean poemas, cuentos o historias más largas.

Antes de leer, les pediría que prestaran atención las siguieran las siguientes condiciones:

1_Los poemas pueden ser melancólicos/escuetos/satánicos o tan enfermos como les parezcan, pero son míos y, si quieren comentar, tengan la cortesía de no lanzarme análisis psicológicos o cualquier clase de cosa que tenga por objeto juzgarme, porque no tengo motivo para tolerarlo.

2_La mayoría de mis cuentos -si no es que todos- son de contenido homoeróticos (es decir, presentan relaciones sexuales entre entes del mismo sexo) y cuentan con sus respectivas advertencias. Si de antemano saben que algo no les va a gustar o de plano están en contra, por favor, guárdense los berrinches y vayan a donde se sientan más cómodos. Yo cumplí con mi deber como escritora advirtiendo, el resto es de su responsabilidad.

3_Parecería algo bastante obvio, pero como hay cada sujeto que se hace el despistado... todo aquí es de mi propiedad, cada poema, cada cuento y cada novela. No permito la copia de nada cuanto hay a menos que el interesado cuente con mi autorización expresa, siempre con la condición de presentarme el link y reconocer mi autoría. Para mí no es un halago que te copien y ni siquiera te digan, si no una vil falta de respeto; asimismo no me interesa si les gustó algo y por eso lo pusieron en "x" sitio sin consultarme. Link, reconocimiento y honestidad; es lo único que pido a cambio.

4_Todo aquí es simple ficción, es decir, ni conozco personas que hayan vivido las experiencias que pueda contar ni las he vivido. Si escribo que una chica se ha cortado, no salten a la conclusión de que yo lo he hecho, y si ven un nombre conocido, fue pura coincidencia y en lo absoluto intencional. No vean más allá de la pantalla porque las bases son imaginarias y asimismo el contenido.

5_Las críticas las recibo con los brazos abiertos, pero no tomen esto como vía libre para dárselas de sabihondos. Si no les agradó algo, me parece bien que me lo digan, pero con respeto y con la intención de que pueda mejorar, no solamente para lloriquearme. No puedo hacer nada si no les gusta que un chico se bese con otro chico, por decir un ejemplo.

6_Afiliarse es sencillo. Simplemente tienen que dejarme un comentario con el link a sus sitios, y si tienen, el botón correspondiente. El del blog presente es éste:


Image Hosted by ImageShack.us

Es todo por el momento. Disfruten, comenten o lo que se les ocurra.

Curiosos

viernes 21 de octubre de 2011

Pacto de sangre

Resumen: Idiota, dijo. Sonó a maldición. Era el 31 de Octubre.

Género: horror, shounen-ai.

A cada segundo que pasaba el olor del amanecer se hacía más potente. Olía a azufre y a polvo ancestral, como si el demonio quisiera recordarle en lo que se convertiría si dejaba que esa esencia lo ahogara. Era insoportable no poder eludirlo ni aún tapándose las fosas nasales y que su única opción fuera golpear la puerta, abollarla con su fuerza sobrenatural que decrecía por momentos, sin lograr romperla en lo absoluto. No era para sorprenderse en realidad, el maestro nunca permitiría que los reclusos tuvieran una mínima posibilidad de escapar. El problema era que ahora él era un recluso y el maestro estaba ahí afuera, luchando por apartar a los aldeanos que vinieron a exterminar al monstruo que era, mientras la noche culminaba.

¿Cuánto tiempo llevaba así? se preguntó desesperado. ¿Dos horas, diez minutos, veinte años?

Los pulmones se le retorcían en el pecho, estrujados por la misma bestia del pánico que había encerrado su voz y le impedían seguir lanzando sus amenazas de muerte, las que le habían dejado la garganta convertida en un tubo de tela seca. En su mente se repetían ruegos diversos acerca de que la puerta se abriera, de que el aroma acabara de impregnar su espíritu y el maestro tuviera el buen juicio de resguardarse en alguna parte antes de que fuera demasiado tarde, pero en el fondo sabía que no serviría de nada. Dios no lo había escuchado cuando era un esclavo negro y recibía azotes de sus amos únicamente porque desapareció un tenedor de plata, no lo escucharía ahora que se había convertido en asesino de sus hijos.

Un montón de cadenas pesadas moviéndose arriba, desenroscándose, el golpe de una gran madera contra el suelo lejano. Se quedó paralizado al advertirlos. Creyó que también oía los pasos de los intrusos sobre el puente y los de su maestro, perdiendo la batalla.

Era una broma horrible. Que un ser así, tan misterioso y encantador, pudiera ser vencido porque tenía sueño, como un niño mortal. No como un hombre, porque en la lucha por la supervivencia eran capaces de sacar fuerzas de lugares desconocidos y obtener al menos una oportunidad de triunfar. Para su maestro no sería así, pues el sueño se le impondría, celoso, dejándole apenas conciencia cuando su piel comenzara a arder, como una triste benevolencia del destino.

Desde que lo perdiera de vista había pasado demasiado tiempo, toda una eternidad para él. En su acelerado aletargamiento, sus piernas comenzaron a flaquear y a doblarse hasta que sus rodillas dieran con el suelo de piedra helada, apenas siendo consciente del dolor en sus manos. La piel se regeneraba rápidamente, sin cicatrices, y la modorra lo estaba dominando.

1

Cuando despertó no abrió los ojos de inmediato. Estaba muy cómodo ahí, estuviese donde estuviese, con la absoluta oscuridad como único escenario y la tranquilidad que lo envolvía. Sabía que iba a despertarse en algún momento y tendría que enfrentarse al hecho de que tal vez su maestro no volvería a ocupar el sarcófago con él de nuevo, pero no ahora. No mientras el aire olía a tierra y hierro y el piso sobre el cual se hallaba era un sólido soporte.

Hace unos años las cosas no habrían sido así. A lo mucho habría sentido lástima porque los secretos que encerraba su maestro se hubieran perdido. Le habría asqueado su comportamiento actual y habría odiado al maestro por llevarle a eso. Pero claro, hace unos años era un mortal aprendiz de hechicero chamán y las únicas veces que olía azufre era cuando lo utilizaba para alguna poción. Las cosas habían cambiado.

Tardó un buen rato en percatarse de que no estaba solo y que, de hecho, no lo había estado en ningún momento. La sospecha se le había infiltrado lentamente, como un aroma distante, junto a la certeza de que no había motivo para ponerse en guardia. Si fuera un mortal la sangre le habría advertido de inmediato y si era un inmortal también, aunque no del mismo modo. Además estaba en un calabozo cuya única entrada estaba sellada y por el frío en un costado de su rostro supo que aún estaba recostado contra ella. Entonces ¿de dónde había salido?

Mantenerse ciego le ayudaba a identificarla, de modo que lo hizo, concentrándose en sus sentidos ajenos a lo físico, y pronto notó algo más. Una especie de frío incorpóreo le estaba dando en las sienes, acariciándolas, de manera continua. La zona en que lo tocaba no entraba en contacto con el duro hierro. Y tampoco era frío, era más bien una ausencia de calor, de forma.

Abrió los ojos. Un hombre estaba arrodillado a su lado, sonriéndole con los codos de una camisa blanca sobre un par de pantalones negros y cabello negro recogido pulcramente en una coleta en la nuca. Las facciones masculinas revelaban la madurez completa, pero no existían marcas en su rostro, siendo esta una superficie lisa y brillante. Observarlo sonreír era ver labios estirándose y las mejillas elevándose como si fueran dos movimientos independientes. Uno podía imaginarse a los labios hacia arriba como una línea esbozada sobre un busto de mármol o los carillos moldeados hacia arriba para expresar natural pomposidad. No venía de él ningún aroma.

Sintió las lágrimas, aunque sus ojos desorbitados se encontraban secos. También un gemido, algo parecido a un sollozo, que desfalleció a medio camino. Después de lo que pensó fueron siglos de reconocer la figura de su maestro logró formar una única palabra en tono ronco, áspero.

—Idiota.

Sonó a maldición. El fantasma sólo siguió sonriendo. Era 31 de Octubre.

2

Una nueva noche se cernía sobre Nueva York y las estrellas habían desaparecido gracias a la cantidad de luces artificiales que inundaban el sigo XXI. El fragor interminable –para quien lo oyese- de los automóviles luchando por abrirse paso en las calles a base de bocinazos acompañó a Steve Marcell al salir de la tienda donde trabajaba.

El par de ojos que lo siguieran a partir de dos semanas atrás se desplazaron en lo alto del edificio donde se habían posado en su espera y luego una sombra, demasiado veloz para ser reconocible, saltó hacia el edificio siguiente sin esfuerzo, aunque abajo una calle atestada de coches y la acera marcaran la distancia.

El joven caminaba solo y lo única muestra de que ese día era Halloween consistía en el par de antenas de plástico que salían de entre sus rizos rubios, dorados hilos ensortijados sobre sí mismos, elegantemente desordenados y no lo bastante largos para ser considerados un mal intento de afro. Siguiendo la tradición la tienda había sido engalanada con carteles de huesos bailarines, brujas sobre escobas arriba de las cajas registradoras, calabazas que él mismo había tenido que colgar del techo muy en la mañana, momento en que en realidad parecían una ridiculez, como un anciano andando en triciclo, y telarañas falsas que daban asco tocarlas por lo reales que aparentaban ser.

Y el gerente, en un arranque de inaudita creatividad, había impuesto que para ese día los empleados usaran máscaras, antifaces o guantes de garras para mantener viva la imagen, lo que venía ser lo mismo a demostrar que la tienda –por ende, su gerente- estaba al tanto de las ocasiones especiales. Él sólo había llevado esas antenas, porque habían sido lo menos estorboso, y al final había estado tan cómodo con estas que aún no tenía ganas de quitárselas. Esa noche podía parecer un sujeto saliendo o dirigiéndose a una fiesta a los ojos de cualquiera.

Steve era alto, lo suficiente para simular veinticinco aunque tuviera veintitrés, y una tez regada por los rastros del acné dejados por los inicios de la adolescencia. Un rostro algo apático, casi despectivo la mayor parte del tiempo, pero no necesariamente menos atractivo por eso. Quizá no poseía la clase de belleza con la que uno sueña cada noche, mas sí a la que uno no le importaría ver iluminarse por la pasión y saberse responsable por ello. Vestía unos ajados pantalones jeans, una camiseta azul, y en los pies exentos de calcetines un par de zapatillas desgastadas.

Su departamento se ubicaba a sólo dos cuadras del trabajo. Después de subir los tres peldaños de la entrada, Steve buscó en sus bolsillos la llave que le permitiría abrir la puerta, pero no la encontró y se miró su mano vacía con el ceño fruncido. Probó suerte con el otro bolsillo, obteniendo igual resultado. Tras volver unos pasos atrás y convencerse de que no se lo había sacado en el trabajo, en su rostro comenzó a hacerse evidente el hecho de que, mal de males, había perdido las únicas llaves que tenía. Expresó pánico, desesperación, confusión. ¿A quién rayos hablaba para que le abriera? Despreciaba a todos sus vecinos.

Entonces escuchó un mugido provenir del callejón que discurría entre el edificio y un restaurante de comida hindú, seguido de un leve tintineo. Enseguida reconoció el sonido que hacía su llavero de vaca cuando se le apretaba el estómago rosado y se imaginó que algún animal callejero debió habérselo cogido en un momento de descuido; se disgustó, y con razón, pues el llavero le había costado treinta dólares y dos horas en una feria hace años y de repente un alguien iba, se lo quitaba y planeaba arrancarle las tripas de algodón. Sin embargo se obligó a relajarse rápidamente, ya que al menos conseguiría la puñetera llave y eso importaba más. Luego se quejaría de lo injusto que era el mundo.

Sin dudarlo encaminó hacia el callejón y lo que encontró a la luz de un foco sobre la puerta de empleados del restaurante fue únicamente su llavero abandonado en el suelo, casi al final del callejón, y sin ningún animal de custodio a la vista. Lo recogió sosteniéndolo del aro de metal del cual colgaban dos llaves, la del departamento y la de edificio de viviendas, comprobando que no había sido víctima de ningún ataque. Un poco sucio por estar en el suelo, pero nada más, ni siquiera estaba babeado. Empezó a preguntarse cómo diablos se habría activado el mugido si nada lo había tocado, cuando un súbito escalofrío le recorrió la espina dorsal, cortándole la respiración.

Antes de que se recuperase de la impresión, el vampiro apareció intempestivamente a sus espaldas, como salido de las sombras, naciendo de ellas, y le clavó los colmillos en el cuello. Apenas si tuvo tiempo de exhalar un gemido antes de que todo se volviera negro.

3

La sed inmortal, la conciente tortura que aplacaba al romper una vena, estaba remitiendo mientras el líquido continuaba manando al amparo de sus labios, desde el cuello de aquel joven insolente que no sabía un comino sobre nada.

Alguien debía darle la vida para que la suya fuera más manejable, aunque en ese caso no lo necesitaba. Podría haber escogido a otro joven del cual el mundo se alegraría aun más de librarse, pero había estado siguiendo a ese, esperando el ansiado día, únicamente por sus ojos intensamente azules; infinitamente insondables como el mismo cielo nocturno que observaba sus pasos desde hacía más de cinco siglos, aunque el abismo prometiera hundimiento, y más que fascinarle, irritaba. El pequeño desgraciado había estado prendado de una compañera suya que, al final, había resultado tener novio, y había intentado suicidarse con un cuchillo, para luego desmayarse porque no soportaba la visión de su propia sangre.

El chico suspiraba en largas entradas que publicaba en su blog pues, según su limitada comprensión, había perdido un gran amor. Él lo había visto en la tienda observándola y estaba seguro de que el amor no había tenido ninguna cabida en su atracción. Nadie se queda mirando diez minutos el pecho de quien está enamorado.

Pero eran esos ojos la pepita de oro enterrada en un mar de desechos, la única cualidad de la que no pensaba prescindir por más despreciable y patético que fuera su portador. Un par de estrellas vacuas en un cielo nublado que sólo necesitaban un cambio de luz y serían perfectas, serían el pozo de la inmortalidad que una vez le ofrecieron y no negó.

La sangre saltaba alegremente en su paladar, a chorros, como deseosa de complacer a quien la liberó de su cautiverio. Picaba en los labios, enviando corrientes de pura energía que excitaban los sentidos mejor que el toque de un amante, y se sentía como un cálido refugio mientras descendía por su garganta hasta que corazón que la recibía con ansias. El cuerpo sólo era el saco flácido con huesos que sostenía fácilmente entre sus brazos y los leves gemidos formaban parte del aire nocturno, de la muerte perpetua; ya no significaban algo para él.

Y llegó, finalmente, el momento en el que creyó que se ahogaría. No tuvo nada que ver con el volumen de la sangre, cuyo flujo se volvía cada vez más forzado y escaso, era la esencia vital de las minúsculas células de vida que la componían lo que parecía hincharse en su interior y abrumarlo hasta el mareo, al punto en que todo su ser tambaleaba. Normalmente esa la señal para dejar a la víctima, y de hecho el instinto en su interior eso mismo le exigía, pero se mantuvo firme y al cuerpo de Steve Marcell contra él. Dejaría que la Parca se paseara por su lengua a través de aquel que pronto sería cadáver y se la tragaría sin dudarlo.

Por debajo de todo esto, los latidos del joven se percibían como ondas en un vaso de agua, en contraste de los suyos, que bien podrían ser los blancos del martillo de Thor y hacían palpitar los pies. Los primeros se alargaban, agónicos, incapaces de luchar y por momentos se detenían sin que a nadie le importara.

Tres latidos. Dos latidos. Un latido… Y un suspiro fue la última obra que Steve Marcell ofreció al mundo.

4

Él también se había desmayado, pero a diferencia del chico, sus ojos sí volvieron a abrirse al cabo de unos momentos, encontrándose sin sorpresa sentado en el suelo húmedo y la espalda apoyada contra la pared del restaurante. Sabía que se trataba la del restaurante porque el foco de luz arriba de la puerta de salida de empleados –que no se abriría porque el cartel de cerrado había sido colgado en la entrada principal- se hallaba justo arriba de su cabeza, y al advertirla tuvo que apartar la vista hacia otra parte porque la repentina luminosidad le habían herido los ojos. En esa posición evaluó su estado, mientras su visión se habituaba; se sentía estimulado y perezoso a un mismo tiempo, con todo el cuerpo pesado pero el corazón bombeándole a viva potencia en medio de un arranque de adrenalina. En la boca se le asentaba un sabor metálico y sólo al segundo intento le fue posible separar la lengua del paladar.

Tales sensaciones no había vuelto a vivirlas desde hacía un largo tiempo pero se le hacían tan familiares como una manta con la que se hubiera acostumbrado a dormir. Palpó el suelo bajo su cuerpo, las definidas grietas, una humedad indefinible que parecía anunciar la lluvia. Tan parecido a la del castillo… pero apestaba a humanos vivos, a colillas de cigarrillo aplastadas. Un chicle que alguien se quitó con un centavo. Abrió los ojos, ubicando en el acto cada cosa del escenario. A unos pasos de él una sencilla gota de escarlata perlada, apestando a ya podrido para él. En la boca del callejón un par de antenas de plástico saltaban desde la cabeza erguida y rubia que miraba al cielo. Miró hacia arriba. Las nubes se habían tomado una licencia en su trabajo de ser un estorbo y la reina del cielo sonreía sobre todos sus hijos nocturnos con su brillo nacarado. Él se maravilló que fuera tan grande. Parecía que bastara subirse a una montaña y dar un salto para encontrarse encima. Siempre lucía así esa noche, sólo entonces, pero todavía asombraba a la vez que le aliviaba. Significaba que todo estaba bien, ningún error fue cometido.

Sus pasos no debían alertar a Steve Marcell. No lo hicieron en lo absoluto cuando le quitó el llavero del bolsillo. Sin embargo la cabeza rubia giró antes de que se pusiera a su lado y los labios carnosos pero pálidos le sonrieron. Los ojos azules habían recuperado el brillo que debieron tener desde el inicio, iluminados por la gratitud. No dejó que dijera una sola palabra: se limitó a estrecharlo entre sus brazos hasta que la presión hizo notar el leve movimiento del pecho buscando aire que tomar. Olfateó el cabello de la nuca, fragante de shampoo y un desodorante barato. Bajo él, una nada que respiraba, oía y hablaba como él mismo. La tranquila caricia detrás de su cuello, apartando cabellos y tela. Un beso sobre una vena que no palpitaba a la velocidad de los vivos pero vivía, existía y siempre estaría a su disposición.

El estremecimiento. No estaba completo. Sabía que no había terminado. Esa era sólo la primera parte. De su bolsillo trasero sacó una navaja nueva, gruesa, del tipo que los cazadores usan para despellejar a las bestias que encuentran indefensas tras un tiro de escopeta. Se la entregó a la mano de Steve Marcell y esperó con el alma en vilo, ansioso y conteniendo su impaciencia. La boca de Steve Marcel se curvó como si estuviera a punto de reírse pero un retazo de dulzura o comprensión se lo impidiera. De la mano lo guió de nuevo hacia el callejón, acercándose tanto como si quisiera engañar a cualquier curiosos haciéndole pensar que era uno de esos jóvenes que intentan ganarse el pan con la venta de su cuerpo. Nunca se habrían fijado en el brillo plateado de la navaja subiendo hasta el cuello del otro porque éste lo cubría y se ladeaba hacia él, buscando el toque filoso.

Los nudillos de Steve Marcell se tensaron para sostener con firmeza la pequeña arma y luego se relajaron a medida que se aproximaba la boca, abierta como la de un bebé acercándose al pecho de su madre. La navaja jamás había sido utilizada antes; eso se notaba por la facilidad con que rompió la piel, como un suave pastel que de tan abundante no puede evitar derramar su relleno de frambuesa. Ni una gota fue desperdiciada. El cuerpo que anteriormente era de Steve Marcell aprovechó cada una de ellas y de la boca de Steve Marcell fueron surgiendo lentamente, entre sangre de encías rotas los colmillos inmortales.

FIN

Baile de los idiotas

Resumen: Oh, joder, son tan nerds…

Género: shounen-ai

Después de la última timbrada del día, Samuel Wercher se dispuso a olvidarse completamente de la escuela. Con la mochila al hombro y un inmenso deseo de llegar a casa, recorrió los pasillos de la escuela secundaria Belgrano. Se detuvo unas calles más adelante, en una esquina tras la espalda de un hombre alto, más gordito que esbelto, y cabellera castaña revuelta en rulos incomprensibles. Parecía esperar a que el semáforo diera verde. Samuel levantó una pierna y le dio un ligero toque al trasero con su zapatilla desgastada.

El hombre -que más que hombre era un joven de 27 años y se llamaba Francis- se volteó y dos ojazos de color miel fijaron la vista sorprendidos en el muchacho esmirriado, de camisetas siempre demasiado grandes y nariz demasiado grande. Frunció el ceño, pero sonreía.

—No tienes nada mejor que hacer que andar pateándole el trasero a la gente, ¿no es cierto?

Tantos cigarrillos en su adolescencia le habían dejado una voz ligeramente rasposa. Samuel fingió confusión, colocando un dedo sobre los labios en aparente ingenuidad.

—No sé de qué me hablas —La inocencia perfecta—. ¿Vas a algún lado? —preguntó a continuación.

—No es que te importe —dijo Francis haciéndose el distraído, mirando hacia el cielo templado—, pero voy a comprar el último juego de Final Fantasy. Salió a la venta hace dos días.

Ahora sí lo miró. Oh, cómo le gustaba tomar por sorpresa a ese chico. Verlo abrir los ojos con estupefacción y la boca caída. Sigue teniendo frenillos. Tres meses más y hola sonrisa perfecta.

—¡No jodas! ¿Por qué no me enteré?

Ese “no jodas” sonó como el siseo de una serpiente olisqueando una jaula nueva. Había escupido un poco al hablar.

—Bueno, ahora lo sabes —Francis vio que ya podía cruzar la calle y señaló la otra esquina con la cabeza—. ¿Vienes?

Samuel se desinfló como un globo.

—No puedo —dijo y agitó un bolsillo –vacío- de su campera para dar a entender el motivo.

Francis disimuló no desilusionarse mucho.

—Oh.

No lo consiguió. No era buen actor. ¿Por qué no era buen actor? Trágalo, tierra.

—Posiblemente pueda pedirle a mamá algo la semana que viene, cuando cobre —dijo encerrando sus manos en ambos bolsillos, encogiéndose un poco de hombros.

El año pasado habría estado cerca del llanto berrinchudo, pero con el divorcio de sus padres… pues se había acostumbrado a esperar por las cosas, especialmente las que involucraran dinero. A veces no podía ni hablar de eso porque su madre encontraba cualquier cosa que le recordaba a su ex esposo, se ponía a llorar y Samuel se sentía una bestia por haber pensado en pedirle dinero.

Y tan incapaz se sentía de conseguir el videojuego ese día que no notó el sonrojo de Francis consecuente de su desliz, cosa que éste agradeció en silencio. Estaba sumamente mal y todo, pero en los últimos tiempos Francis agradecía –con una voz encerrada en lo más profundo de su mente, sin posibilidad de apelación- muchas de las desgracias de Samuel. Porque cuando no podía hablar con su madre, solía hablarle a él o visitarlo a su casa. Decía que era el único que no se quejaba todo el tiempo de que no le entendía por lo jodidos frenos.

—De todos modos puedes venir conmigo si quieres —ofreció Francis esperanzado—. Luego podemos probarlo en mi departamento.

No podía evitar estar orgulloso de decirlo. Mi departamento. Desde hace dos meses, Francis oficialmente se había librado del hogar que había compartido con su padre, los dos solos, desde que a su madre la alcanzara aquel tiroteo cuando tenía 16 años. Diez años y todavía dolía un poco, pero el sabor de la independencia que todo joven ansía ayudaba a aliviarlo. Mi departamento.

La cabeza de Samuel se movió a un lado y otro con pesadumbre. Mierda.

—Mamá va a trabajar hasta la tarde. Tengo que limpiar unos trastos y hacer la comida.

El año pasado tampoco habría hecho eso de ninguna manera. Antes se echaba en la cama mientras su hermano mayor se ocupaba de todo. Pero claro, el año pasado el hermano de Samuel no había sido aceptado en una universidad ubicada en el otro extremo de la ciudad y ni su madre había tenido un trabajo que la ocupara hasta la tarde. De todos modos todavía residía un ligero puchero en su expresión resignada.

—Entonces nos veremos más tarde —dijo Francis sin mayor ánimo, sintiéndose un poco culpable.

Podría haberse ofrecido al chico a acompañarlo y ayudarle, que de todas formas tenía el videojuego reservado, pero eso hubiera sido muy amable y él no era amable. Sólo un poco, lo suficiente. A Samuel le desconcertaría ver que había rebasado su límite de bondad por él. Y si le extrañaba su comportamiento, podría llegar a pensar en todas las veces en que lo miró más de la cuenta, en que lo ayudó con sus tareas aun cuando se suponía que era tutor de su hermano –dado lo cual se conocieron-, en que siempre lo recibía con una sonrisa que apenas alcanzaban sus labios; y tal vez concluyera que la amabilidad no tenía mucho que ver y sí que era el ser más patético sobre la tierra.

Los autos volaron a su lado y los cabellos negros de Samuel se agitaron golpeando sus facciones delgaduchas como latigazos. Se había perdido el momento de cruzar.

—Sí, claro —musitó Samuel y se alejó por la esquina en dirección a su casa.

La camiseta que llevaba mostraba incontables pliegues a cada movimiento, revelando cuanta tela sobraba sobre aquel cuerpo. Le había dicho una vez a Francis –sin que se lo preguntara, más bien queriendo descargar su frustración- que su madre decía que así le durarían más. Los pantalones al menos eran de su talla y perfilaban bien las piernas delgadas.

Francis suspiró cuando desapareció de su vista y apoyó la espalda contra una pared a la espera de que volviera la luz verde. Se estaba preguntando por qué no había ido con el chico y a la vez se rehusaba a moverse para alcanzarlo. <>

--

Francis encendió la luz de su apartamento de una habitación, baño, sala de estar-comedor-cocina y dejó la bolsa con el videojuego adentro sobre la mesa de la cocina-sala de estar-comedor. Miró la hornilla con una sartén encima y pensó en que no tenía ganas de limpiarla.

Había demasiado silencio mientras se dirigía a su cuarto y se echaba en la cama, suspirando. Qué diablos, había demasiado silencio cada vez que Samuel sacaba su cabecita morena de ahí. Con él había mucho barullo, gritos y risas que sonaban a rebuznos de mula, provenientes de la garganta de ambos. Había más vida que la que prodigaba él con sus miniaturas de las Guerras de las Galaxias, sus ejemplares del Hombre Araña y sus posters de Superman, siendo el único ser viviente.

A Francis una vez se le antojó aumentar la entrepierna del Hombre Araña con el Photoshop. Sintió tanta culpa como si hubiera profanado un monumento histórico y deshizo la imagen en miles de pedazos. A las tres semanas lo intentó de nuevo, pasó un dedo por el contorno abultado, por las piernas con músculos bien trazados y descubrió que no quería romperla

La tenía guardada en una caja de madera bajo la cama, junto a unos dibujos que había hecho basándose en un Peter Parker sin camiseta y un Superman destrozándose la suya para descubrir que no se había puesto su traje debajo. Todas serían consideradas una blasfemia por la mayoría de los admiradores y él claramente no tenía madera de dibujante, pero las conservaba bien y solía acariciarlas de vez en cuando.

Su madre había muerto sabiendo que dejaba atrás a un hijo homosexual y su padre moriría sabiendo lo mismo, pues se los había confesado teniendo 14 años. Sin dramas ni gritos de “¿por qué a mí?”. Fue algo casi decepcionante, como decir que le gustaba más el helado de limón que el de chocolate.

Simplemente le había preguntado a su madre, en medio de una cena con los tres en la mesa, qué diría si le decía que era gay. No sabría explicar con exactitud por qué había decidido hacerlo en ese momento; suponía que había sido una franca curiosidad por saber la opinión de ella.

La mujer se le quedó mirando durante un segundo, quizá evaluando si la pregunta iba en serio, y sugirió:

—¿Eres gay?

Le había tomado por sorpresa.

—Algo, creo. Me parece—y luego especificó, no sin pena por sus balbuceos—. Sí.

—Oh, bueno —Francis no creía que fuera a olvidar esos ojos como venado que van a atropellar. Después una luz de comprensión –el camión malo no te va a matar, Bambie, porque estás en la vereda- y finalmente una sonrisa un poco afectada—. Mientras seas feliz, cariño.

—Eso mismo —gruñó su padre, aliviado de no tener que dar mayor respuesta; siempre había sido un hombre lacónico por naturaleza.

Eso fue todo. Lo siguieron tratando como si fuera su único hijo. Descontando que su madre lo abrazaba más seguido y susurraba “mi bebito”, llenándole de besos la cara pese a su insistencia de que lo dejara en paz. Su padre no le hizo tantos mimos. Dios, cómo la extrañaba.

Vinieron los novios. Dos habían sido nerds –no veía por qué no llamarlos o llamarse como lo que eran- que conoció en las convenciones que se celebraban en el centro de la ciudad, fieles a las mismas historietas, series de televisión y videojuegos que él, pero que no sabían hablar de otra cosa que sus teorías de conspiración. Que si Expedientes X es un engaño del gobierno para hacernos creer que sólo es ficción, que si miras Hombres de Negro tres veces notas que los aliens son demasiado reales, que la Guerra de las Galaxias fue creada basándose en el Apocalipsis. En un principio era genial tener con quien hablar de esas cosas, pero luego se armaba el verdadero Apocalipsis cuando cometía el error de sugerir que Isaac Asimov no era el mejor autor de todos los tiempos. En lo que a Francis respectaba, nadie superaba a Oscar Wilde.

Más tarde llegó un chico punk, de cabello rosa levantado al estilo mohicano y ojos azules como cristales opacos, que recitaba pasajes de importantes clásicos sin equivocarse una coma y siempre sabía qué significaba cada palabra. Sorprendentemente, su vida sexual había sido el motivo de su separación. A través de un correo electrónico el chico punk le había sugerido armar un trío con su primo, y el silencio que le dio por respuesta pareció ser demasiada ofensa para continuar estar juntos. Francis permaneció una semana preguntándose si lo lamentaba o no. Acabó determinando que no tanto.

Observando una de sus queridas imágenes, Francis pensó nuevamente en Samuel. Se había vuelto tutor de matemáticas y física cuando se hartó de recurrir a su padre cuando deseaba algo hace tres años atrás, y el estudiante que había ayudado a pagar ese apartamento había sido el hermano de Samuel. Todavía podía acordarse de esa cara refunfuñada y desconfiada con que el muchacho le había abierto la puerta por primera vez y su mirada de halcón clavada en su nuca mientras trabajaban en el comedor, antes de retirarse. El chico contaba por entonces con 15 años y continuó mirándolo de aquella manera durante un mes entero, un mes en que lo ignoró completamente –él estaba ahí para ganar dinero después de todo, no para ponerse a discutir con un chiquillo consentido, categoría en la que Samuel entraba limpiamente.

Sin embargo, un día Francis se presentó a la casa vistiendo una camiseta de la última convención a la que había ido, donde un Superman levantaba sobre su cabeza una montaña en la que estaba escrito el título y el año presente con grandes caracteres. Antes de que Francis empezara una frase, Samuel señaló su prenda con un dedo como alambre cubierto de piel pálida y preguntó:

—¿Fuiste a esa convención?

Era la primera vez que le dirigía la palabra directamente. Por su tono parecía creer que se hubiera robado la remera en alguna parte o que él mismo había hecho el dibujo para pretender lo que no era. Un poco ofendido Francis contestó con firmeza que, en efecto, había ido. No tuvo que agregar el “¿y a ti qué te importa?” porque lo dejó implícito en su propia voz.

Percatándose de ello, Samuel se encogió de hombros poniendo las manos en los bolsillos. De repente su rostro no daba muestras de que deseaba escupirle, y en cambio se evidenciaba un ligero interés.

—Tienes suerte. Yo quería ir pero no había nadie que me llevara y mamá no me dejó ir en autobús—A juzgar por su cara amargada, todavía no había superado ese mal trago. No obstante, pronto volvió a relajarse—. Mi hermano todavía no vuelve de boxeo.

—Sólo iba a dejarle este libro que me pidió —aclaró Francis adelantando una bolsa de plástico cuyo contenido la deformaba en un rectángulo grueso. Samuel lo tomó sin que se lo pidieran, pero Francis no se retiró—. ¿Te gustan las convenciones de ciencia ficción y superhéroes?

Sabiendo que las posibilidades de hallar un compañero de aficiones fuera de la computadora o un edificio rodeado de otros nerd eran bajas, la emoción de Francis le hizo olvidar momentáneamente que hablaba con el mismo chico que hace unos segundos rogaba porque no abriera la puerta.

—No realmente. Sólo quería ver cómo eran.

Samuel repitió su movimiento anterior desviando la mirada con indiferencia, pero en el segundo de vacilación que le precedió Francis había encontrado su respuesta. Años de experiencia le habían enseñado a reconocer cuando otro no desea exteriorizar lo mucho que desea algo. Tal como su primer novio cuando le planteó la posibilidad de salir juntos, tal era la impresión que se llevaba de aquel chico. Probablemente debería ofenderse más que antes, pero en esos momentos sólo pudo experimentar la misma curiosidad que lo impulsó a confesarse a su familia, aunque no supo identificarla hasta que fue demasiado tarde.

—Oh —dijo con naturalidad, como si se lo hubiera tragado de inmediato—. Es una pena porque habrá otra la semana entrante y, si te interesara algo, quizá hubiera podido llevarte.

En el acto Francis se cuestionó de qué estaba hablando. ¿Acababa de lanzarle una invitación al odioso hermanito de un estudiante? Cayendo en cuenta de su estupidez, decidió asirse a la palabra de Samuel.

—Mejor olvídalo —dijo dando un paso hacia atrás. Y recordando cuál era el objeto de su visita, agregó—. Dile a tu hermano que revise los capítulos señalados.

Y se dio la media vuelta para marcharse, pero no hubo dado ni tres pasos cuando sintió una mano –un manojo de alambre apenas cubierto de carne- aferrarse a su brazo. Suspiró resignado. Se lo había esperado. No debió haber abierto la boca.

Cuando volteó se encontró con los ojos avellana de Samuel, que brillaban de pura irritación, y se clavaban sobre los suyos. No pudo evitar notar que la bolsa seguía colgando de su mano y el plástico crujía Por lo demás era otro el ofendido.

—¿Qué sucede contigo? ¿Sueles darle a la gente invitaciones para luego decirles que se olviden al siguiente segundo o sólo es cosa de hoy?

—Pero si no te interesa —remarcó Francis inocentemente, y tuvo que sonreír.

Las mejillas del joven se colorearon. Bien, se dijo Francis. Al menos tiene algo de vergüenza. Su mano le liberó con prontitud, como si le turbara el contacto. Se cruzó de brazos, desafiante.

—Bueno, sí, me interesa —replicó airado—. ¿Y?

Francis se preguntaba lo mismo. ¿Y ahora qué? No podía cometer la misma tontería dos veces si el chico lo odiaba tanto como sus miradas fulminantes le habían dado a entender tres días por semana. Aunque ahora que se daba cuenta de que tenía algo en común, le encontró menos lógica a ese desagrado salido de la nada.

—Me alegro por ti —espetó un poco desorientado. No estaba seguro de qué más se podía decir. ¿Ni sueñes que te llevaré conmigo porque me miraste mal, pequeño infeliz? Eso sonaba estúpido incluso en su cabeza—. Nos vemos —y nuevamente se giró, un poco azorado por su torpe despedida.

—Aguarda un momento —repuso Samuel adelantándose a él. Por sus mejillas se asomaba la prueba colorada de que él tampoco estaba muy convencido de su propia insistencia, pero el resto de su expresión facial daba señas de resolución—. Te dije que quiero ir a una convención.

—¿Y? —espetó Francis un tanto molesto.

—¿Cómo que “y”? Quiero ir y no deseo que me acompañen mis padres como si tuviera cinco años. A mi hermano no le interesaría y a ti sí. ¿No ves adónde estoy apuntando? —inquirió con una voz que parecía decir que estaba a un pelo de tildarlo de idiota.

Ahora Francis realmente maldecía el momento que se le ocurrió ponerse esa remera.

—¿Y eso en qué me deja? ¿Estoy obligado a llevarte únicamente porque nadie más puede?

No había pretendido sonar mordaz ni regañarle como a un niño, no realmente, pero la situación le estaba empezando a exasperar. Y también la actitud del chico, que al parecer no comprendía que sus deseos no tenían que ser sus órdenes.

—No obligado… —aclaró Samuel, añadiendo más colorete natural a su rostro anguloso. Si sus pómulos fueran más estrechos llegado a ese punto se asemejaría a una zanahoria narigona—. Sólo quiero ir, ¿vale? Si el problema es el dinero llevaré el mío y no te molestaré.

De acuerdo, era bueno saberlo. Pero el dinero no era en lo que pensaba. ¿No se suponía que ese chico le odiaba? Aunque si estuviera en su posición, reflexionó Francis, tal vez también se aguantaría a alguien que despreciara con tal de conseguir algo que ansiaba tanto. Y de todos modos, en realidad, no tenía nada grave contra Samuel. No lo conocía lo suficiente. Eran sus ojos de “lárgate de mi casa” la mayor molestia, pero se imaginaba que en un lugar público no se le quedaría mirando como asesino en serie cada vez que se encontraran.

Decir “¿prometes que te portarás bien?” le pareció ser demasiado pesado. En cualquier caso siempre podía marcharse y dejar que se las arreglara solo en el centro de la ciudad. Él no sería capaz de hacer algo así, claro, pero era un consuelo pensarlo.

—Vale.

--

No fue tan desagradable. De hecho, entre la admiración de Samuel, los gritos ensordecedores de la gente a su alrededor y visitar todos los puestos de historietas a los que eran aficionados, Francis descubrió que no le costaba sentir agrado por ese chico. Le recordaba a sí mismo en su fase inicial de nerditud, cuando decir en voz alta que idolatraba a Stan Lee y darse cuenta de que nadie lo miraba como bicho raro representaba todo un regocijo hasta entonces desconocido. Cuando participar de encuestas y sorteos era algo que emocionaban por su novedad y no sólo por la diversión que otorgaba.

Samuel, para su sorpresa, había respondido todas las respuesta de “¿Cuánto conoces a Hulk?” y cuando salieron del edificio, más tarde de lo que Francis hubiera imaginado, lucía una camiseta negra donde el hombre verde alzaba el pulgar con aprobación y una sonrisa en su rostro cuadrado.

Igual que muchos jóvenes en plena pubertad la voz de Samuel estaba infestada por incongruencias altas o bajas, como si no se decidiera a sonar grave o aguda y cambiara de opinión rápidamente, pero de eso no se percató Francis si no hasta que se vio alejado del gentío y caminaban hacia la parada de autobuses más cercana.

Resultaba gracioso escucharle, en parte porque sabía que esa etapa había acabado para él y también porque parecía la constatación del destino ineludible para cada adolescente. La nariz ganchuda se perfilaba en las sombras de los edificios como la silueta de una gárgola y sus risas no encontraban final. Sin embargo las gárgolas no serían capaces de reír con una alegría tan sincera.

—Oh, Dios, ha estado increíble —dijo con su voz de flauta desafinada cuando le preguntó si la había pasado bien, sentados ya en el autobús. Parecía haberse olvidado completamente de cualquier rencor que hubiera tenido contra él, y la verdad, hacía mucho tiempo que Francis no pensaba en eso—. No tenía idea de que hubiera habido tantas versiones de Batman.

—Más de nueve, sin contar las series —asintió Francis riendo de buena gana—. No creo que haya hombre con calzoncillos para afuera más explotado.

La flauta desafinada resopló en una nueva carcajada. Todo su pecho escuálido se agitaba bajo la amplia camiseta, sobre los huesos alargados de golpe que le daban ese aire de desgarbado.

—Tenemos que hacerlo otra vez —dijo Samuel cuando se calmó un poco, asintiendo alegre como si ya fuera un hecho.

No se percató de la velocidad con que la sonrisa abandonaba el rostro de Francis. ¿Quería hacerlo otra vez? ¿Con él?

—Claro.

Hace tiempo que nadie deseaba estar con él.

---

No hubo otras convenciones, pero sí ventas de libros, encuentros en la tienda de historietas y, pasado un tiempo, retos mutuos en los video juegos. Samuel era curioso y le interesaban esas cosas, y Francis se dio cuenta pronto de que él había llegado a ser quien le informara sobre todo. Él era su maestro de nerditud y, aparte de alumno, egoísta, narigón, Samuel podía llegar a ser un amigo.

—No puedo ir.

Francis tiró de sus cordones apoyando el teléfono contra su hombro. Acababa de volver a la casa de su padre, en la cual aún vivía, después de dar clases de matemáticas a otro chico, a cuya casa tuvo que llegar a pie porque no había encontrado ni un centavo para el colectivo. Le pagarían sus servicios educativos sólo a fin de mes y lo último del mes pasado se lo había gastado hace tres días en el alquiler de un DVD. Ahora trataba de hacerle entender a Samuel que tampoco tenía un centavo para ver la película que le mencionaba.

—¿Motivos?

A Francis le asombraba el cómo Samuel nunca decía “¿por qué?” a nada. Siempre decía “¿y tus razones son…?” o “a ver, justifícame eso”, como si la formulación de la sencilla pregunta fuera un signo de debilidad mental. No, Samuel prefería ordenar respuestas. Generalmente cuando le frustraban las respuestas anteriores. Francis no podía determinar cuándo se dio cuenta de esto.

—Porque no hay dinero, te lo dije —explicó sacándose las zapatillas, sintiendo un tremendo alivio en los pies—. Además, estoy cansado.

—No me vengas con esas —le dijo Samuel desde el otro lado de la línea—. Te lo pagaré todo, si quieres.

—No —insistió Francis de inmediato, sorprendido de que siquiera lo propusiera.

—Tengo dinero de la mesada que me dieron la semana pasada, y hay de sobra para dos entradas y lo que queramos en golosinas.

Lo estaba diciendo en serio. Francis reconocía que estaba hablando en serio pero la impresión le dejó mudo por unos instantes. Abrió la boca y descubrió que no le salía ni un balbuceo.

—Si no hablas tomaré tu silencio como una afirmación y te buscaré en taxi.

“Encima piensa pagar el traslado”, pensó impresionado, algo desorientado.

—Uno, dos…

—Basta —le espetó antes de que acabara—. ¿Por qué no vas con otro amigo que viva más cerca?

Francis sabía que los tenía. El vecino de al lado, por ejemplo. Buen muchacho, algo fornido, aunque poco conversador. Una vez jugaron un partido doble de tenis en la PlayStation y sólo hablaba para destacar los puntos que ganaba o maldecir los que ganaba Samuel. Francis los había oído desde la sala, mientras el hermano de Samuel luchaba contra unas ecuaciones de segundo grado.

—Porque ya te he llamado a ti. Vamos, te va a gustar.

Quería que él fuera. No quería ir con otro que con él. Como un capricho al que no iba a renunciar buscaba convencerlo. ¿Alguna vez alguien lo había hecho? El chico punk lo hizo algunas veces pero pensar en él siempre conllevaba rememorar la sexualidad que deseaba compartir y eso era algo por lo que Francis prefería no pasar. De modo que no, nadie más lo había querido sólo a él. Siempre el último en ser escogido en la escuela, el primero que se llama para hacer las tareas.

Y lo cierto era que le tentaba. Aquella película la había visto mencionarse por la Internet y muchos le dedicaban buenas críticas.

—¿Seguro? Sabes que los precios están por las nubes en el cine.

—Ni me lo menciones. Pero en serio, no hay problema. Tengo bastante.

—¿Cuánto? —preguntó Francis.

Si era una cifra lo suficientemente menor para dejarle sin nada apenas entraran en el cine, sería un no definitivo. Ya era bastante permitir que le pagaran algo sin poder retribuirle de momento con nada.

—Sesenta pesos sonantes y tunantes.

Seguro que ni siquiera sabía lo que era tunantes pero la frase rimada le arrancó una sonrisa. Con sesenta se las podían arreglar bien. De verdad, ¿tenía motivos para oponerse? Mientras fuera en taxi y no tuviera que andar a pie las calles que lo separaban del cine, no.

—¿Seguro que está bien? —inquirió.

—Sí, claro.

Francis miró su reloj de muñeca. Papá ya debería estar tomando su siesta antes de irse a trabajar en la ferretería de su hermano, el tío de Francis.

—Yo pago la próxima, que te conste.

Samuel se rió desde su casa. Francis se lo imaginó como la noche después de la convención, alegre, torpe y desafinado, pareciendo una gárgola pero no siendo una en lo absoluto. Se sintió contagiado de su alegría ya familiar y le gustó que así fuera, que fuera familiar.

—Más te vale. Nos vemos.

—Y gracias.

—De nada.

Cortaron. Francis sonreía mientras buscaba a dónde había dejado sus zapatillas. Todavía los padres de Samuel no se habían divorciado, todavía no se alegraba de que lo buscara cuando también estaba triste y sin dinero.

Y él aún tenía que dejar una nota para que su padre no se preocupara.

----

Cuando sucedió, Francis fue el primero en enterarse. Samuel llegó a las diez de la noche (justo a la hora en que cenaba) y luego de dos horas le preguntó si no le importaba que se quedara a dormir. No llamó a casa en ningún momento. Se limitó a aceptar la colcha en el suelo y dormir o fingir que dormía. A la mañana siguiente le contó todo: la enorme pelea que echó todo al traste, lo enojado que estaba papá y el grito final de mamá antes de salir azotando la puerta. Hablaba como un autómata, como si el asunto no tuviera nada que ver con él, pero apretaba la taza de café en sus manos con tal que si no fuera de cerámica el líquido ya habría sido derramado. Francis sugirió que jugaran un poco y luego podría llevarlo a casa si quería. Al principio creyó que Samuel sólo escucharía lo primero. Luego, asomando por primera vez un rasgo de madurez, dijo que estaba bien. Sólo eso. Que estaba bien.

Las visitas a partir de ese punto se iniciaron casi diarias.

---

Francis se dio cuenta relativamente pronto de que algo pasaba con él. Su cuerpo buscaba el contacto o la cercanía del cuerpo del chico cada vez que lo tenía en frente. El día en que no escuchara de él o no lo viera se sentía inquieto, como ansioso y se preguntaba con una frecuencia inaudita qué es lo que estaría haciendo él. Como el descubrimiento de que era gay, la iluminación le llegó de súbito, tan clara y obvia como si un hombrecito verde le aporreara el rostro con un bate espacial. Intentó discernir cuándo había empezado a desarrollar esa necesidad, pero fue imposible determinar cuánto tiempo había pasado hasta ahora.

No resolvió no decir nada. Simplemente, jamás sintió que podía decirlo y esperar que todo siguiera como antes. Le gustaba las cosas como estaban ahora, Samuel buscándole, él disfrutando de su compañía sin angustiarse porque no recibiera otra cosa. Daba por descontado que lo suyo era unilateral, que el apego de Samuel era tan amistoso como alguien tan indiferente como él podía tener hacia una persona que le agradaba. Samuel quería a un amigo, bien, él estaba feliz de serlo. Lo demás, que era de su completa responsabilidad, podía olvidarlo, ignorarlo, dejarlo de lado, no importaba. Obviamente era lo mejor para los dos.

---

En la escuela de Samuel se organizó una fiesta en honor al fin de curso. Luego de ella los chicos continuarían celebrando en otro sitio, la finca del tío de alguien, donde la verdadera fiesta daría inicio. Las chicas se volvían locas hablando acerca de lo que vestirían, los chicos se volvían locos hablando de las bebidas alcohólicas que probarían no por primera vez y que legalmente no podían. Samuel no tenía más opción que oírlos durante los recreos, las horas libres, los momentos en que una profesora a la que poco le importaba ganarse su salario aplanaba su trasero y los dejaba a su aire como si estuvieran en hora libre. Samuel no podía aguantarlo más.

Todo el asunto le resbalaba, le daba lo mismo, no quería saber de él, pero no existía momento en que no oyera al respecto, como si sus compañeros conspiraran todos juntos nada más para lucir lo más imbéciles posible frente a él. Por eso, cada vez que iba a casa de Francis, sólo lograba relajarse por completo luego de haber pronunciado todos los comentarios en protesta que no podía decir en la escuela porque ya sabía cómo lo mirarían todos. ¡Como si fuera su obligación, su deber como ser humano entusiasmarse por una estúpida fiesta que sólo servía para coronar la condena escolar! Meneaba la cabeza y, por fin, liberado de sus frustraciones, dejaba de castigar los pobres controles del videojuego.

Francis se solidarizaba de la mejor manera posible: diciéndole que, cuando él estaba en el colegio, tampoco le gustaban esas fiestas. Mucho ruido, mucho borracho suelto, mucha música que ni le gustaba y retumbaba en sus oídos. Una vez uno de sus compañeros bebidos fue atropellado por un camión de camino al kiosco de la esquina para buscar más cerveza. Quedó con un brazo roto y una pierna amoratada, nada más (pudo ser mil veces peor), pero los noticieros hicieron tal alarde de dramatismo que papá le echó la mayor y más larga bronca hasta entonces. Hasta él prefirió al final que se quedara en casa haciendo cosas que sí le divertían (incluyendo masturbarse pensando en el Hombre Araña, aunque eso esperaba que no lo supiera y tampoco lo mencionó)

Samuel agregó que lo peor era su hermano, que, vete a saber por qué, se tomaba como algo personal su negativa y no dejaba de recalcarle lo pendejo que era por no querer ir. Claro, a veces hablaba sin el insulto pero la insistencia siempre estaba ahí y él ya estaba hasta el culo de escucharle. Francis compartió su disgusto diciendo que lo mejor era no hacerle caso, para qué si son tonterías, mejor dedicarse cada uno a lo que quería y punto. En su fuero interno le gustaban sobre todo los momentos como ese, en los que se sentía requerido y útil.

A Samuel le pasaba algo así. Francis era la única persona en su vida (de las pocas que dejaba entrar) que no le sacaban en cara su aislamiento social, no le discutía las razones de su molestia y lo dejaba ser, simplemente. Cuando uno no tiene la costumbre de abrirse a todo mundo aprendía a apreciar a un oyente dispuesto que no le engendrara desconfianza. Se volvía una costumbre o una cuestión acción-reacción, a saber: cada vez que se molestaba, se aburría, necesitaba hablar, a la casa de Francis. Simple pero importante para ambos, necesario hasta el punto en que les hubiera sido muy difícil recordar cómo eran sus vidas antes del otro.

Por lo tanto, era de esperar lo siguiente. Tarde o temprano cualquiera de los dos lo diría, pero Samuel tomó la palabra primero preguntando, como si tal cosa, si la noche del “baile de los idiotas” (epíteto que recibió el evento de manera oficial entre los dos, influenciado, ni duda cabe, por el vocabulario asimilado de la televisión y libros traducidos del inglés al español) podía quedarse en su casa a dormir. El día caía un fin de semana. Francis literalmente no tenía planeado que hacer para esa fecha por lo que aceptó sin pensarlo mucho.

---

Mientras otros jóvenes se entusiasmaban enviándose mensajes, chateando o llamándose unos a otros para hablar de lo que harían antes, después y durante la fiesta, Samuel llegó al departamento antes de que siquiera anocheciera. Francis confesó que lo esperaba para más tarde pero no importó, pues les daba tiempo de sobra para escoger un buen trío de películas, preparar un colchón extra en el cuarto principal y comprar todo lo necesario para entretener al estómago antes de ordenar la verdadera cena.

Francis recordaba con un retazo de melancolía indefinible la otra única situación parecida a la presente. Su amigo por aquel entonces había tenido la idea de que se quedaran en su casa para una maratón de un actor al cual los dos admiraban. Nada extraordinario había sucedido durante la noche: comieron, bebieron, jugaron, rieron, durmieron. Pero formó una de esas veces en las que uno se sentía tan satisfecho de estar vivo que era imposible eludir el recuerdo.

En medio de la noche, él tardó más tiempo que el otro en conciliar el sueño. Ambos colchones en el suelo, altura igual para que Francis pudiera apreciar la forma desordenada en que la ropa de su amigo mostraba un vientre totalmente plano, pálido, con un pequeño ombligo como un agujero negro capaz de devorarlo todo a su paso. No pretenía abstraerse en esa imagen, pero así fue. Pensaba en los relatos fanfics que había leído por la red, donde el sexo entre los personajes impulsaba toda la trama y una parte de él se preguntó cómo reaccionaría si su amigo de pronto despertara y la noche diera un giro de ángulo desconocido como sucedía en ellos. ¿Se espantaría, intentaría echarlo hacia atrás, lo golpearía?

Y la respuesta que le envió su cuerpo fue bastante clara: no, no lo rechazaría. Puede que el miedo algo tuviera que ver (después de todo, jamás había vivido una experiencia de esa magnitud, sólo la había leído), pero en esencia, en lo más profundo de sí, no lo rechazaría. Incluso puede que lo deseara. Si el otro quisiera tocarle o le permitiera tocarlo…pero en cuanto el calor comenzó a concentrarse en su sexo, se apresuró en darse la vuelta y dedicarse a la contemplación de la pared hasta que los ojos se le cerraron por fuerza mayor.

Esa, aunque nunca se lo dijera a nadie, era la confirmación que estaba esperando sin saberlo. La señal que sería tan obvia y esclarecedora que hacía a uno darse cuenta de las cosas y si no se lo captaba no quedaba de otra que reconocerse un redomado imbécil.

¿Y Samuel? ¡A saber! El sexo o derivados jamás constituyó un tema central en ninguna de sus conversaciones, y en general el chico no se entusiasmaba por llevarlas hacia ahí. Bien los dos podrían haber sido seres asexuados provenientes de otra galaxia donde la reproducción iba por cuenta de cada uno y gran cosa no habría cambiado.

Lo único que se podía sacar en limpio era que los fortachones juguetes de Hulk y otros héroes le parecían un espantoso ejemplo de abuso de esteroides, que no le cabía en la cabeza qué le podrían ver cualquier mujer a ellos por muy buenos que fueran cuando no estaban ocupados destrozando las calles o las camisas que llevaban, dejándose “casualmente” los pantaloncillos de siempre. Las figuras de Mujer Maravilla, Mujer Araña y otras Mujeres le dejaban indiferente. Para él, Mary Jane era una estúpida, Halle Berry no sabía elegir sus roles y la princesa Leia, no sabía determinar la razón, era nada más que una mosquita muerta, biquini dorado o no.

Otro en el lugar de Francis podría haberle dicho “hombre, algo tiene que gustarte” pero eso no iba con su personalidad. En primer lugar, el asunto no le quitaba el sueño. En segundo lugar, si a él nadie lo presionó para salir del armario no veía motivo para empezar a hacerlo con otro, que a saber si no resultará sólo más confundido.

Los gritos de las personas se mezclaban con el sonido ensordecedor de los edificios destrozándose al paso de la bestia. Bolsas de papas fritas y golosinas decoraban la zona alrededor del televisor como un montón de planetas declarando su lealtad a aquel sol electrónico. Pizza sin humo que echar, desmembrada hasta que no quedarse más que con aceitunas indeseadas. Coca burbujeando en sendos vasos, como alquitrán del que una bestia prehistórica quisiera emerger y exclamar “oigan, yo también puedo espantar”

La película Francis ya la había visto pero Samuel no. Razón suficiente para que ahora los dos la estuvieran viendo. Antes de llevársela Samuel le había sometido a un apurado interrogatorio acerca de la trama para saber de antemano a lo que se encontraría. A Samuel no le importaba llenarse de spoilers. Las sorpresas que tantos defendían podrían resultar en decepciones que era mejor proveer. Aún mientras la veía, el más joven necesitaba más detalles como si no pudiera aguantarse a ver las profecías cumplidas para pedir otra.

—¿La novia del protagonista muere? ¿Cómo se llama esa cosa? ¿Saben de dónde vino? ¿Y esas cosas? ¿No se reproducen? ¿Explotan, así nada más, sin ninguna cura? ¿Cómo acaban con él? ¿Cómo se llamaba ese tipo? Te apuesto lo que quieras a que eso lo sacaron de Jurasic Park.

Las preguntas a veces volvían en nada a los diálogos, pero Francis le contestaba con paciencia. Total, ya la había visto. Todos acaban muertos. Todos, todos mueren. Ni un miserable perro queda con vida. La ciudad entera arrasada por el gobierno para liquidar a la criatura. Samuel estaba satisfecho con ese final.

—Hubiera sido demasiado fácil hacer que vivieran felices por siempre —comentó, acurrucándose en su rincón del sofá.

La noche ahora sí había caído. Las cervezas comenzarían a ser descorchadas en el baile de los idiotas. Un frío indefinido comenzaba a infiltrarse en el departamento. Francis fue a por un par de mantas mientras Samuel sacaba el DVD y colocaba uno nuevo, el de una película que ninguno de los dos había visto. Una vez de vuelta a su posición anterior, Francis se encargó de cubrirlo con una de las mantas y la otra la dejó sobre sus rodillas como un abuelito en su mecedora. Samuel se convirtió en un ovillo en el acto, ayudándose con una mano cubierta a taparse los pies para no dejar ningún hueco sin abrigar y, satisfecho con su resultado, se sonrió satisfecho. Al verlo así un arrebato de ternura llenó todo el pecho de Francis y sin meditaciones de por medio, se estiró a revolverle el pelo.

—Póngase cómodo el nene —le dijo sonriente.

Samuel le apartó la mano de encima con un mohín de disgusto.

—No jodas, boludo —respondió, arrebujándose en su pequeño refugio.

—Vale, tranquilo —dijo Francis.

Se volvió a sentar, invadido por una curiosa sensación de simple bienestar. Si Samuel realmente se hubiera molestado ni siquiera le habría dedicado una palabra. Por eso seguía tranquila.

Casi al final de la segunda película las señales del sueño comenzaron a manifestarse en ellos, haciendo una confirmación inconsciente de que el bostezo era un mal contagioso, pues apenas acababa uno de cerrar la boca, el otro estiraba los labios y dejaba salir ese aire no sabían cómo contenido dentro. Nadie dijo directamente que fueran a la cama. Samuel mencionó que era mejor dejar la última para la mañana y Francis no hizo más que estar de acuerdo. Recogieron y tiraron todo lo que había por recoger y tirar.

Francis puso sábanas limpias sobre el colchón, ahuecó una almohada extra y extendió un cubrecama mientras Samuel lo observaba desde su cama, todavía conservando la manta sobre sus hombros y sosteniéndola con una mano sobre el pecho como una capa de la nobleza.

—Aquí está su lugar de descanso, majestad —dijo Francis, haciendo una pequeña reverencia.

Samuel no dijo nada. Se limitó a dejarse rodar desde la cama hasta ahí abajo, aterrizando bocabajo en la posición correcta. Todavía se movió un poco, subiendo las capas de tela para que le cubran en lugar de estar abajo. Apresó la almohada entre sus brazos como un osito Teddy que iba a salvarlo de la oscuridad, ya cerrados los ojos. Francis percibió de nuevo ese impulso de tocarlo o quedarse mirándole, pero se apresuró en cambiarse la ropa que llevaba por una camiseta cualquiera que usaba a modo de pijama y apagó las luces habiéndose acostado.

---

Los fines de semana Francis jamás dejaba activado el despertador. Despertó con las luces encendidas, naturalmente y sin sufrir sobresaltos. Frotó sus ojos para quitarse minúsculas lagañas y su mirada se dirigió hacia abajo. El manchón multicolor que, se deducía, era el colchón de Samuel yacía olvidado, sin el manchón que era su amigo en medio. Dos triángulos no muy lejos de ahí eran presumiblemente las zapatillas abandonadas que llevara el más joven desde ayer. Oyó entonces un sonido de vajilla tocándose y el agua correr por el grifo.

Cocina. Desayuno. Claro, aún era temprano. Se puso los anteojos y acomodó un poco las cosas antes de buscar una camiseta que ponerse. Escogió por puro azar una azul con la gran S de Superman impresa en el pecho. También se dejó unas medias gruesas porque el suelo todavía conservaba el frío de la noche.

En su pequeña cocina-comedor, Samuel estaba sentado a la mesa. Había venido ya tantas veces que no era en lo absoluto extraño que se manejara por ahí como si estuviera en su propia casa. Por eso a Francis no le extrañó descubrir que ya había preparado un café con leche en la máquina o que rodajas de pan se tostaban sobre una de las hornallas. Fue él quien la apagó y las puso todas en un plato, acomodándose luego frente al más joven.

—Buenos días —dijo—. Después de esto ¿quieres que veamos la película?

—Sí, claro, me parece bien —respondió él, dejando al otro desconcertado.

Apenas ayer quien más entusiasmo mostró por haber visto el título ahora actuaba como si le diera lo mismo. Francis comenzó a tomar nota de otros detalles: el café con leche de Samuel apenas había sido tocado.

—¿Te pasa algo? —inquirió.

—No sé —respondió él, levantando exageradamente los hombros y mirándole de soslayo—. Es que anoche encontré una caja debajo de la cama…

El corazón de Francis se aceleró en el acto. Los latidos le sonaron en los oídos. ¡Hacía semanas que no pensaba en la maldita caja, ahí, acumulando polvo debajo de él! Jamás había hablado de su sexualidad frente a Samuel. Parecía que nunca hubiera habido necesidad. Hacerse el loco no se le daba bien y Samuel no sería tan tonto para creerse que la caja era un asunto completamente ajeno a su amigo. Suponiendo que todavía lo llamara así.

—¿Aja? —dijo, asombrándose del tono calmado que empleó—. ¿Y qué piensas de eso?

No tenía idea de cómo interpretar la reacción de Samuel hasta ahora. Sus delgados dedos estaban alrededor de la taza como una familia de serpientes que simplemente reposara sobre una roca.

—Si fuera Stan Lee dudo que me habría gustado eso —dijo haciendo de nuevo ese gesto de encogerse de hombros sin saber medir cuánto era demasiado—. Pero es tu vida, puedes hacer con ella lo que quieras. A mí en realidad no me molesta.

El organismo de Francis no se tranquilizó, todo lo contrario.

—¿Ah, sí? Qué bueno.

Entonces lo vio, la oportunidad perfecta para sacarse las dudas de una buena vez. Hasta entonces Francis no se había dado cuenta de qué tan parecida era esa sensación a la que debía tener un cazador que ha estado meses y meses agazapado en la oscuridad, estudiando, aguardando a que su presa hiciera acto de presencia para abalanzarse sobre ella. O eso suponía, porque no había ido de caza ni un día de su vida.

—¿Y vos qué? ¿No te interesan esas cosas? —preguntó como si tal cosa.

Un fruncimiento de cejas no le decía nada. Esperó.

—No sé —confesó pasado un tiempo, dudando de sus palabras—. Si me preguntas así de una, te diría que me gustan algunas chicas pero no me dan asco los chicos. Ahora, que me gusten los imbéciles de mis compañeros es otra cosa, yo digo en general. Ni me va ni me viene.

—Probablemente seas bisexual —comentó Francis calibrando su respuesta. No era en lo absoluto negativa. Pero tampoco positiva como habría deseado—. ¿Nunca has pensado estar con un chico?

No sabía adónde quería ir (a estar con él probablemente) ni cómo lo haría (y era verdad), pero sabía que no podía dejarlo deslizarse de entre sus manos. Debía coger el mando mientras aún estaba a su alcance.

—La verdad no —contestó Samuel después de haberlo meditado—. Aunque, para el caso, tampoco he pensado mucho estar con nadie. No es una cosa que me importe mucho en verdad. Si se da, se da pero no me voy a volver loco por eso.

—Claro, claro —dijo Francis, sintiéndose como un actor al que le quemaron su guión y nadie le explicó cuál era su personaje.

Acabaron de desayunar sin agregar palabra y luego vieron la película. Antes de la hora del almuerzo Samuel se fue a su casa diciendo que gracias por todo. ¿Qué hizo Francis apenas cerró la puerta? Lo único sensato por hacer: visitar al Hombre Araña bajo su cama.

FIN

domingo 11 de septiembre de 2011

Alas rotas

Estoy muerto. No sé cómo ni por qué.

Lo descubrí en el baño de la escuela durante el recreo. Venía sintiéndome extraño desde hacía unos días. Como si hubiera dormido con la ventana abierta toda la noche y todavía mi piel estuviera congelada. Me tocaba los antebrazos y el cuello para comprobar la temperatura pero me pareció que estaba bien. Mis manos no se sentían frías tampoco. Mi ventana estaba cerrada cuando me levanté. Todo parecía normal. Aun así, había algo raro. No podía quitármelo de la cabeza.

Quise preguntar a mamá cuánto frío había hecho anoche, ese primer día, pero nada más encontré una nota en el refrigerador diciendo que ella y papá habían tenido que salir temprano para una reunión de negocios, que volverían tarde y mejor me quedara en casa de Leo al terminar la escuela. Supongo que debió ser una reunión muy importante porque no me dejó nada de desayuno. No me quejo porque en realidad no tenía hambre, sólo esa cosa rara en la piel. Y de todos modos, incluso eso era normal.

Leo vino a buscarme con el auto último modelo que su padre había conseguido. Una real preciosura, había comentado. Yo la verdad de autos no sé nada. Era grande y cómodo, con eso me contentaba. Pero además tenía sus accesorios que más lo asemejaban a una casa rodante que cualquier cosa; a saber, pantalla de televisión, computadora con conexión wifi, reproductor de música, aire acondicionado, etc. Hasta una pequeña nevera de donde tomábamos gaseosas. No conducía su padre, claro, si no un par de tipos fortachones que también hacían de guardaespaldas personales de Leo. En la parte iba uno de ellos, con traje oscuro y la vista al frente, inmóvil. Nada más le faltaban los lentes de sol oscuros para completar la imagen, pero yo sabía que sólo se los pondría cuando hubiera que salir del auto. Cuando era más chico le pregunté a Leo por qué los usaban incluso durante la noche, que parecían idiotas. Entonces me dijo que era todo para disimular, así nadie sabe a quién están mirando y pueden ver lo que quieran libremente. Pero dentro del auto no hacía falta.

Me acuerdo de estas cosas nada más para no perder el hilo. Tengo que contar las cosas como son, después del uno sigue el dos, o no sé adónde iré a parar. No sé lo que ha sucedido, pero tal vez si voy despacio, con calma, termine por calmarme. Debo suponer que es así. Mientras pienso esto no puedo dejar de acordarme del libro de García Marquéz que nos dieron a leer en la escuela, "Crónicas de una muerte anunciada." O esa otra, "Pedro Páramo", de no recuerdo qué tipo, donde todos ya están muertos. La verdad sólo he leído el primero. Para el informe escrito que nos pidieron del otro saqué un resumen de Internet y lo pegué cambiándole unas palabras. Lo que quiero decir es que me pregunto cómo se supone que se siente un muerto. En la literatura basta que esté muerto, deje de respirar y ya. Todos sabemos su estado. Pero ¿y él? ¿Ese cadáver que sigue hablando qué piensa? Yo sé que pienso todavía, estoy pensando esto. Pero no sé qué hago aquí ni qué sucedió conmigo.

¿Ven? Estoy perdiendo el hilo ahora. Es como si me estuvieran por tomar una prueba importante y ni siquiera sé bien cuál es el tema. Uno está con las ideas revueltas, mezclando un dato con otro, cambiando fechas, y no tiene ni idea de quién hizo qué cosa o qué tiene que ver con qué. Por eso hay que ir paso a paso. A se relaciona con B y B se relaciona con C, que a su vez se relaciona con D y así todo el abecedario. Es más fácil así. Nadie me enseñó eso. Después de la última vez que me hice una ensalada con una prueba de Matemáticas (que aprobé a gatas), hice ese sistema, donde para acordarme de una cosa primero debía recordar la anterior, como si fuera una escalera que iba subiendo. No hay ninguna ciencia oculta en subir una escalera, es sólo un escalón por vez. A la larga todo se junta y tiene sentido. Más fácil.

Así que iba en la parte trasera con Leo y su guardaespaldas, un sujeto del que ni sabía el nombre y me daba vergüenza preguntar. El auto era tan grande que el guardaespaldas podía sentarse frente a nosotros y en medio todavía había bastante espacio para la pequeña nevera. Al accionarse un botón del techo bajaba una pantalla de televisión, que también servía para pasar DVD, pero cuando íbamos a la escuela nunca la usábamos. No usábamos ninguno de los accesorios mucho, en realidad. Me acuerdo de una o dos ocasiones en que Leo investigaba cierto tema en su celular usando el wifi y un viaje largo hace un año en la que nos la pasamos viendo toda la saga de "Volver al futuro", comiendo lo que había en la nevera, pero nada más. No sé por qué creen en la escuela que Leo es presumido. Su padre tiene dinero (es uno de lo más ricos en el país), pero cuando hablas con él no lo parece. Nunca está hablando de lo que tiene, de lo que va a conseguir o los viajes que ha hecho. Tiene menos pinta de snob que muchos de nuestros compañeros que sólo se dan aires cuando cumplen años y sus padres se permiten malcriarlos. En su ropa lo único carito que tiene son las zapatillas deportivas de marca que compra cuando se le gastan las anteriores, y se le gastan rápido nada más porque vive para el basket. Para otras cosas parecería que hasta le avergüenza el lujo que lo rodea.

Cuando era más pequeño sí que me impresionó descubrir que vivía en una mansión, que a los tipos que lo buscaban al finalizar las clases les pagaban para protegerlo de tipos malos y tenía tantas cosas nuevas. Los autos grandes, de cristales polarizados, eran intimidantes para cualquiera, sobre todo para un niño de ocho años, que fue cuando supe la posición económica del nuevo amigo que había hecho. Me dijo entonces que venía de una escuela privada en tal ciudad, de la que lo sacaron cuando su mamá murió y su papá quiso mudarse. Podrían haberlo enviado a otra privada pero a su padre se le ocurrió una pública, vayan a saber por qué. Más tarde me comentó que su creía que así se formaba el carácter; encogiéndose de hombros lo dijo, movimiento que yo repetí en respuesta.

Estaba lloviendo la primera vez que me subí al auto detrás de él. Salíamos de la escuela y parecía que se había hecho de noche, tan oscuro se había vuelto el cielo. Mis padres no aparecían por ningún lado y yo ni siquiera tenía paraguas, así que me estaba helando de los pies a la cabeza. Había surgido no sé qué problema en el trabajo (mis padres trabajan en la misma compañía, diferentes secciones) y cada uno creía que el otro había salido para buscarme. Yo seguía esperando bajo un árbol cerca de las puertas del colegio, sin que el árbol sirviera para nada como refugio, y Leo se me acercó, cubriéndome con el paraguas que sus guardaespaldas le trajeron. Nos sentábamos juntos en clases y nos llevábamos bien. Ahí me preguntó qué pasaba, si no me buscaban y que si quería me podía llevar a casa. Dudé mucho porque no quería preocupar a mis padres si llegaban y no me encontraban, pero acabé aceptando cuando Leo agregó que podía llamar a casa. La calefacción estaba prendida. Uno de los fortachones marcó los números que le decía en un teléfono pegado al apoyabrazos y yo lo miraba como embobado al aparato porque no me parecía de verdad, si no de juguete, solo que funcionaba igual que uno cuando me lo pasaron y oí la voz de mamá.

Desde entonces, para ahorrarles tiempo a mis padres, Leo es quien me busca de casa al colegio y en viceversa. A él no le molesta porque sólo significa una parada en el camino que de todas maneras toma. Esa mañana, al verme, preguntó qué me pasaba. Como ni yo mismo lo sabía, no podía responderle otra cosa si no que sólo tenía sueño. Pensé que a lo mejor eso realmente lo que sucedía. Supe por su mirada que no lo dejé del todo convencido. A medida que pasaba el día y la sensación no desaparecía, si no que parecía hacerse más clara, mi extrañeza debió pasarse a mi cara porque más de una vez atrapé a Leo observándome, con cara de preocupado. Tal vez esperaba que me pusiera a vomitar o qué sé yo. No me habría sorprendido para nada acabar haciéndolo. A eso lo hubiera entendido, carajo.

Me están ganando los nervios, poniéndome en blanco. No puedo salir con esta herida en la muñeca. Ni siquiera creo que vaya a cerrarse alguna vez, ya ni me duele. Oh, Dios. Creo que faltaré a la clase que sigue. Gracias al cielo es la última.

A ver, necesito calmarme. Repasar las cosas, como antes de una prueba. Es lo único que me queda, supongo, ya que no tengo idea de nada.

Estaba insensible, con cara rara y en la clase de Lengua. El profesor hablaba sobre literatura española. No tenía los apuntes de la última clase, se los pedí a Leo y copiaba mientras él tomaba los de ahora. En algún momento me corté con el papel. Vi el corte y me llevé el dedo a la boca, pero no salía sangre y, ahora que lo pienso, tampoco dolía. Llevármelo a la boca fue sólo un reflejo, uno que me negué un poco avergonzado al darme cuenta. Debió ser demasiado superficial porque, la verdad, si no lo veía ni me enteraba. Eso pensé entonces pero ahora...

No debo perder el hilo. Veamos. Continué con lo mío hasta la última hora. Teníamos entrenamiento de basketball. Yo no soy tan conocedor del deporte como Leo, que se sabe el nombre de todos los jugadores importantes y hasta el de sus mascotas, pero me gusta mantenerme en movimiento. Se siente bien cuando arrojas la bola, sin saber bien qué pasará, y resulta en anotación. Cuando se lo festeja juntos es cuando un equipo realmente lo es, eso es lo que pienso. No importa qué tan bien jueguen juntos, si no pueden compartir todos la alegría no hay verdadero compañerismo. Pero aun así es bueno estar ahí. Por un rato no existe nada más en el mundo que la pelota y el aro. El tenerla, no tenerla, buscarla, bloquearla, cuidar su posición. Es todo en lo que uno piensa. No hay nada más.

Ese rechinido que hacen las zapatillas sobre el piso me encanta. Si tuviera que elegir una palabra para describirlo sería velocidad. A pesar de lo de esa mañana, me notaba en mejor estado que nunca. Creí que me había dado un golpe de suerte, pero Leo dijo que era yo que andaba más rápido, más confiado y no sé, a lo mejor tenía razón. Debí haber sabido que algo andaba mal cuando noté que después de un tiempo ni siquiera tenía sed. Me había puesto desodorante en balde porque no había sudado nada. Tomé el trago que me ofrecieron, pero yo sabía que no me hacía falta.

¿Será posible que lo hubiera sabido? ¿Que mi cuerpo ya no necesitaba nada porque sencillamente había dejado de funcionar? ¿Pero cómo? Sigo aquí. Físicamente sigo aquí. Sé que no soy un fantasma porque todos pueden verme, oírme, tocarme. No atravieso paredes y estoy bastante seguro de que tampoco puedo flotar. ¿Entonces qué? ¿Me he convertido en un vampiro que puede andar a la luz del sol? No tengo hambre de nada. Como y bebo cuando debo, pero hambre no. Ni de sangre ni de agua ni de comida. Estoy cayendo en cuenta de todas estas cosas y no puedo dejar de preguntarme qué me pasó, cuándo, cómo, por qué. Mierda. Lo malo no es el estar muerto, no. ¿Qué le puede importar a un muerto estar muerto? Lo malo es que no saber un carajo, igual de esa forma uno se imagina las peores cosas y no sabe qué creer.

Y eso no es todo. Encima no es todo. Por las noches pasa algo conmigo que no puedo explicar. Tengo sueños, pesadillas, muy confusas. Hay momentos en los que mi mente está literalmente en mente, como una pantalla de cine antes de que enciendan el proyector, y de esa misma pantalla surgen destellos y sonidos que no sé de dónde vienen. A veces son gritos de dolor, como si alguien estuviera siendo asesinado, y de cosas rompiéndose, vidrios o algo así, tan cerca que parecería que han sido destrozadas sobre mi oreja. Y una o dos veces creí identificar alarmas, silbatos, disparos. Los sonidos son los que me llegan más fácilmente. Las imágenes son borrosas, difusas y fácilmente se confunden. Nada más recuerdo algo con facilidad. Una cara de un tipo que nunca he visto, con lentes de marco azul y pelo castaño. Su expresión es como la del entrenador cuando dice que debemos cuidar la defensa; como si estuviera tenso y preocupado pero, porque sabe que es observado, aparenta calma, aunque igual se le nota. Una sola vez lo vi y ya se quedó en mi recuerdo para siempre. Es lo único claro que he conseguido de esas noches y la verdad no me preocupa.

Puede que sea un tío que tenía y se murió cuando era muy chico, yo qué sé. Hace un tiempo en una película oí que la mente humana jamás olvida nada; todo, hasta su primer aliento, lo almacena en las regiones más profundas del cerebro y todo eso tiene que ver con cómo es la personalidad de uno al crecer. Por lo último yo no pondría las manos en el fuego, pero creo que lo primero sí tiene sentido. La mente no puede ser como un estante cualquiera, que en cuanto se llena de nuevas cosas deja caer las otras. No pretendo ser un experto ni nada, pero más complicado que eso debe ser. Si no ¿cómo se explica que recuerde perfectamente cada noche en que me he quedado a dormir en la casa de Leo, varios cumpleaños y lo que me dieron en la Navidad de hace tres años? Pero sin embargo, por más que fuerzo la memoria, no sé qué cené el viernes pasado ni lo que hice, si me quedé en casa o qué. En fin, que el tipo no me preocupa.

Es la pantalla en blanco la que me pone de los nervios. Ese blanco con todos esos efectos de sonidos venidos de ninguna parte y la oscuridad que viene de pronto, una oscuridad consciente. Esa es la palabra que buscaba: consciente. Una oscuridad tan profunda que es como si te mirara de vuelta, esperando, nada más que esperando que des el paso equivocado en su dirección y estrellarte contra lo que sea haya en el fondo. Yo no quiero bajar por ahí. No sé lo que hay, pero no quiero averiguarlo. Demasiado tengo con ese maldito blanco, que vuelve cuando se le da la gana, dándome un puto susto de muerte.

He tratado de no dormir para no verlos a ninguno de los dos, pero inevitablemente, todas las noches, sucede lo mismo. Trato de concentrarme en lo que sea, en videojuegos o películas, pero mi mente acaba cediendo alrededor de la medianoche y no puedo hacer nada hasta la mañana siguiente, justo a tiempo para la escuela. No importa qué tan poco cansado esté, simplemente me apago, como si me hubieran dado un tiro en la nuca. Eso es algo que también me asusta.

Mamá y papá no me sirven de nada. Cada vez que estoy en casa y de casualidad ellos también, están o en el estudio, con las puertas y persianas cerradas (siempre he sabido que eso es señal de que quieren estar solos), o en su cuarto durmiendo. Sé que tampoco debería recurrir a ellos como un nene asustado de la oscuridad (una oscuridad ciega y tonta, benigna, no la otra), pero aunque lo hiciera ¿qué podrían decirme? Si hubiera muerto en algún accidente y revivido por alguna magia vudú ¿no lo sabrían ya? ¿Y si es que lo saben y no quieren estar cerca de su hijo zombie? Nunca han sido los padres más cariñosos antes. ¿Por qué lo serían ahora? Me acerco a la puerta de ambas habitaciones y es como si una alarma de pesimismo se me encendiera en el cerebro. Acabo marchándome esperando que no me hayan oído.

La campana. Yo no voy a ir. Lo siento, profe, no tengo ganas de oír su perorata algebraica hoy. Me río imaginándome diciéndoselo de frente a su cara agriada. Pero veo la piel cortada, que no cicatriza, y la sonrisa se me cae pesando como el plomo. No sé qué hacer.

Hay una cosa que me tiene preocupado además. Otra cosa más. Tiene que ver con los sonidos tras la pantalla blanca. Cuando todo está oscuro, no oigo nada, y por eso sólo me queda esa impresión de que alguien quiere atraerme hacia algo malo, peligroso para mí. Hace tres noches escuché tres disparos. Exactamente tres y el grito de una mujer, joven creo. Tres disparos, grito. Eso es todo lo que obtuve... déjame que me acuerde, cuatro noches atrás. Pues bien, como a los otros sonidos no iba a prestarle más atención hasta que vi de casualidad en el noticiero (andaba saliendo con Leo del cine, últimamente salimos todos los días) un video de seguridad. Justo en ese momento Leo había vuelto al cine porque se había olvidado el celular en su asiento. Yo me quedé viendo la noticia. Al parecer un invasor había entrado en un laboratorio electrónico experimental y lo destrozó todo. Se contaban siete muertos y cinco gravemente heridos. Conocía la compañía. Era parecida a la que controlaba el padre de Leo pero mucho más avanzados.

Ellos habían pasado de las computadoras, cámaras de alta definición, televisores de pantalla plana y otros aparatos para ir directo a lo extraordinario: mente humanas en máquinas. Así, supuestamente, las personas vivirían por siempre. Sus recuerdos, sus vivencias, todo rastro visible de su personalidad volverían a ser transmitidos electrónicamente por una computadora. La polémica que armaron generó protestas de todos los sectores imaginables, sobre todo por parte de los religioso, que defendían el derecho a la vida orgánica y detestaban lo lejos que había ido el orgullo del hombre al querer trascender la muerte. Había oído sobre eso durante una clase, en la cual la profesora se mostró claramente a favor de los religiosos y, más o menos con sutileza, nos invitaba a hacer lo mismo. Yo prefiero ser neutral en todo ese asunto. Es decir, no le veo la gracia a pasar los recuerdos de una persona a una máquina y pretender que esa máquina es la misma persona, pero tampoco veo en qué puede perjudicar a alguien hacerlo. No está lastimando a nadie.

Me estoy desviando del tema. Hablaba del noticiero que vi. Bueno, en sí la historia no me impresionó mucho. Lo lamento por los muertos y heridos, pero muchos se mueren todos los días y no voy a llorar por cada uno. Me impactó el video de seguridad, el único que tenía imágenes esclarecedoras acerca de lo que pasó. Los otros debieron ser destruidos y el invasor no reparó en esa cámara si no hasta el último momento, en el que se ve una mano oscura cubriendo la lente y luego se pierde la señal. Nada más fueron un minuto y tantos segundos de vídeo, pero el resto se aclaraba solo. Aparecía una mujer, de unos treinta y poco más, vestida como guardia de seguridad. Tenía la pistola contra la cadera al entrar en escena pero cuando se detuvo la sacó rápidamente y presionó el gatillo apuntando al frente. La cámara no tenía micrófono. Tres veces salieron luces brillantes del cañón del arma. Un momento de quietud, como de estupefacción. Y luego algo le daba en el cuello a la mujer, algo que la hizo soltar el revólver y llevarse las manos ahí. Se agitó -lo lamento por la crudeza- como una tonta, agitando las palmas y las piernas con las rodillas juntas, con la boca tan abierta que por poco se disloca la mandíbula. Un segundo más tarde estaba en el piso y la cámara era destruida. Sé que la mujer estaba gritando y el número de disparos era exacto.

Pensar en que pudiera haber una relación me abruma tanto que quedé en blanco y como en estado automático hasta que Leo apareció de nuevo. Al verme preguntó si todo estaba bien. Yo tuve que hacer tripas corazón (olvidar la pequeña voz que sugería que me iba a volver loco) y responderle que sí, todo bien. No pareció que mi respuesta lo reconfortaba en nada, pero al menos se guardó de hacer cualquier comentario mientras volvíamos a su casa. El bueno de Leo.

Vi el noticiero apenas ayer y hoy he decidido que ha llegado el colmo. Esta sensación en mi piel se ha vuelto tan molesta que es como si no la sintiera mía, como si me la hubieran prestado nada más y quisiera la mía de vuelta. La oscuridad había estado a punto de devorarme. Esta noche estuve muy cerca de caer, muy cerca y estoy cansado de temer. De modo que cuando sonó el timbre del recreo me escabullí de Leo y me oculté en el baño, fijándome por debajo de las puertas que fuera el único adentro. Tenía en la mano la trincheta de un compañero que tomé sin permiso. Presioné para que la hoja saliera hasta la mitad. Me mordí los labios, tanto que los debía tener blancos (o no, tal vez no lo estaban) y clavé la trincheta hasta el fondo de un solo golpe. La moví hacia mi dirección y la saqué, dejándola caer luego. Mi mano nunca había temblado con una pelota encima, pero ahora lo hacía. No podía entender lo que veía. Acaba de cortarme mi propia muñeca, uno de los métodos más comunes para el suicidio, y fue incluso más imperceptible que un corte de cabello.

Comencé a llorar. Sí, carajo, a llorar. No me dolía y para colmo no sangraba. Y cuando por fin lo entendí, que estaba muerto, aporreé las paredes del pequeño cubículo, levanté una pierna y le di de patadas a la puerta que oí al marco astillarse y noté el hueco que había hecho. En cuanto lo vieran iba a darnos la misma charla inútil sobre cuidar nuestra escuela que dieron cuando se descubrieron los graffiti en los pasillos. Tuve la bastante cordura para pensar que no quería que me echaran la charla sólo a mí, de modo que salí del cubículo y me metí a otro, pensando, pensando esto, tratando de averiguar qué fue mal. No encuentro nada. Es otro gran blanco en mi mente que se me escapa y tal vez la oscuridad .-el diablo, un brujo, una maldición- devoró.

No puedo seguir dándole vueltas a esto. No solo, no pienso aguantarlo. Hablaré con Leo. Gracias a Dios no tenemos entrenamiento hoy y mis padres de nuevo llegaran tarde, por lo que me quedaré a cenar en su casa. Espero que llegue de buen ánimo.

Me ha llegado un mensaje suyo. Pregunta dónde estoy y si pasa algo. No puedo pensar bien, así que me limito a teclear que sí, no hay problema, sólo una descompostura (cómo quisiera) y falta de ganas. Me responde rápido. Ok.

Sí, qué bien, me digo girando los ojos.

Leo llega sonriente y tiene ánimo conversador. Durante el viaje a la mansión no deja de comentarme acerca de distintas, incluso de películas que ya hemos visto o series que me quedan por ver. Trata de convencerme de retomar una que he dejado por falta de interés cuando nos detenemos frente a la reja de entrada. Como siempre, el guardaespaldas que conduce muestra una tarjeta laminada al encargado de seguridad. Y como siempre asiente, tira de una palanca y las grandes puertas de hierro se abren. Leo habla tanto que a penas espera una respuesta mía para seguir con otro tema. Su conducta me parece extraña y desconcertante, pero tengo mis propios problemas en los que concentrarme de modo que le dejo cacarear a placer.

De todos modos pronto descubro que no tengo valor para sacarlo a luz. La charlatanería de Leo y su insistencia de jugar a los videojuegos hasta la hora de cenar me ahorran el trabajo de buscar palabras, y en cambio me permiten relajarme en la bendición que es el silencio propio. Por supuesto, empatamos, y a las 8 de la noche él se hace traer la cena por un sirviente francés al que nunca le entiendo ni pío en un carrito que deja cerca del sofá donde nos sentamos. Devoramos pedazos de pizza y hablamos. Me encuentro de pronto de nuevo cómodo y, olvidándome para variar de mi aparente muerte y resurrección, le sigo la corriente a Leo sin ningún problema. Por fin, a las 10, con nada más que servilletas y vasos de gaseosa medio llenos entre nosotros, estoy lo bastante relajado para hablarle sobre lo que me pasa.

La calma se me va a medida que más palabras dejo que salgan. Intento, de forma acotada, hacerle entender el terror que he estado sintiendo los últimos días de mi propio cuerpo, sobre las pesadillas y el deseo intenso de no volver a pegar un ojo en la vida (¡o la muerte!). Hablo tan atropelladamente en mi prisa por incluirlo todo que dudo siquiera ser coherente pero Leo me mira con una pena simpática que me hace imposible el poder detenerme y hay momento en que creo que me entiende incluso. Lo quiero abrazar o quiero que me abrace, una de las dos, cualquiera, pero sólo sigo hablando y él jamás dice una palabra y cuando por fin finalizo enseñándole la herida que me hice exclama "¡Mierda!" y aparta la vista. Yo estoy ahí, sosteniéndome la muñeca como un cachorro abandonado al que no quiero que sacrifiquen, pero entiendo. Ver una cortada tan profunda, aun sin sangre, debe ser impresionante. Que le pregunten a la puerta del baño.

—Mierda —dice Leo con la respiración agitada, viéndome de reojo, como si ahora él fuera el aterrorizado—. ¿Te duele?

—No —respondo y tiro un poco del borde para demostrárselo—. Ese es el problema.

—Bien —dice él, desconcertándome, y traga saliva para hacer acopio de valor. Repite otro "bien", tan fuera de lugar como el anterior, y vuelve a observar el corte. Acerca a mí una mano temblorosa para tocarlo y una parte de mí se estremece cuando cubre la distancia entre los bordes con su pulgar, sintiéndolos en su propia piel. Con eso no iba a conseguir taparla. Alza los ojos y yo estoy seguro de que tiene miedo, tanto como yo. El hecho consigue aliviarme como no podría haber imaginado—. Bien, está bien. Iremos a hablar con mi padre, ¿está bien? Él te llevará con un doctor y te arreglará.

—Leo, no tiene caso. No hay sangre, no hay dolor. ¿No te dice eso ya bastante de lo que se puede hacer?

Pero en realidad no me escucha. Sus cejas rubias decaen sobre sus ojos y se levanta del sofá, da unos pasos sobre la alfombra y se inclina a abrazarme. No puedo sentirlo, no como debería, creo, pero me gusta que me toque y me agrada la manera en que su mano acaricia mi nuca, presionando ligeramente la base del cue...

----------------

La compañía Crucifix por años ha sido líder en tecnología en varios países de Occidente y actualmente hace grandes avances en los países latinoamericanos. Luego de la muerte del fundador, su presidente a cargo, Rafael De la Torre, tal vez por ser de madre argentina y padre español, impulso el movimiento durante una época clave de compañía. En sus últimos años el fundador había estado experimentando con lo que los medios conocían como TME (Transferencia Mental Electrónica) a causa de la muerte de su hija adoptiva, pero lo llevó a cabo clandestinamente, fuera del ojo público, así tuvo oportunidad de perfeccionar su trabajo a fin ofrecer una verdadera continuación de la vida humana. Se relación y fusionó con otras compañías que buscaban lo mismo, valiéndose de sus recursos y apoyo para dar forma a su ideal. Luego de varios prototipos que se presentaban como defectuosos en poco tiempo, por fin lo consiguió: una niñita rubia, alegre pero callada, devota de su padre y a nadie más. El anciano se regocijó en su éxito pero asintió a quienes le advirtieron que no podía comercializarlo aún, que aún había detalles con los que trabajar para evitar futuras complicaciones. Aprobó proyectos, firmo documentos para que se siguiera intentando, mientras en casa todavía vivía junto a su pequeña hasta el momento en que exhaló su último respiro. Su hija fue la única testigo. Cuando vio que los signos vitales habían caído definitivamente ella se apagó también para siempre, como estaba programa a hacer desde el inicio.

Rafael De la Torre vio una oportunidad de oro para volver a la tierra natal de su madre. Continuó la obra de su predecesor, aun después de la muerte de su propia esposa, a quien nunca intentó traspasar a una máquina. Pero era frustrante ante el número de fracasos. Día tras día de evaluar posibilidades le hicieron ver que el objetivo no era digno de tanto trabajo. Debía engrandecerlo, hacerlo más práctico para otros, pero ¿cómo?

El presidente de una de las compañías fusionadas llegó, oportunamente, con un proyecto ambicioso. Lo llamaba Arcangelo y consistía en revertir el proceso llevado hasta ahora, es decir, promovía la utilización de cuerpos, cuerpos humanos, revividos en su parte mecánica por complejas redes de cables y metal, a fin de imitar la vida no sólo en pensamiento si no en carne. El cerebro sería nada más que un chip insertado. Pero el proyecto hablaba además de usar esos híbridos para provecho de la compañía y de quien pagara lo suficiente como armas. Dependiendo del cliente las modificaciones al cuerpo serían hechas a su medida. Como oficialmente esos cuerpos están muertos y han abandonado este mundo serán imposibles de rastrear. La falta de miedo natural garantizaba la mayor precisión posible. Llevaría mucho más tiempo perfeccionarlo, debido a las complicaciones que podrían surgir en la mente del sujeto de contener recuerdos humanos, pero la visión de un mejor y más verde horizonte iluminó la mente de Rafael De la Torre hacia el camino correcto. Sin embargo, era arriesgado dar a conocer un plan así, sobre todo por la presión pública, por lo que firmaron un documento para mantener todo en el más estricto secreto. El paisaje que Rafael se pintó desde la primera vez que oyó del Arcangelo debió esperar otra buena cantidad de años hasta hacerse realidad. Específicamente, hasta la muerte de Marco Velga, el mejor amigo de su hijo Leonardo.

Un accidente de coche. Acabó con toda la familia y su hijo adolescente. Ya no comió, bebió y perdió todo interés por el basketball ante aquella pérdida. A Rafael le dolió demasiado en el alma verlo de ese modo, así que escogió el momento apropiado, hizo a su hijo sentarse en su estudio y le habló de lo que pensaba. Le preguntó qué le parecería si pudiera traer a su amigo de vuelta y el resto de la conversación fluyó sin ninguno obstáculo de por medio. Claro que tuvo sus complicaciones, no sólo en cuanto al cuerpo en sí. Hubieron que trasladarse a otra ciudad, donde nadie reconocería su rostro, mover un montón de influencias para cambiar el nombre del futuro muchacho y arreglar una casa para él. Y su hijo debería mantenerle vigilado el mayor tiempo posible para informarle de cualquier anomalía.

Funcionó bien, maravillosamente bien, por unas semanas. El muchacho era menudo, veloz y eficiente en cumplir las órdenes. Durante el día nadie diría que sobresalía del montón de sus compañeros. Rafael De la Torre ordenó la creación de otros Arcangelos tras la caída de una compañía competidora. En poco tiempo tenía un pequeño ejército siendo ofertado y vendido a los mejores postores. Todo iba tan sobre ruedas que la aparición de su hijo con su amigo, inconsciente, en brazos, fue más causa de estupefacción que otra cosa. Leonardo explicó lo que pudo, en medio de su conmoción, a los científicos acerca de lo que su amigo había estado pasando sin darse cuenta. La pantalla en blanco, los sonidos y la oscuridad que aparecía de pronto y se iba de igual modo. El científico líder examinó el cuerpo bajo una intensa luz, ajustándose de vez en cuando los lentes de marcos azules.

—No es grave —dijo en referencia a la herida. Tocó la piel para probar su textura. Algo seca. Podía arreglarse—. Tenemos suerte de que no hubiera cortado más a la izquierda porque así habría perdido todas las funciones de su mano.

Mientras los científicos desvestían a su amigo, lo arreglaban y lo dejaban acomodado sobre una camilla bajo una intensa luz, Leonardo hizo caso de las indicaciones de otro científico y, como ya hiciera otra vez, se subió al banquillo que había dentro de una sala que no dejaría salir ningún sonido hacía afuera. Frente a él un gran micrófono negro y en sus manos una hoja de papel transcripta por computadora desde su propia letra. La primera vez había estado mucho más nervioso, sin tener idea de lo que se esperaba de él y dudando que eso pudiera traer a su amigo de vuelta. "Ten paciencia, pibe", le dijo un empleado especialmente joven y otro, más experimentado, posó la mano en su hombro para explicarle con voz serena que era imprescindible para el proyecto que la personalidad fuera dictada por una voz conocida y familiar. Las pruebas demostraban que así el cerebro virtual retenía mejor los rasgos positivos y ponía cuidado a los negativos. De modo que ahora él, quien mejor lo conocía, debía escribir una serie de cosas que describieran a grandes rasgos la vida e historia actual del muchacho. Algunas cosas, la mayoría, las escribió él mismo. Otras fueron por imposición, para preservar al muchacho de futuro desastres, según los científicos. La voz le tembló tanto entonces que debieron repetirlo tres veces hasta que le salió bien pero ahora, pasada la impresión, leyó de manera impasible sin ninguna inflexión en su tono.

—Te gustan los gatos más que los perros porque los gatos son más suaves. Te gusta el basketball porque mientras juegas es todo en lo que puedes pensar. Te gustan los videojuegos, las películas de ciencia ficción y acción. Detestas la zanahoria por su sabor. Tu fruta favorita es la pera. Nunca has tenido mascotas. Tu mejor amigo es Leonardo De la Torre y sus guardaespaldas te intimidan —Esboza una sonrisa sin saberlo—. Sabes que no eres el más fuerte por lo que intentas ser el más prudente. No soportas Matemáticas. Para estudiar tienes un sistema que llamas de escalera, donde todo se relaciona con todo. No te importa hacer trampas en los exámenes o las tareas pero tampoco te cuesta estudiar. Tus padres nunca han sido cariñosos contigo así que no les confías tus problemas.

Continuó enumerando características hasta que vio por la ventanilla frente a sí la mano de un empleado agitando la mano para indicarle que ya era suficiente. Leonardo asintió y salió de la sala. Ubicó al líder de los científicos y se dirigió hacia él, sin querer mirar el cuerpo bajo el reflector.

—¿Cuánto tardará?

El hombre, relativamente joven, se quitó un mechón rebelde de cabello castaño y calculó dándose pequeños golpes en los lentes de marco azul.

—Una semana o dos, es difícil decir. ¿Recordaste mencionar para su memoria que ha estado de vacaciones familiares por una promoción de su padre?

Leonardo se apenó al reconocer que se había olvidado de esa parte. El hombre sonrió afablemente.

—No te preocupes, sólo es cuestión de hacerlo otra vez.

Que no se te olvide...

Aliados

ClanFujoshi

"Si quieres conseguir tu insignia, sólo tienes que afiliarte a Clan Fujoshi y seguir los pasos ^3^ ... te esperamos!"
Visit Mis Vampiros

¡Evalúa este blog en BoosterBlog!

Traductor